Instituto Eusebio da Guarda (A Coruña) Electricidad
Alumnos:
  • Santi Vilas (4.º ESO)
Profesores:
  • Paula Cadaveira

Desde el pasado verano, los españoles son expertos en el precio de la luz. En julio, los ciudadanos empezaron a escuchar sin parar que la electricidad les estaba saliendo más cara que nunca. Mientras todos se iban poniendo al día sobre uno de los mercados más complicados de la economía, las autoridades culpaban a la geopolítica y al incremento de la demanda sin profundizar más. Otro factor, a veces subestimado, fue la meteorología, el pilar sobre el que se sostienen las energías renovables. Y es que las inversiones en energía limpia pueden tener un gran provecho económico mientras evitan que el planeta se vea más contaminado todavía.

En julio del 2022 ya comenzaron a saltar las alarmas. En pleno verano, los expertos ya anunciaban que sería el mes con la electricidad más cara de la historia española. Detrás de este incremento, según la industria, se encontraban la subida del precio del gas y  las tasas por la emisión de CO2. Explicaban que el gas subía por dos razones principales: el aumento de la demanda a nivel internacional (el mundo entero se encontraba en recuperación postpandémica) y la reducción de la oferta por parte de Rusia. Y esta se convertía en la primera alusión a la geopolítica.

La factura no paraba de crecer. Agosto cerró ya con el megavatio hora (MWh) a 130 euros. Era solo el principio. La factura seguiría batiendo récord tras récord durante varios meses más. Sin embargo, conscientes de cómo funcionaba el sistema eléctrico español, muchos entendieron que, aparentemente, sus reglas no se podían cambiar porque formaba parte de una legislación europea, que España no puede saltarse a título nacional.

Filete de pollo a precio de solomillo

¿Cómo funciona el mercado? Esa es la pregunta que, ante la subida de precio de la luz, muchos se hacían. Y en este contexto, se viralizó el mensaje del «filete de pollo a precio de solomillo». Esa es la forma en la que funciona el mercado: se calcula cuál va a ser la demanda horaria y se va rellenando, empezando por las fuentes más baratas. Por tanto, se empieza a cubrir la demanda del día siguiente con la fotovoltaica, luego la eólica y así hasta llegar al gas, más caro. Con este sistema, el gas, al ser la fuente más costosa, marca el precio global de la electricidad, aunque sea la que menos cantidad de energía aporte. De esta forma, cuando se obra el milagro y hay tramos en los que las renovables producen lo suficiente como para prescindir del gas, bajan los precios de manera considerable. Es lo que pasó en Semana Santa, cuando se empezó a vislumbrar una caída en el coste de la energía que todavía no está marcando tendencia.

Las autoridades e instituciones han echado la culpa, desde el principio, a factores externos. Hace unos meses, la propia vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, lo explicaba a Canal 7 noticias.

Ya entonces hablaba de una «situación excepcional». La ministra aseguraba que las medidas se deberían tomar «de manera compatible con el marco europeo», que no era posible «establecer un mecanismo alternativo de fijación de precios». La intención era que el mercado se autorregulase (esto último no se ha cumplido con la propuesta conjunta presentada por los gobiernos de España y Portugal de limitar el precio del gas). Además, hablaba de una «intervención temporal» mientras el gas natural se mantuviese tan alto. Teresa Ribera defendía la forma en la que se plantea el sistema, aludiendo a que se fomentan las renovables. Sin embargo,  veía la necesidad de tomar acciones cuando la diferencia entre los costes de producción y las ganancias de las empresas eran tan grandes. Poco tiempo después, se anunció un plan de choque que, precisamente, recortaba los «beneficios caídos del cielo».

El mercado mayorista, el llamado pool, está pensado para incentivar la consolidación de las energías limpias en el sistema eléctrico. Las empresas, por su parte, son conscientes. De hecho, las compañías que apuestan por las renovables destacan en las bolsas, especialmente desde el inicio de esta crisis energética, cuando las subidas han sido todavía más acusadas. Que es un sector pujante lo tiene claro cualquier inversor que se precie. Amancio Ortega, por ejemplo, lleva desde principios de siglo apostando por este campo. Su última inversión consistió en comprar el 49 % de un parque eólico en Zaragoza junto con Repsol. Esta es solo una de las muchísimas operaciones en favor de las renovables que, además, reciben habitualmente subvenciones públicas.

¿Por qué son tan beneficiosas esas inversiones?

Obviando su utilidad para salvaguardar la salud del planeta, uno de los principales incentivos es el carácter inagotable de las materias primas. Mientras no se acaben el sol y el viento se podrán seguir usando la energía eólica y la solar. España está especialmente bien situada a este respecto, dado que dispone de una gran variedad de climas, hasta el punto de que se podría afirmar que no se aprovecha suficiente. En el norte europeo, la cultura del autoconsumo solar es mucho mayor. Esto es, sin lugar a dudas, paradójico. Sabiendo que, con superficies similares, Galicia tiene 800 horas de sol anuales más que Bélgica, muchos se preguntan por qué no se invierte más en la energía fotovoltaica.

En España están aumentando los particulares que deciden instalar paneles solares en sus casas. Lo hacen teniendo en cuenta que, una vez rentabilizada la inversión, podrán ahorrarse todo el coste de la luz utilizada. Sin embargo, muchos consumidores se quejan de que no disponen de las ayudas públicas suficientes. La cuestión es más complicada cuando se habla de la eólica. Determinados sectores del rural gallego están en pie de guerra contra los aerogeneradores, alegando que contaminan visualmente y que complican la vida de los pájaros. Otros, sin embargo, no se quejan, al aprovecharse de las remuneraciones fiscales aportadas por las empresas tanto a ayuntamientos como a particulares.

El Concello de Muras ilustra esta situación. Cuenta con el mayor número de aerogeneradores por localidad en Galicia, 381 distribuidos en 20 parques eólicos. Más de uno por cada dos habitantes. Ahí, la Xunta se embolsó 2,2 millones de euros en el canon al viento. Además, el concello recibió más de 500.000 euros en compensaciones. Son cifras que siguen sin convencer a muchos vecinos, hartos del ruido constante y de la devaluación de sus terrenos.

Al margen de las controversias, instalaciones como la de Muras facilitan que el precio de la electricidad descienda. En momentos en los que no se precisa del gas y únicamente se hace uso de renovables, se obra el milagro. Por ejemplo, el pasado 7 de abril, cuando se llegó a pagar solo siete euros por el megavatio/hora. Con datos como este, autoridades y particulares empiezan a darse cuenta de una realidad evidente: el futuro es verde.

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