ANA ABELENDA

Todo cambió cuando nació. Mi hija a mí se me nota en todo. ¿Cómo hacen otros para que no? Todo lo cambió esa niña incluso antes de nacer; mi olfato, mi ceño, mi sueño, el orden y el desorden de mi casa, mis miedos, mi sentido del humor y mi umbral del dolor. Mi manera de comer y de ver, por ejemplo, una mesa; una mesa hoy son migas y restos de huevo y tomate en el mantel. Mesa: comer, recoger. Hoy ella es una adolescente que cumple 14 y yo una madre con 14 años de oficio que apaña migas en el mantel.

Recordar es suspender, repetir curso, pienso como botando la pelota mientras la veo correr a canasta sin mirar atrás. Su vida está saliendo de la cancha, de la familia y del colegio. Aún no sabe qué es la distancia de rescate. Quiere correr, ir lejos. Tiene máxima curiosidad y mínimo sentido del pudor, una manera de morderse los dedos, de mirar y apasionarse que dice algo de mí. Y esas ganas que tuve de salir… ¡Dónde estarán! Tiene mentiras que no se actualizan de generación en generación («¡Van todas menos yo!»). Tiene amigas, tiempo de chicle con ellas, fotos de carné de las amigas de bebés en la espalda del móvil, dando la espalda a lo cargadas de nostalgia que están. Está a punto de cumplir 14 como si fueran 18, con las piernas y la melena muy largas, en mitad de un maratón de exámenes que yo no sabría abordar, con fiesta de pijamas en mente de traca final. Estudia haciendo el pino. Canta mucho y lo hace bien. Se ríe por los ojos, al hablar provoca una colisión múltiple de sentimientos en acción. Su cansancio a veces es brutal, le riñe y se pone más duro con ella que yo. Se cae y se levanta. Y se vuelve a caer… E igual se deja estar, ya se levantará si su madre no la pone de un grito ¡en pie!

Le cuesta callarse y reservarse su opinión. Sabe bucear toda conversación y hacer (espaguetis con atún) de comer, cerrar su correo y la puerta de su cuarto, y dictar sentencia: «Esto no es justo». Aunque no siempre tiene razón, es una diosa de la justicia y el tesón. Sensibilidad de ley.

Ojalá cumpla muchos años como este, con esas ganas de volar, preguntando: «Mamá, ¿qué me vas a regalar?». Pues… un «lo voy a pensar».

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