ANA ABELENDA

Antes, mucho antes de que naciesen Henry Danger y Patatín y Patatón, mucho antes de que llegase la televisión a la carta, cuando se jugaba al chinchón, algunos adultos fuimos niños que estuvieron en la guerra por televisión. Fuimos los invitados a asistir al número de Gila, que se hizo el muerto en una guerra de verdad y así sobrevivió y nos lo contó a todos por teléfono, matándonos de risa por la tele con la medicina del humor. «¿Está el enemigo? ¡Que se ponga! […] ¿Podrían parar la guerra un momento?», decía en uno de sus monólogos el humorista madrileño, precursor de El Club de la Comedia. Al otro lado del aparato le respondía, supuestamente, el enemigo, que no se veía, claro, y que yo visualizaba como la mano del Doctor Claw acariciando el gato en Inspector Gadget. ¿Qué queréis? Crecí en los ochenta… Y he vivido muchas guerras, ni una de verdad. Todas, apoltronada en el tresillo ochentero del confort, entre anuncios de Tang y Bollycao. Pero sí recuerdo una guerra muy real, por la que los niños guardamos silencio a la hora del recreo, la del Golfo. Era un conflicto que nos involucraba, pero quedaba lejos, en el que el malo era Sadam Huseín y se curtía como corresponsal para RTVE un joven Pérez-Reverte con un aire a Castelao.

Mis contactos con la guerra se limitan a esos telediarios de Jesús Hermida en los que entraba Reverte, al número de Gila y a un libro de la Guerra Civil que tenían mis abuelos en un piso que se convirtió en un bazar de la historia, con retales, alguna maleta y aquel libro en blanco y negro de la Guerra, de la que en casa no se hablaba más que para decir quién era, en una frase, el militar de la foto que guardaba mi abuela en una fiambrera con todo el álbum familiar. «Meu irmán Rodrigo. Morreu na guerra». Se acabó.

Mi hija de 6 años pregunta: «¿Por qué quiere ‘el presidente del mundo’ matarlos a todos? ¿No se da cuenta de que se va a quedar solo y se va a aburrir?». Pienso en Gila. Me pregunto cómo le explicaría él a mi hija la guerra de Ucrania, si haría acopio de cereales o si llamaría ya a Estados Unidos, para que se pusiese uno solo y le diese una solución. Siempre nos quedará la paz del humor.

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