Fernando Pariente.

Una gitana del Sacromonte le predijo en Granada, cuando Eugenia de Montijo era niña, que viviría muchos años, que sería más que reina, pero moriría en la oscuridad. La predicción se cumplió, pues esta granadina, hija de los condes de Tebas y de Montijo, se educó en París y su belleza atrajo la atención del recién nombrado presidente de la Segunda República francesa, el príncipe Luis Napoleón, que la invitó a bailar en una fiesta. El presidente no tuvo empacho en insinuarse abiertamente, preguntándole por el camino hacia sus habitaciones, y la bella española le contestó con aplomo, “hay que ir por la iglesia, excelencia». El flirteo terminó en boda en el año 1853, cuando el presidente de la República ya se había convertido en emperador con el nombre de Napoleón III.

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