ANA ABELENDA

Mi hija pequeña es fan de Capitán Calzoncillos. Adora al héroe de la capa roja y el slip blanco, y al profesor Pipi-Caca. Aunque ella copia esos personajes de Pilkey obviando que lo que hace es plagiar, hay en su tributo copión un ejercicio de creatividad. Su Capitán Calzoncillos es particular, tiene el calzón blanquiazul y vive una aventura distinta de la original. Sus cómics son puro desarrollo que no acaba de acabar. El otro día, le pregunté: «¿Pero qué va a pasar al final, va a pasar algo?». Y respondió: «Es un secreto. Y los secretos no se pueden contar». Quise saber más…

Fui a mirar al diccionario que hizo Rodrigo Cortés por culpa de Mingote, Verbolario, qué es un secreto. En su primera acepción en este Verbolario, un secreto es «información confiada en susurros para su inmediata divulgación».

Hoy, la necesidad de exhibirnos y el miedo a vivir en la periferia del Instagram y el juego de tronos de los tuits, va saqueando ese tesoro arcaico y anómalo que es la intimidad.

He tenido secretos siempre. En la buhardilla de mis secretos crecí a mi bola, con dolor y placer, con ganas, de verdad. De pequeña tenía diarios con candado donde desenjaular las tonterías, los milagros y las desgracias que me ocurrían a los 12, 13, 14, 15, 16… años. Defiendo esta manera de ser, de construirse en la adolescencia escribiéndose (escribiendo el mundo) en secreto. El secreto era la manera discreta de desobedecer. Un diario con candado me dio libertad. Como no tener móvil, o no ver a mis padres metidos en mis asignaturas o en quién era Tal y qué me decía Fulanito de cual.

Hoy hay padres que les leen los chats y los wasaps a sus hijos, que meriendan sus tiktoks, que, desde la amorosa tiranía de su protección, les impiden crecer a sus anchas, más allá de su ojo adulto, censor.

Nada me parece hoy tan excitante como un secreto ni tan secreto como la verdad.

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