Carlos Ocampo

El pasado domingo se cumplieron 50 años de un secuestro que tuvo un desenlace inesperado. La víctima era Patricia Hearst, Patty, hija de un magnate de la prensa y la comunicación. Tenía 19 años. «Fue secuestrada en la noche de ayer por dos hombres que huyeron en un automóvil robado. Se encontraba en su apartamento, acompañada de su novio, Steven Weed, de 26 años, cuando sonó el timbre de la puerta y una joven de raza blanca solicitó poder utilizar el teléfono», contaba La Voz el 6 de febrero de 1974 bajo el título «Aún no fue solicitado rescate por la hija de Randolph Hearst». California sufría entonces una oleada de crímenes «contra personas prominentes» perpetrados por el Ejército de Liberación Simbiótico (o Simbionés, ELS), una organización de extrema izquierda liderada por un supremacista negro llamado Donald DeFreeze.

Al día siguiente, con foto de los padres de Patty pidiendo su liberación, se añadía que los raptores eran cuatro hombres y dos mujeres. El día 9 se publicó una foto del novio, que fue ingresado en el hospital a causa de la paliza que le propinaron los secuestradores, y la esperada carta, amenazadora: «Tema: Detención y custodia protectora y si es necesario ejecución. Objetivo: Patricia Campbell Hearst, hija de Randolph Hearst, corporación enemiga del pueblo. Orden de detención proclamada por el tribunal del pueblo». La carta añadía que la «prisionera» sería mantenida en «adecuadas condiciones físicas y mentales» mientras se atendieran sus exigencias, que incluían la publicación de sucesivas cartas como esa.

No nos consta que se hubiera hablado en La Voz hasta entonces del ELS, cuyo objetivo era «la lucha contra el sistema fascista con la utilización de ataques y secuestros a personas poderosas del país» (10-2-74). Esto aumentó la angustia de los padres, porque lo que pedía el ELS era la libertad de dos de sus miembros. «Sería —de ser cierto— el primer caso en que se solicita un rescate por una reivindicación de tipo político» en Estados Unidos. ¿Accederían las autoridades a esta petición?

El día 17, domingo, llegó un ultimátum a través de la prensa: sería ejecutada el miércoles, día que cumplía 20 años; pero se dudaba de que la amenaza proviniera de los secuestradores. Entre tanto, un matrimonio, suplantando a los secuestradores, exigió 100.000 dólares, pero ambos fueron detenidos (21 de febrero). Los secuestradores también exigieron que la Corporación Hearst distribuyera gratis «cuatro millones de dólares» en alimentos entre personas necesitadas (día 24).

Fin del rapto

Sin dejar de ocupar titulares, el caso perdió protagonismo hasta el 5 de abril. Patty decidió unirse al ELS y cambiar su nombre por el de Tania (el de «la compañera del Che Guevara»): «“Nunca volveré a la vida que llevé hasta ahora”, dice en una cinta magnetofónica enviada ayer a una emisora local junto con una fotografía en la que se le ve empuñando una ametralladora». En la grabación llamaba a su padre mentiroso y lo instaba a convertirse en camarada. «Yo, personalmente, no lo creo», declaró su padre, y su madre afirmaba que solo podía haber sido coaccionada. También lo pensaba el FBI, duramente cuestionado por su «falta de eficacia», que hablaba tanto de un lavado de cerebro como de la posible simulación del secuestro.

Obligada o no, el caso es que Patty participó 12 días después en el atraco a un banco, noticia que se publicó con fotos en las que se la ve empuñando una ametralladora (17 de abril), con lo que al día siguiente cambió su condición: de secuestrada a «criminal común», según el secretario (ministro) de Justicia. Y empezó su persecución.

El 19 de mayo, los lectores de La Voz se despertaron con una duda: una operación policial en Los Ángeles, que fue retransmitida por televisión, acabó con cinco miembros del ELS carbonizados. Se pensaba que Patty podía ser uno de ellos, pero no. Fue capturada cuatro meses más tarde en San Francisco: «No ofreció resistencia […], aunque en algunos de sus mensajes había manifestado que jamás la cogerían viva» (19-9-74). Sus padres pudieron hablar con ella ese mismo día y declararon que harían lo posible por ayudarla.

Condenada e indultada

Fue juzgada en San Francisco (La Voz, 21-2-1976). Un perito, Louis Mest, declaró que a Patricia Hearst le lavaron el cerebro y fue víctima de un fenómeno bien conocido en la psicología: una «dependencia infantil de sus secuestradores», que es una de las causas de lo que se llama síndrome de Estocolmo —la primera vez que lo documentamos en La Voz data del 17 de abril de 1981, en referencia al empresario Luis Suñer, secuestrado por ETA en enero—. Sin embargo, fue declarada culpable (21-3-76) y condenada a 35 años de cárcel, aunque antes de ingresar recibiría tratamiento psiquiátrico durante 90 días; además, se ofreció a colaborar contra el ELS para reducir la condena (13 de abril). La sentencia definitiva fue de siete años de prisión (25 de septiembre).

No cumplió toda la condena. El presidente Jimmy Carter la indultó (30-1-1979), debido a la presión social: se consideró que su caso era «único y difícil» y que ya había sufrido «sustancial castigo» durante esos casi dos años.

¿Y qué más hicieron en EE. UU. con esta historia? Después del libro que escribió su novio, que vemos anunciado en mayo de 1976, lo que cabía esperar: «Mañana comienza a emitirse la serie sobre Patricia Hearst» (2-9-1979).

Para saber más
Los suscriptores pueden acceder a la Hemeroteca de La Voz.
Compartir en Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir en WhatsApp

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies