Carlos Ocampo

Abría La Voz el 9 de agosto de 1963 con esta noticia: «Robados más de 168 millones de pesetas en un sensacional atraco en Inglaterra», o sea, algo más de un millón de euros. Para que te hagas una idea, con ese dinero podías comprarte en un barrio exclusivo de Madrid entre 400 y 800 pisos. Un pastón, aunque tuvieran que repartírselo entre los «20 o 30 individuos armados» que asaltaron un tren postal. En un lugar solitario próximo a Londres, «los bandidos inutilizaron las señales ferroviarias y maniataron a los empleados de Correos del tren». Más tarde se informó de que fue en Aylesbury, que está a unos 70 kilómetros de Londres.

Si al principio se habló de «valores postales equivalentes a 200.000 libras esterlinas», más tarde se añadió: «Se cree que en las sacas robadas había, además de diamantes destinados al mercado joyero de Londres, billetes de banco que se envían para ser destruidos».

El tren fue atracado «entre las tres y las tres y media de la madrugada […] al sur de la estación de Laighton Buzzard […]. El guarda-agujas encargado de esa parte de la vía había sido atacado y amordazado y se colocaron las señales que indicaban peligro de forma visible para el tren. Este, al verlas, se detuvo. El maquinista segundo descendió para ver qué pasaba y fue inmediatamente atacado y puesto fuera de combate. Los restantes maquinistas fueron amenazados con armas de fuego.

»Entonces los atracadores desengancharon del tren los dos primeros vagones y la máquina, los cuales fueron conducidos hasta un puente situado a una milla (un kilómetro seiscientos metros), aproximadamente».

Con los dos vagones aislados, los ladrones se ocuparon del contenido del segundo vagón. A continuación, «huyeron en un camión situado bajo un puente». Las noticias insistían en lo raro de que hubieran usado armas de fuego en el robo, pues la policía no las llevaba, y en que era el primer ataque a un tren correo desde que este tipo de trenes circulaban, hacía 125 años.

Precisión militar

Una de las dificultades de planear un golpe así, es que este era un tren «de los llamados fantasmas», porque no tienen un horario conocido, razón por la que los investigadores lo atribuyeron a «un cerebro organizador de gran envergadura que lo planificó con precisión casi militar».

Dos días después, un nuevo dato contribuyó «a aumentar el misterio: un testigo declaró ante la policía que un avión tomó tierra y despegó inmediatamente, a gran velocidad, en un aeródromo cercano» al lugar del atraco. Y a continuación se comprobó que a unos ocho kilómetros había un aeródromo en desuso.

Cinco días después, se descubrió «el cuartel general de los bandidos», según anunció Georges Hathefill, segundo jefe de Scotland Yard: «Hemos rodeado esta madriguera y no dejaremos que nadie se acerque». Se trataba de una casa de campo «alejada […], una construcción de ladrillo rojo, cuyas ventanas se encuentran todas cerradas, en la que se encontraron un camión y dos LandRovers, además de algunas sacas postales». Y en su despensa, «grandes cantidades de alimentos, lo suficientes como para que 20 hombres hubieran vivido en ella durante 30 días más».

A partir del 15 de agosto empiezan a publicarse las identidades de algunos de los asaltantes, y el 17, las primeras detenciones: dos asaltantes y otras tres personas acusadas de recibir dinero. Con ellas, las de la recuperación de parte del dinero, «100.000 libras esterlinas, en un bosque cercano a Londres. Contenidas en maletas». Y el 21 de agosto se dio «la cantidad exacta robada […], 2.626.784 libras esterlinas (441.301.812 pesetas)». Más del doble de lo estimado en la primera noticia.

Los cerebros

Poco a poco fueron cayendo los ladrones, que rápidamente eran juzgados y encarcelados, e igual de rápidamente se fugaban de prisión, aunque casi todos volvieron a ser capturados y acabarían cumpliendo sus penas. Bruce Reynolds, de quien se cree que partió la idea del robo, Douglas Gordon Goody, considerado uno de los ideólogos, y Charles Frederick Wilson, que fue quien asaltó la locomotora.

Otro de los cerebros, Ronald Gibbs, protagonizó una rocambolesca historia. Condenado en 1964 a 30 años de prisión, se fugó en 1965. «Se escapó […] a la luz del día de ayer por la tarde, 3.05 hora británica, en compañía de otros tres compañeros de fatiga» (La Voz, 13/7/1965). Lo hizo trepando por el muro con una escala de cuerda. «La fuga fue extraordinariamente espectacular y peliculesca. Un grupo de catorce presos se dedicaba a realizar ejercicios gimnásticos. De improviso, ante la sorpresa de un guardián, comenzaron a saltar el muro. Sólo cuatro lo lograron» (17/7/65). Ocho años después fue detenido en Río de Janeiro por dos policías británicos (3/2/1974), pero Brasil, gobernado entonces por una dictadura militar, se negó a extraditarlo. Al parecer, querían intercambiarlo por refugiados en Gran Bretaña, pero no hubo acuerdo, y Biggs vivió libre hasta el 7 de mayo del 2001, fecha en que viajó «al Reino Unido para entregarse […] a los 71 años, visiblemente afectado por tres ataques de apoplejía y prácticamente sin poder caminar ni hablar». Ese día La Voz explicaba que Brasil no lo extraditó «porque tuvo un hijo con una bailarina». ¿Y porque estaba forrado?

PARA SABER MÁS

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