Entramos ahora en la fase de evaluación de las técnicas de Oratoria. ¿Basta que cada uno hable como sepa y le guste o es necesario un entrenamiento y someterse a unas reglas del buen decir?

7.1 Las reglas de la oratoria

“Refútase a los que dicen que la elocuencia no necesita de preceptos. Ya hemos llegado a aquella parte de la retórica por donde dan principio los que omiten lo que llevamos dicho hasta aquí. Aunque veo que aún al principio del camino me saldrán al encuentro para oponérseme los que dicen que la Oratoria no necesita de reglas. 

– Se glorían, pues, los tales de que en la Oratoria sólo se valen del ímpetu y fuerzas naturales; diciendo que en los asuntos fingidos no son necesarias ni las pruebas ni la disposición, sino sentencias retumbantes, que es lo que atrae a los oyentes, y cuanto más atrevidas son, dicen, tanto mejores. 

– Son como los clarines que se tocan al entrar en una batalla, acomodan el movimiento violento del cuerpo no sólo a la pronunciación, sino a la invención de las expresiones”.

7.2 ¿Por qué causa los menos instruidos suelen comúnmente ser tenidos y evaluados por más ingeniosos en sus discursos?

“No negaré tampoco una cosa que se deduce de lo dicho; y es que los menos instruidos declaman, al parecer, con más vehemencia. Dimana este error de pensar algunos que lo que se hace sin reglas del arte tiene más fuerza; así como, según dicen ellos, son menester mayores fuerzas para descerrajar una puerta que para abrirla, para romper el nudo que para desatarle, para llevar a uno arrastrando que para guiarle”. 

– “Los tales tienen por más valeroso al gladiador que entra a pelear sin saber manejar las armas y al luchador que emplea todo el cuerpo en vencer al contrario; siendo así que a éste sus mismas fuerzas le postran en tierra, y todo el ímpetu del otro queda burlado por su competidor, con sólo hurtar el cuerpo”.

7.3 ¿Cómo se valora el atrevimiento, la expresión libre, el buscar que el auditorio salga contento porque ha oído lo que le gusta oír?

“A esto se junta que el necio es más atrevido en la elocución, punto muy delicado en la elocuencia; no desecha ninguna expresión, antes se atreve a todo. De donde nace que como siempre aspira a lo extravagante y raro suele decir alguna cosa grande. 

– Pero esto, que rara veces sucede, no recompensa los demás vicios. Ésta es la causa por que los necios, que no tienen reparo en decir cualquier cosa, son tenidos por más afluentes, mientras que los sabios son más recatados en lo que dicen”. 

7.4 ¿Es justo evaluar bien a un orador que busca hablar de cosas sin probarlas porque a los que oyen puede resultarles pesado el entenderlas?

– Además de esto, huyen cuanto pueden de probar su asunto; y así evitan el meterse en argumentos y cuestiones, que entre los jueces estragados son tenidas por frialdades, y sólo atienden a lisonjear torpemente los oídos del auditorio.

7.5 ¿Qué diferencias se observan en un orador que quiere llamar la atención de la plaza y otro que de verdad se evalúa con nota alta en oratoria?

“En lo que más pretenden los tales fama de oradores es en la pronunciación.  Porque ellos en todas las partes de sus discursos hablan levantando mucho la voz, alzando las manos, moviéndose de una parte a otra, muy sofocados, con mucha agitación, y con unos ademanes y movimientos que ni un loco. 

– Pues el palmotear, el dar patadas, el golpear los muslos, el pecho y la frente, va a decir no poco para ganar reputación de un auditorio de plaza… 

– Cuando vemos que el buen orador, así como a veces baja el estilo y le da diversa disposición y figura, así en la pronunciación acomoda el ademán a la sentencia de las palabras; y sobre todo, siempre quiere parecer y ser modesto, que es lo más digno de observación en la Oratoria.

7.6 ¿Debe el discurso ser violento para lograr una buena evaluación en oratoria?

Los menos instruidos tienen por espíritu y valentía lo que más propiamente debe llamarse violencia: habiendo no solamente muchos declamadores, sino aun maestros, cosa por cierto vergonzosa, que por tener algún ejercicio  en el decir, sin seguir regla alguna, hablan movidos del ímpetu que neciamente los agita; graduando de inútiles, insulsos, aturdidos y cobardes en el decir, según les vienen a la imaginación los nombres más vergonzosos, a los que dieron más honor a las letras.

7.7 Datos y observaciones para una buena evaluación del orador

Circunstancias. Una cosa sí diré como regla fija, y no dejaré de inculcarla: que el orador debe en todas las causas mirar, como a norte, a lo que conviene y está bien según las circunstancias. 

Mudar. Conviene pues a veces mudar aquel orden natural de las partes de un discurso que prescribe la retórica; así como vemos que en las pinturas y estatuas no se guarda siempre la misma disposición del traje, postura y aire del cuerpo. El libro

Inflexión. Un cuerpo recto tiene poca hermosura, y más si tiene el semblante vuelto a quien mira la figura, si están los brazos caídos y juntos los pies, y todo él está derecho como una estaca. Aquella inflexión de miembros, o movimiento, digamos así, es el que da aptitud y alma a la estatua. Por eso a las manos no les damos la misma postura, y variamos los semblantes de mil maneras. Hay estatuas que están en ademán de echar a correr, y acometer, otras sentadas o recostadas; unas desnudas y otras con ropaje, y algunas de las dos maneras. 

Postura adecuada. ¿Qué cosa más torcida, pero más bien ejecutada, que la estatua que hizo Mirón en ademán de arrojar el disco? Si alguno tachase en -ella el no estar el cuerpo recto y derecho, ¿no descubriría su ignorancia en el arte, puesto caso que lo que más tiene de maravilloso es aquella nueva y dificultosa postura?

Lenguaje. Puntualmente, el mismo deleite causan las figuras, ya de sentencia, ya de palabras, que es mudar el lenguaje vulgar y cuotidiano, sacándole del tono regular y usado.

 

 

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