CARLOS OCAMPO

Parece que lo de menospreciar a los gallegos por ser gallegos es algo que nunca se va a acabar. El último episodio lo protagonizó Pablo Iglesias, que fue vicepresidente segundo del Gobierno, en un acto de su partido, Unidas Podemos. Su «galleguito» se refería a Alberto Núñez Feijoo, expresidente de la Xunta de Galicia y líder de la oposición, que según el político no será escuchado en Madrid. «Lo dijo [el periódico] El Mundo: “La derecha mediática y judicial está en contra de la renovación del poder judicial”. Y tú, galleguito, te enteras de quién manda en la derecha de este país… que mandamos los de Madrid», fueron sus palabras (7 de noviembre).

Tres días antes, el actor y director de cine Paco León nos obsequió con un menosprecio directo al hablar de su último personaje, una persona cerrada, «muy para adentro […], casi gallega». Y, aunque la entrevistadora lo invitó a desdecirse, mantuvo lo de la «galleguez» de su personaje. Y no queda muy lejos tampoco (11-10-2021) la criticada imitación del acento gallego en el programa de televisión MasterChef.

Estos usos inapropiados de la palabra gallego nos traen a la memoria la batalla que inició el Bloque Nacionalista Gallego (BNG) para que la Real Academia Española retirara del Diccionario de la lengua española (22.ª edición) dos acepciones: la de ‘tonto (falto de entendimiento o razón)’ y la de ‘tartamudo’, que solo se registraban, según puntualizaban, en Costa Rica y El Salvador, respectivamente. El 7 de abril del 2006 La Voz publicó que el diputado del BNG Bieito Lobeira criticó el carácter vejatorio y discriminatorio de estas definiciones, que no figuraban en la anterior edición del Diccionario, de 1992. Además de considerar que hay una «raíz xenófoba» en estas definiciones, recordaba que hasta después de la segunda mitad del siglo anterior el Diccionario de la RAE mantuvo bruto como sinónimo de gallego.

Noticia que acabó dando pie a la petición a la RAE.pdf

La Voz recogió la opinión de un reputado lexicógrafo, José Martínez de Sousa, quien defendía que «la Academia no se inventa el Diccionario, recoge lo que está en la literatura y en la calle». Y la opinión del director de la Academia, en ese momento Víctor García de la Concha, defendiendo al Diccionario: «El que lee un texto de un salvadoreño necesita las claves para entenderlo […]. Es un término lexicalizado, que ha perdido su significado original y […] para nada se refiere a Galicia y a los gallegos».

El BNG presentó una proposición no de ley «suavizando los términos para que el PSOE la apoyara» el 28 de marzo del 2007, según recoge La Voz al día siguiente. Así que en lugar de la «sinonimia prejuiciosa, estereotipada, vejatoria y peyorativa», lo que se aprobó fue que el Congreso instara a la RAE, «desde el respeto a su autonomía y su rigor metodológico», a estudiar la pertinencia de esas acepciones. Y al Gobierno a «interesarse por este tema». Pero «la aprobación del texto no fue fácil». Había muchas reticencias por influir desde el ámbito político en las cuestiones lingüísticas, tanto a la izquierda como a la derecha del Parlamento.
Por su cuenta, la Real Academia Galega ya se lo había solicitado a la RAE. «Non tivemos unha resposta oficial por escrito, pero o director díxome que a acepción se eliminaría na próxima edición», afirmaba su presidente, Xosé Ramón Barreiro.

El corresponsal de La Voz en Buenos Aires, Arturo Lezcano, trasladaba el testimonio de lingüistas latinoamericanos que negaban que hubiese un uso peyorativo de gallego y que los de Costa Rica y El Salvador aseguraban que las de ‘tonto’ y ‘tartamudo’ eran acepciones obsoletas.

Tardó su tiempo, pero el BNG logró su propósito. Primero en internet: «La Real Academia retira de su web tonto como una de las acepciones de gallego» (9 de julio del 2009). Y nada menos que cinco años más tarde, el 17 de octubre del 2014, en la publicación impresa de la 23.ª edición del Diccionario, que La Voz celebró con este titular: «Al fin dejan de atribuirse a gallego los significados de ‘tonto’ y ‘tartamudo’», en artículo firmado por el último galardonado con el Premio Fernández Latorre: Francisco Ríos.

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