La lengua tiene cosas tan curiosas como la que nos trae la palabra de hoy. Un trastero es un lugar, que solía estar en el desván o en el sótano de la vivienda, donde se guardan los trastos, pero es que, según el Diccionario de la Real Academia Española, un trasto es una «cosa inútil, estropeada, vieja o que estorba». ¿Para qué los guardamos entonces? Y lo más sorprendente: ¿quién paga, proporcionalmente, más por alquilar un trastero que por disfrutar de una plaza de garaje o de un piso? El ejemplo es claro: en A Coruña se alquila un bajo reconvertido en trastero de 60 metros cuadrados por 450 euros al mes, y por ese precio en la misma ciudad se puede arrendar un piso de 65 metros cuadrados y dos habitaciones. Claro que estos trasteros no son ya solo para trastos, sino para un montón de cosas que, por ejemplo, se usan en invierno, pero no en verano, o solo algún día de la semana: bicis, gafas de bucear, cañas de pescar, ropa de abrigo, el árbol de Navidad, el cochecito del bebé para cuando llegue el siguiente…

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