Instituto Eusebio da Guarda
Alumnos:
  • Miguel Ángel Barrios Parra
  • Rodrigo Béjar Martínez
  • Matías Castro Pascual
  • Carla Fernández Amenedo
  • Jaime Iglesias Lamas
  • Clara Pato Souto
  • Pedro Pedreira Calviño
  • Eva Pérez Trigo
  • María Victoria Torrense Pérez
  • Jamie Maritza Zavala Urbina
Profesores:
  • Sabela Prieto

La pandemia ha dejado tras de sí un sinfín de problemas psicológicos entre la población. El coronavirus y el confinamiento instaurado para combatir la enfermedad han hecho trizas la salud mental de los más jóvenes. Según los datos recopilados por la Federación de Asociaciones de Familiares y Personas con Enfermedad Mental de Galicia (Feafes), un 46 % de la población española declaró malestar psicológico durante el confinamiento, mientras que un 44 % afirma que su optimismo ha disminuido. Y es solo una de las múltiples estadísticas que atestiguan el problema. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), tras un año de pandemia, un 6,4 % de la población ha acudido a algún profesional de la salud mental. Mientras que los dos trastornos más frecuentes han sido la ansiedad (con un porcentaje de afectados del 43,7 %) y la depresión, (un 35,5 %). «La salud mental de la población española cae en picado durante la pandemia y debajo no hay red», advierte Nel González Zapico, presidente de la Confederación Salud Mental España. 

Haciendo un primer acercamiento a las enfermedades psicológicas en adolescentes desde el año 2020, se pueden encontrar estudios que afirman que factores como la cuarentena prolongada, la falta de contacto con sus iguales, el miedo a la enfermedad o la pérdida de seres queridos ha provocado serios problemas psicológicos a este grupo de la población. Así lo atestigua María Jesús Lourido, orientadora de un instituto público gallego: «Los preadolescentes y los adolescentes lo que necesitan es grupo, tiempo de ocio y desconexión con sus iguales, con sus amigos». Según sus propias declaraciones, antes de la pandemia era raro encontrar casos de trastornos psicológicos en la preadolescencia, podía existir algún caso muy aislado, mientras que ahora en cada aula se pueden encontrar varios. Ella lo achaca al «hecho de no tener actividad social, al cambio en su estilo de vida»: «En el ámbito familiar, había niños que estaban muy unidos a sus abuelos, figuras que cobran un papel importantísimo en estas edades y que, ante la posibilidad de que los niños contagiasen a sus mayores por ser personas de mayor riesgo debido a su edad o a patologías, hubo un cambio muy brusco que afectó tremendamente». Por lo tanto, esta orientadora concluye que los trastornos psicológicos en la preadolescencia vienen unidos «al cambio de las relaciones familiares y de las relaciones sociales».

Además, son muchas las familias que han tenido que enfrentarse no solo a problemas de salud, sino también a dificultades económicas y laborales. Así, Lourido afirma que «los preadolescentes sufrieron los problemas familiares, pues están en una edad en la que se dan cuenta de lo que sucede pero no tienen herramientas para poder ayudar a sus padres o para resolver estos problemas, sin embargo viven el ambiente de su casa desde la ansiedad y la frustración. Hubo muchas familias con problemas económicos, laborales, de salud…problemas varios y los chavales perciben y sufren este ambiente familiar enrarecido por la multiplicidad de contrariedades».

Según datos de la Asociación Española de Pediatría (AEP), la salud mental de los niños y adolescentes en España se ha deteriorado notablemente: «Antes de la pandemia ya se estimaba que en torno al 10 % de los niños y al 20 % de los adolescentes sufría trastornos mentales. En la actualidad, los adolescentes presentan más ansiedad, síntomas depresivos, autolesiones y conductas suicidas». La AEP alerta de que «la pandemia ha provocado un aumento de hasta el 47 % en los trastornos de salud mental de los menores».

Y esto es solo el principio. Porque según los datos que manejan en el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid, las tentativas de suicidio y de autolesión han aumentado un 250 % tras la pandemia. Tal y como recoge el Instituto Nacional de Estadística (INE), el suicidio es ya la principal causa de muerte no natural entre jóvenes de 15 a 29 años, y se ha duplicado en menores de 15 años en el 2020, por lo que los expertos achacan su proliferación a la pandemia.

Las enfermedades más abundantes son la depresión o la ansiedad, relacionadas con los trastornos alimenticios, la autolesión o los intentos de suicidio. La AEP anuncia que la depresión y la ansiedad se han multiplicado por tres o cuatro desde el 2019. En consonancia, los estudios realizados por diversas oenegé como Unicef, la Fundación ANAR o Save the Children han alertado del impacto de la pandemia, considerando que trastornos depresivos o de ansiedad se han cuadruplicado (pasando de un 1,1 % al 4 %).

La Sociedad Española de Urgencias de Pediatría (Seup) ha analizado la evolución de los diagnósticos de salud mental desde marzo del 2019 a marzo del 2021. Y el resultado es realmente preocupante. Los diagnósticos relacionados con trastornos mentales en Urgencias Pediátricas aumentaron un 10 %. En un análisis desglosado, los diagnósticos que más se incrementaron fueron: Intoxicación no accidental por fármacos (122 %), suicidio o intento de suicidio o ideación autolítica (56 %), trastorno de conducta alimentaria (40 %), depresión (19 %) y crisis de agresividad (10 %).

El sufrimiento al que se enfrentan

Para conocer de primera mano estas enfermedades psicológicas que proliferan desde la pandemia, hemos hablado con varias jóvenes que nos han dado testimonio de su experiencia y del sufrimiento al que se enfrentan. Para preservar su identidad, nos referiremos a cada una de ellas identificándola con su color favorito.

«Incluso buscas métodos para morir»

Rosa padece depresión diagnosticada: «Cuando estás en el momento más bajo, lo más duro son las ganas de morir, no existe nada que te quite esa idea de la cabeza; ni familiares, ni amigos, ni médicos, ni pastillas, ni nada. Es un sin vivir cuando tienes ganas de morir, es realmente un sin vivir porque tu cabeza no piensa en otra cosa. Es como si te hubieran robado el cerebro. Tú solo piensas en morir. Incluso buscas métodos para hacerlo, pero no lo haces por miedo a quedar mal. Si a mí me dijeran ‘con esta pastilla te vas a morir’ la tomaría tranquilamente. No piensas en otra cosa. La idea de morir consume tu vida», resume esta joven.

Rosa cuenta cómo se percató de que algo había cambiado en su vida: «Empecé a notarme mareada, me di cuenta de que ya no me apetecía hacer las cosas que antes me encantaban». Define su depresión como un momento en el que «tu mundo se viene abajo, lo que es la normalidad se hace cuesta arriba». «Incluso llegué a llorar en clase o a ir a una comida familiar y pasarla entera llorando. La psicóloga y la psiquiatra me decían que tenía que salir de casa pero yo solo podía llorar».

Así, relata cómo vivió los peores momentos de su enfermedad y cómo el simple hecho de salir de la cama se convirtió para ella en un reto de vital importancia. Cuando estás mal, «hacer las cosas normales es un mundo», asegura, para luego añadir: «Tú te vas metiendo en esa tristeza, te vas metiendo en esa tristeza. Lo peor es que la gente que tú quieres te da igual porque tú solo ves esa tristeza y poco a poco vas entrando en la cama. La cama es una droga muy grande, es una de las más grandes que hay. Dices: salgo mañana. Pero llega mañana y dices: no, salgo al otro mañana. Separarme de la cama era imposible y traspasar la puerta de la habitación era como tirarme de un terraplén. En mi cama estaba segura. Salir de ella me provocaba vómitos, no me tenía de pie, iba a rastras. Pasaba encerrada meses. Me eché un año en cama».

Finaliza su experiencia con un poco de luz: «Ahora consigo salir de casa y me encuentro algo mejor, aunque sé que no estoy curada. Puedo convivir con mi enfermedad pero no la tengo dominada. Cuando tienes una depresión estás en un pozo y cuesta muchísimo salir».

«La última vez que me dio un ataque de ansiedad me sentí completamente inútil»

Otro trastorno mental que ha proliferado en los últimos tiempos es la ansiedad. En palabras de la orientadora María Jesús Lourido, estos problemas de ansiedad se ven especialmente en «niñas académicamente muy preocupadas, muy responsables, que incluso tienen que dejar de ir al instituto porque la ansiedad les provoca fuertes migrañas».
Rosa ha vivido episodios de ansiedad y recuerda así el más reciente: «La última vez que me dio un ataque de ansiedad me sentí completamente inútil. No era capaz de hacer nada, ni siquiera de abrir el microondas. Estaba de pie porque algo me comía por dentro, no era capaz de respirar. Casi me muero. Yo no sabía que la ansiedad dura era así. No era capaz de respirar. Iba como una loca de aquí a allí, de aquí a allí. No paraba. Y no había pastilla que consiguiera calmarme. Pasé quince días que casi me vuelvo loca. Me levantaba a las 5 o 6 de la mañana, fumando un cigarrillo tras otro, un cigarrillo tras otro, negra de la ansiedad. Notaba muchos nervios, una presión en el pecho y que no podía respirar. No me quiero ni acordar. Fue una ansiedad al límite».
Y el caso de Rosa es el mejor ejemplo de que los trastornos mentales, con frecuencia, van de la mano y se relacionan con trastornos alimenticios: «La ansiedad hace que coma muchísimo, pero después no puedo devolver porque me da dolor. He pasado épocas de quedarme muy delgada porque no podía comer a otras de engordar muchísimo porque me pegaba atracones. Te cambia el cuerpo entero y la vida entera».
También Blanca ha sufrido en sus propias carnes varios ataques de ansiedad. El último y más fuerte le ocurrió en el centro educativo: «Estaba nerviosa por llegar a tiempo para un examen. Fui al baño, me despejé la cara y de la nada me empezó a faltar el aire, me empecé a agobiar y comenzó un ataque de ansiedad. Lo pasé fatal porque es una sensación de agobio. Era la primera vez que me daba uno tan fuerte y en el instituto, no me lo esperaba. Me gusta estar tranquila y si me empiezo a estresar, me agobio y sufro de ataques de ansiedad».
María Jesús Lourido indica que «las autolesiones están a la orden del día, unas veces como llamadas de atención, pero siempre como un aviso del sufrimiento y de la necesidad urgente de ayuda».
Blanca también buscó información para acabar con su vida, como meterse en la ducha para que se le dilatasen las venas, reconocer un punto en el cuello que es letal si lo golpeas directamente o por sobredosis. Así empezó a autolesionarse: «Me hice cortes en los brazos y aún tengo las marcas. Mi idea era morirme e incluso me tuvieron que dar puntos. Mi cuerpo generaba algo que hacía que yo no sintiese nada, no me dolía. Me asustaba tanto que no me doliese que me seguía cortando para ver por qué no me dolía. Los cortes me los realicé durante aproximadamente un mes, cuando me venía un bajón muy fuerte».
Blanca también presenta grandes cicatrices en las manos: «Cuando me está dando un ataque de nervios me empiezo a rascar hasta que me arranco la piel y me dejo la mano en carne viva». Siente que sus padres no la comprenden y que su vida no tiene sentido. Este dolor la lleva a autolesionarse: «Hace dos noches empecé a pensar que no voy a tener futuro, no voy a tener nada, voy a ser una fracasada y así para qué vivir. Estoy bloqueada. Noto que me estoy perdiendo. No soy capaz de ponerme una tarde a estudiar porque me cuesta muchísimo. Todo son problemas. No hay motivación. Me corté las muñecas porque pensaba que ojalá me muriese de una vez. No quiero vivir. Mi vida es una línea continua en la que no recuerdo momentos de felicidad. Con mi familia nunca he vivido un momento de felicidad. Pienso que no sirvo para nada, que voy a ser una fracasada en la vida. Qué pinto yo en el instituto si quizá suspendo todo. Entonces me corté con un cuchillo en mi habitación. No siento nada. En el momento no me duele y solo pienso en acabar con todo. Si no tengo madre y no tengo padre, ¿qué hago yo con mi vida? De todas las personas que pasan por tu vida, ¿cuántas se quedan al final? Nadie me entiende. Cuando estoy de bajón pienso que no aguanto más y que quiero una pastilla para acabar con todo». Con estas palabras, Blanca da cuenta de todo su dolor y de la gran necesidad de comprensión y apoyo que requiere.

Por su parte, Rojo asegura que sentir ansiedad «fue una locura, pensaba que me estaba volviendo loca del dolor. Un dolor horrible en el pecho, por todo el cuerpo, en la cabeza…era como si tuviera clavado un cuchillo todos los días en el corazón». Y añade que todo empezó por las preocupaciones en casa: «No me encontraba bien con mis amigos, en el instituto también me iba mal porque empezaba a suspender. Venía a clase y me pasaba media hora llorando en el baño porque estaba muy nerviosa, y después me sentía aún peor por haber faltado esa media hora».
En un esfuerzo, Rojo pone palabras a lo que supone para ella el día a día de la mano de la ansiedad: «Me levanto con muchísima ansiedad. Es el peor momento del día para mí, porque me levanto con un dolor de pecho impresionante. No solo sufro por la sensación de saber que me levanto con ansiedad, sino que sufro por el dolor que me provoca físicamente, porque es como levantarse enferma todos los días. Aun así, me como todo el rato la cabeza pensando para mí misma que hay que ser positiva, que tengo que hacer mi vida y dejarme de rollos. Hago un esfuerzo y por el camino al instituto sigo motivándome, pero no sirve de nada. Intento centrarme con absolutamente todas mis fuerzas en clase, sin exageración, me concentro muchísimo pero no hay forma. Entonces me empiezo a desesperar. Depende del día, hay días mejores o peores, pero casi todos acabo llorando en el baño porque me estreso. En los recreos estamos en grupo y todo lo que sale por mi boca es forzado para que no me dejen de lado, pero no quiero hablar con nadie. Al volver casa llega el momento de seguir fingiendo con mi familia que todo va bien, pero para mí es muy doloroso porque mis padres minimizan mis problemas, diciéndome que soy una exagerada o una cuentista. Quiero estudiar, pero no puedo porque empiezo a pensar todo lo que llevo dentro. Intento animarme y centrarme, pero no estudio bien. Me voy a la cama pensando que no he hecho nada en todo el día y que soy inútil, que no valgo para nada y me frustro, y me quedo dormida con esa sensación. Imaginemos que al día siguiente tengo un examen, pues bien, me levanto como cada día, pero aún más preocupada porque siento que no he estudiado bien. Llego al examen y me sale mal. Durante el examen me atasco aun sabiendo las cosas, y empiezo a pensar que soy una burra que soy una mierda que no estudié nada, que soy una nini, y empieza a aumentarme la ansiedad».
En ambos casos subyace una necesidad de afecto familiar, pues como explica la orientadora: «Cosas que a los adultos nos pueden parecer poco importantes, en sus edades, para ellos son grandes problemas y necesitan ser escuchados, que los valoren, que entiendan que es un problema y que les den pautas para ver realidades positivas».

«Las redes sociales juegan un papel muy negativo, son muy destructivas»

En cuanto a los trastornos alimenticios, Lourido afirma que «a menos no van, desde luego, y las redes sociales juegan un papel muy negativo, son muy destructivas, pues existen muchas páginas y mucha información que induce a esa problemática. Las adolescentes viven condicionadas y les preocupa el tema de la imagen, especialmente el estar delgadas. Tienen predisposición a trastornos alimenticios las personas perfeccionistas y emocionalmente vulnerables, pues les falta autoconfianza y son muy influenciables en su búsqueda de perfección». En definitiva, tal y como explica esta experta los trastornos alimenticios van unidos a la inestabilidad emocional y a los problemas mentales.
Blanca declara que actualmente pesa 48 kilos, pero antes pesaba cerca de 70. «Desde que era pequeña mi madre me ponía a dieta y desde los diez años pidió que me sirvieran comida diferente en el comedor. Creo que mi madre no hacía bien porque no nos dejó vivir nuestra infancia, enseñándonos a comer de una forma saludable pero normal». Una mala relación con la comida desde la infancia puede fomentar los trastornos alimenticios en un futuro: «Me hacían sentir mal las comparaciones: mira qué delgada está tu amiga, mira qué guapa está. Estos comentarios te van generando un complejo». Para conseguir adelgazar empezó a vomitar la comida. Tras perder veinte kilos, Blanca afirma que se ve más guapa ahora que antes, que se siente más cómoda en su nuevo cuerpo. Sin embargo, a pesar de que sufre bulimia y de que ha adelgazado drásticamente, hay días que piensa que está «gordísima y feísima».
Como ya nos anunciaba la orientadora, los trastornos alimenticios están unidos a la falta de autoestima y de estabilidad emocional: «En mi familia, desde pequeña, nunca sentí unión. Mis padres se divorciaron cuando yo era muy pequeña y tuve que vivir el cambio de casa, papá se va, mi madre nunca está, cambio de colegio…y nunca tuve una estabilidad».
Al preguntarle sobre la pandemia, Blanca cree que le afectó negativamente: «Durante el confinamiento yo empecé a vomitar. Comía, esperaba un rato e iba al baño. Pasó un mes y cada día mi padre me veía más delgada, se me caía el pelo, las uñas se me rompían y tenía siempre cara de cansada».
Los trastornos alimenticios están fuertemente ligados a la ansiedad. Así, Blanca reconoce: «Cuando estoy con ansiedad, el estómago se me cierra y dice: échalo ya todo, porque no aguanta más».
También para Azul la pandemia fue el detonante de su trastorno alimenticio: «Durante el confinamiento lo pasé bastante mal. Antes de la cuarentena yo hacía deporte, pues para mí es fundamental mantenerme en mi peso y me preocupa mucho estar delgada. Al estar en casa, cogí la manía de pensar que si no hacía deporte iba a estar gorda, entonces dejé de comer: guardaba la comida, la tiraba, comía muy poco o directamente no comía nada. Con el confinamiento comenzaron mis problemas con la comida, y actualmente los sigo teniendo. Incluso llegué a tener un poco de depresión, relacionada con el trastorno alimenticio».
Sus padres tardaron en percatarse del problema, pero al avanzar el período de aislamiento en el hogar, se dieron cuenta de lo que ocurría: «Se notó un cambio físico en mí al estar más delgada de lo que debería estar. En la cuarentena todos estábamos comiendo mucho y mis padres observaron que yo estaba más delgada de lo normal. Al dejar de comer noté una caída del pelo, y noté que las uñas no me crecían y eran más débiles. También tenía sueño constantemente: dormía por el día para evitar comer y dedicaba la noche a hacer los deberes. Así empecé a tener problemas con la vista y sufrí una anemia que aún sigo teniendo».
Azul reconoce que no quería preocupar a su familia: «No me gusta dar problemas, así que no quería ir al médico. Ahora sí estoy yendo al psiquiatra y al psicólogo y estoy en proceso de recuperación. Mis padres siempre se preocuparon por mí, pero no sabían cómo tratarme».

«A mí la mascarilla me ayuda, es una forma de protegerme, de taparme»

Y tras la pandemia, ha cobrado fuerza un nuevo problema: el síndrome de la cara vacía. El psicólogo José Antonio Galiani acuñó este término para hacer referencia a la ansiedad que conlleva quitarse la mascarilla. Estos sentimientos de vergüenza y miedo ante la idea de mostrar el rostro los percibimos a nuestro alrededor. Las cifras son terribles, pues estamos hablando de un 20 % de adolescentes de entre 11 y 13 años. Entrevistamos a varias alumnas de un instituto gallego que nos contaron cómo están viviendo este proceso de retirada de la mascarilla.
Amarillo reconoce que es capaz de quitarse la mascarilla con sus amigas, cuando van por la calle, sin embargo, declara que en clase le da vergüenza quitársela «porque creo que me van a juzgar los chicos. Me preocupa mucho lo que los demás piensen de mí y creo que se van a burlar». Preguntada sobre si le gustaba usar mascarilla y si la hacía sentir cómoda, esta joven responde tajantemente: «Yo la mascarilla la odio pero no me gusta mi nariz. Creo que la gente habla mucho y que van a comentar cosas de mí por detrás».
A Turquesa le da mucha vergüenza quitarse la mascarilla porque piensa que está mejor con ella. Cree que es más bonita la mascarilla que su cara: «Yo siempre fui súper tímida y me da mucha cosa ahora quitármela. A mí la mascarilla me ayuda, es una forma de protegerme, de taparme. Creo que la gente va a pensar que estaba mejor con mascarilla porque un día de broma me lo dijeron, y yo sé que en ese tipo de bromas hay algo de verdad. Desde entonces me quedó más trauma todavía. Me hundió bastante que me dijeran eso y no quiero que se repita».
Naranja no quiere que le vean la cara después de estar tanto tiempo con la mascarilla: «Creo que los demás van a pensar que soy demasiado fea porque he visto a gente más guapa que yo. Esto me hace sentir insegura y la mascarilla es una protección contra los comentarios de los demás. Me da pena, pero es lo que hay. No me voy a sacar nunca la mascarilla hasta que sea obligatorio. Me da mucha vergüenza».
Celeste no se quita la mascarilla porque le «tapa las imperfecciones, como los granos, por ejemplo, que me están saliendo muchos por la barbilla» y Dorado la sigue usando porque admite que no le gustan sus dientes: «Es algo personal mío, pero no me gusta tenerlos separados aunque esté de moda». Por sus palabras, se ve una joven con mucha inseguridad: «No sé, no me veo guapa, depende del día. Me siento más segura con la mascarilla». También reconoce que «los compañeros en clase se burlan de los demás y les dicen que estaban mejor con mascarilla y eso hace que no me la saque, para no pasar por ese mal momento».

El tránsito hacia la nueva normalidad no está siendo un paseo agradable y son muchas las inseguridades y los sentimientos negativos a los que se enfrentan los adolescentes.
Las orientadoras Ana T. Jack y María José Vilarelle ofrecen algunas pautas que deben seguir los jóvenes para retomar una vida feliz y saludable. Ellas apuestan por una vuelta a la vida activa y real: «Deben alimentarse bien, realizar las actividades al aire libre que más los motiven, practicar ejercicio físico para crear endorfinas, descansar y no dedicar a las redes sociales las horas de sueño. El enganche tecnológico empobrece nuestras vidas y nos genera una sensación de vacío interior».
Cuando todo lo anterior no es suficiente, deben pedir ayuda: «Es fundamental que, si se encuentran mal, busquen un referente adulto de confianza para sacar los sentimientos que llevan dentro».
Una afirmación similar expresó Rosa, una de las jóvenes entrevistadas: «Los jóvenes tienen que saber lo que es la ansiedad, la depresión…porque la gente a tu alrededor no te comprende, desprecia tu enfermedad, se ríen de ti…me gustaría terminar aconsejando a la gente que, cuando empiecen a notar algún síntoma como ansiedad o una tristeza fuerte, vayan a un profesional y sigan a rajatabla sus indicaciones».

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