CARLOS OCAMPO

Fue un «por fin» que unió a todo un país que aún no había llegado a la adolescencia de la democracia, aunque ese día se trataba solo del anuncio de algo que aún tardaría meses en hacerse realidad. «Acuerdo definitivo para el ingreso en el Mercado Común Europeo», titulaba La Voz en primera aquel viernes 29 de marzo de 1985. «Satisfacción de los representantes de todos los partidos políticos», rezaba el antetítulo.
Ese día también se acordó la adhesión de Portugal a lo que aún no era la Unión Europea que hoy conocemos —su creación se hizo efectiva el 1 de noviembre de 1993, con el Tratado de Maastricht—, sino la Comunidad Económica Europea.

El acuerdo, alcanzado ese mismo día, «pasada la 1.30 de la madrugada, tras una intensa negociación hispano-comunitaria», fue anunciado por Leo Tindemans, ministro de Asuntos Exteriores belga. Aunque no podía ser un anuncio oficial: «Pesa aún sobre el acuerdo la reserva griega si la CEE no da satisfacción a la petición helénica sobre los Programas Integrados Mediterráneos». Grecia había firmado en el 1961 un acuerdo de asociación, pero la dictadura de los Coroneles (1967-1974) retrasó la adhesión.

Y no era el único problema que retrasó la noticia, que ocupaba buena parte de la primera plana y otras dos ese día en el periódico. El texto se dedicaba en parte a explicar el proceso, que había comenzado 23 años antes —en 1962, siendo ministro de Asuntos Exteriores Fernando María Castiella—, aunque con muy pocas posibilidades de salir adelante. Por razones obvias: «Entonces Europa no pasaba por veleidades políticas como para negociar con un dictador como Franco, que en aquella época comenzaba de nuevo a llenar las cárceles con presos políticos».

«Franco, sin embargo, ordenó a Castiella que tuviera paciencia y negociara». Al menos, y pese a ese rechazo al régimen, la perseverancia de Castiella dio sus frutos: el acuerdo preferencial de 1970. «España consiguió que sus exportaciones fueran a parar a los países de la CEE y, al cabo de los años, reestructurara su producción en algunos sectores a las exigencias de su principal y natural mercado, el europeo».

La democracia

Con la transición posterior a la dictadura, la incorporación a la CEE se vio «como la manifestación más palpable de la consolidación de la democracia». Así que en 1977, año y medio después de morir Franco, «Adolfo Suárez, entonces presidente del Gobierno, visita los nueve países de las comunidades europeas en apoyo a que la CEE acepte la petición de ingreso y la apertura de negociaciones, realizada el 28 de junio por el Gobierno español surgido de las primeras elecciones democráticas tras cuarenta años de dictadura». En 1978 Leopoldo Calvo Sotelo es nombrado ministro para las Relaciones con las Comunidades Europeas, y en febrero de 1979 comienza oficialmente las negociaciones de adhesión.

Cuando Calvo Sotelo se convirtió en el segundo presidente del Gobierno de España, en febrero de 1981, impulsó las negociaciones visitando varios países comunitarios. Entonces denunció «las reticencias francesas». El proceso estaba en estudio, pero el primer diagnóstico, un documento de abril de 1978 conocido como el «fresco», se centraba en sus más de 500 páginas en los problemas de ampliar la CEE. Entonces la conformaban los seis Estados fundadores: Bélgica, Alemania, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos; y los tres admitidos en 1973: el Reino Unido, Irlanda y Dinamarca. Y pasarían a se 12 si se aceptaba la adhesión de España, Portugal y Grecia.

Estas reticencias se atribuían al «proceso de reformas internas que se van a plantear en la Comunidad […] dirigido a la política agrícola común, a la regulación de la pesca […] y a los mecanismos presupuestarios». El capítulo agrícola se centraba en la producción de vinos de mesa (no «en los de calidad») y en la pugna de las denominaciones de origen Jerez y Sherry entre España y el Reino Unido. El de la reducción de la flota pesquera fue «el más difícil de toda la negociación. Y respecto a los dineros, el acuerdo se logró gracias a «una nueva fórmula para la devolución a nuestro país de lo que España pague de más a la Comunidad en los siete primeros años».

La página 4 de ese día se dedicaba a desgranar esos problemas y las soluciones acordadas. Otro de los escollos era Canarias, por sus particularidades económicas y por tratarse de lo que Europa considera región ultraperiférica.

Morán y Marín

Cerraron las negociaciones el secretario de Estado para las Relaciones con las Comunidades Europeas, Manuel Marín, y Fernando Morán, ministro de Exteriores. De ellos ofrecía una semblanza la página 5: «Uno es joven, y otro podría ser su padre […]. El joven […] pasa por ser aburrido, el mayor, en cambio, no solo ha sido pasto privilegiado de chistes y humoristas, sino que no ha perdido su sentido del humor por hacer reír a los españoles».

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