ANA ABELENDA

Tenía la complexión de una escultura azteca, una media melena gris que le cubría un lado de la cara, ojos de búho tras las tupidas cortinas de los cristales oscuros de sus gafas, una voz de trueno y la costumbre de sujetarse con un dedo la punta de la nariz apoyando el codo en la mesa. Su nariz era un poco la de Voldemort. Era una profesora grande en todos los sentidos a la que todas las niñas de EGB teníamos miedo. Salir a decir los verbos a la pizarra era una tortura comparable (exagero) a las de la señorita Trunchbull en Matilda.

Aquella profesora no cogía a nadie de las trenzas para dispararla cual misil de velocidad hipersónica; nuestra Trunchbull particular nos cogía del pretérito imperfecto para enviarnos de un presente en los mundos de los osos amorosos a un futuro nada perfecto, desalentador: «Esto entra en el examen, ¡y todo lo anterior!». No la olvido. Le debo parte de mi pasión obsesiva por la lengua y la literatura. Los profesores hueso, cuando saben, pueden ser grandes maestros. Todos necesitamos para crecer antagonistas de nivel, personas-ochomil que no pasen una mala conjugación. Pero también necesitamos al profesor Keating de El club de los poetas muertos. Lo único que no perdona un niño es la injusticia, me advierte una compañera. Así es. Eso… y que le quiten el tiempo de recreo. Necesitamos un Platón y un Aristóteles. Son diferentes, pero los dos coinciden en su visión de la justicia, que es una maestra hueso.

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