Instituto Rosalía de Castro
Alumnos:
  • Adara Soto Vidal
  • Lucas Pampín Mato
  • Iria Varela Fernández
  • Paula Vidal Martínez
Profesores:
  • Celtia Sar Rañó

La humanidad siente curiosidad por lo que se encuentra más allá del planeta Tierra, pero este tipo de descubrimientos son complicados y, por lo tanto, esa necesidad de los humanos no se puede satisfacer. Como dice Maite Trujillo, coordinadora en la Agencia Espacial Europea (ESA), «cada vez estamos más interesados en explorar nuestra Tierra, en explorar de dónde venimos y en lanzar misiones científicas o misiones de observación de la Tierra para, por ejemplo, ayudar a los agricultores y a otros campos». Los primeros avances del ser humano a la hora de llegar al espacio han sido a través de naves espaciales que han ido mejorando con el tiempo, pero que no han logrado todavía que el ser humano llegue más allá de la Luna.

Además, se han creado sondas espaciales, unas máquinas que se han desplazado hasta los confines del Sistema Solar y han observado cada uno de sus planetas. Más tarde aparecieron los rovers, máquinas diseñadas para explorar las superficies de otros planetas y recoger muestras o analizar su composición o comportamiento. Estos artefactos han llegado hasta Marte, pero no se han podido llevar más lejos.

En todas estas misiones surgen muchos problemas y obstáculos que han retrasado todos estos descubrimientos o impedido que se realizasen algunos. Por eso uno de los principales problemas resultantes de estas exploraciones es la producción de basura espacial: las sondas o las naves espaciales que no están en funcionamiento flotan por el espacio junto con otros muchos restos de chatarra.

Basura espacial y entornos extremos

La contaminación espacial es un gran problema que afecta a nuestro planeta, tal y como confirma Maite Trujillo: «Pedacitos de viejos vehículos o satélites llegan a la Tierra y, cada vez más, el público tiene información al respecto, ya sea porque aparezcan visualmente y la gente los vea o simplemente por el hecho de que llegan». Una situación que se debe a que estamos continuamente lanzando misiones para descubrir, aprender y saber más acerca de nuestro planeta, como ya indicó anteriormente esta experta.

No obstante, no hay que dejar de lado que la basura espacial, un día cualquiera, puede provocar una catástrofe terrible. Sin embargo, las probabilidades de que grandes restos de esta basura caigan en un lugar habitado son relativamente pequeñas pero podrían ser catastróficas, tal y como explica Maite Trujillo: «Ha habido veces que se ha cerrado el espacio aéreo, aunque si un día cae un pedazo de basura espacial en medio del océano, esto no implica mucho, pero si fuese un pedazo grande y en vez de caer en medio del océano fuese en el centro de París, pues obviamente habría un problema muy grave».

Por otra parte, antes de dedicarse al control de la basura espacial en la ESA, la doctora Trujillo participó en misiones de campo para la exploración humana en entornos extremos en el centro que la NASA tiene en Ames (California). Allí ella, junto al exobiólogo Alfonso Davila y su equipo de la NASA, fueron a buscar vida en sitios inhóspitos como el desierto de Atacama en Chile: «Por el momento, no hemos encontrado vida fuera de la Tierra; entonces, lo que hacen biólogos como Alfonso Davila es encontrar un lugar donde sea muy raro que exista la vida». Maite tuvo «la suerte de poder ir con él y otro equipo de la NASA a Atacama, en Chile, y son lugares donde la diferencia de temperatura entre el día y la noche es muy alta y casi no llueve».

Alfonso Davila (izq.) realizando un experimento en el desierto de Atacama (Chile) . / NASA (CEDIDA)

Estos experimentos biológicos son cruciales para crear en el futuro colonias en el espacio, y es gracias a que hay muchas personas curiosas como Maite y Alfonso que se pueden realizar en lugares similares aquí en la Tierra, ya que «el entorno del espacio es el más extremo que uno se pueda imaginar», afirma Trujillo. Por eso las naves de exploración tienen que estar en unas espléndidas condiciones para poder realizar las misiones con eficacia y sin problemas. Y para que los astronautas puedan hacer estas misiones tienen que alimentarse de ciertos nutrientes que les proporcionen la suficiente cantidad de proteína y de energía que les da cualquier alimento que se coma en la Tierra.

La espirulina como alimento espacial

Sin embargo, cada centímetro de almacenamiento en estas naves es esencial, tal y como corrobora el biólogo Elías Varela, investigador del uso de la espirulina en el espacio: «Cualquier gramo de lo que sea que suba en una nave espacial tiene un coste muy alto y tiene que estar perfectamente aquilatado». Por ese motivo tienen que ser alimentos que no se pongan en mal estado rápidamente, que no ocupen mucho espacio y que puedan ser fáciles de mantener en buenas condiciones sin gran dificultad. Por eso la espirulina sería una gran solución para estos problemas. Los astronautas se podrían alimentar de ella, pero esto «no quiere decir que puedan alimentarse exclusivamente de espirulina; sería una forma de obtener alimento pero no la única», confirma este biólogo. Para poder mantenerla viva, según Varela, en la nave se tendría que instalar un biorreactor de espirulina, lo que ayudaría mucho a aumentar la cantidad de oxígeno, a eliminar residuos que produzcan los astronautas, y a convertirse en un gran complemento nutritivo y energético. Incluso, al ser de origen vegetal, se podrían también hacer pruebas para conseguir combustible para los cohetes de una forma sostenible con la espirulina.

Sin embargo, este biólogo confirma que aparte «de la radiación, que acaba con cualquier forma de vida, hay que tener en cuenta los efectos de la microgravedad o falta de gravedad». Por lo tanto, Varela considera que aún «faltan bastantes fases y circunstancias que controlar antes de poder producir alimentos en el espacio». Finalmente, hay otro aspecto que perjudica mucho al organismo y que es «la gravedad, que afecta al crecimiento y hace que se modifique absolutamente todo».

Sin embargo, hay proyectos que están intentando superar estos obstáculos, como el de unos «científicos chinos que han logrado germinar unas semillas en la luna, aunque sólo sobrevivieron unas horas, debido a que las condiciones en el espacio son muy malas por culpa de la radiación», apunta Varela. Aunque estas misiones den la sensación de que solo se trata de crear vida, según el biólogo, «no se trata de crear vida, sino de poder transportar al espacio un ser vivo y que pueda mantener esa vida». Por eso, hay «importantes industrias, por ejemplo, petrolíferas, que están invirtiendo en investigación en biorreactores de este tipo para producir biocombustibles de segunda generación, es decir, combustibles creados por microalgas mediante fotosíntesis para conseguir el combustible que, además, sería uno que se produce consumiendo CO₂, es decir, con una mejora de tipo ambiental».

El espacio como laboratorio multidisciplinar

Pero buena parte del conocimiento sobre el espacio se hace desde observatorios como el Ramón María Aller de Santiago de Compostela, donde trabaja el astrónomo Pedro Pablo Campo. Este estudia las turbulencias atmosféricas que hacen que buscar planetas sea mucho más difícil: «Usamos una técnica llamada interferometría speckle para eliminar las turbulencias atmosféricas, que nos permite, por ejemplo, ver las estrellas dobles separadas». Esa información es utilizada por otros científicos como el astrobiólogo Alfonso Davila, que desde la NASA Ames en California trabaja en proyectos para detectar vida fuera de la Tierra e, incluso, para crear colonias espaciales: «El poder hacer viajes tripulados es hacer ciencia directamente con toda la capacidad intelectual de los seres humanos», una capacidad que lleva a desarrollar proyectos como el del biólogo e ingeniero ambiental Elías Varela, el posible uso de la espirulina en misiones espaciales. Para él «el espacio es un entorno absolutamente incompatible con la vida, y eso significa que hay que identificar qué factores comprometen la vida de un microorganismo, por lo que se entiende que un biorreactor de este tipo debería estar dentro de una nave o potencial colonia espacial».

Y aunque la vida extraterrestre parece algo bastante improbable, las posibilidades de que pueda ocurrir o haya ocurrido no son tan absurdamente bajas, e incluso no se descarta que la vida en la Tierra haya venido de otro planeta, como afirma Davila: «Es posible que la vida se haya transferido entre Marte y la Tierra, de la Tierra a Marte o de Marte a la Tierra».

Un futuro extraterrestre

Aunque en la actualidad se están anunciando viajes a la Luna de nuevo y posibles colonias en Martes, se deben ir resolviendo los muchos problemas que van apareciendo y los expertos son bastante optimistas: «En el futuro probablemente veamos más misiones espaciales como los telescopios, que ya tenemos ahora y que se han ido lanzando a lo largo del tiempo», afirma Campo sobre su especialidad, la astrofísica. Por su parte, el exobiólogo Alfonso Davila no descarta la posibilidad de encontrar vida más allá de este planeta: «La probabilidad de que exista vida fuera de la Tierra está entre el 0 y el 100%. En alguna parte de por ahí está la respuesta». Por eso, para este experto es fundamental seguir investigando y progresando: «La secuencia lógica es empezar dependiendo de la Tierra, poco a poco hacerse independiente de la Tierra empezando con plantas y bacterias y más tarde expandirse con cosas un poco más complejas como animales pequeños». Y, por supuesto, según Davila, no se puede tener prisa: «No puedes enviar a Marte el instrumento más sensible que exista en los laboratorios porque esos instrumentos son mejores pero son muy grandes».

En conclusión, el futuro es incierto y lo que se logrará dentro de la exploración espacial también. Sin embargo, como explica Elías Varela, «faltan aún bastantes fases y circunstancias que controlar antes de poder producir alimentos en el espacio». Y lo mismo piensan tanto Maite Trujillo como Alfonso Davila de unos proyectos que normalmente requieren muchos años para desarrollarse, como el caso de los rovers enviados a Marte: «El proceso para enviar un rover a Marte a estudiar, por ejemplo, rocas de sal para que busque evidencias de vida duraría entre 15 y 20 años. Es tan complicado el proceso que se tarda mucho tiempo, es una carrera que se dedica básicamente a desarrollar este proceso. Y después, una vez está en Marte, la misión puede durar entre 3 meses y a lo mejor hasta 10-15 años, depende del tamaño, ya que depende también de la fuente de alimentación y de otros factores. Nosotros estamos trabajando para enviar una misión a Saturno para estudiar Encélado y va a tardar aproximadamente 9 años en llegar allí, y después va a tardar 3 o 4 años en frenar porque está yendo a una velocidad tremenda. Una vez esté a la velocidad adecuada y esté cerca de Encélado, a lo mejor ahí puede pasar entre seis meses y 3 años trabajando. Así que son muchos años desde que una misión se concibe como una idea hasta que se ejecuta, pueden llegar a pasar de 20 a 25 años».

Reportaje realizado con la colaboración de

Bizuayehu Buíde Pollán

Lucas Fernández Barreiro

Mateo López Sánchez

Jaime Martínez Figueira

Valeria Melio Mora

Carlos Mourelle Rey

Leonardo Narváez Sánchez

Pilar Parga Poza

Adam Pena Sanjiao

Lola Vázquez Piñeiro

Pedro Verdes Casal 

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