PAULA MÉNDEZ / R. S.

Las previsiones daban lluvia, pero a primera hora de la mañana no había caído ni una sola gota sobre Arteixo. Parecía una buena señal. En una casa de ese pujante concello del área de A Coruña, una niña se preparaba ayer para empezar sexto de educación infantil con muchísimas ganas: «Quería que se acabaran ya las vacaciones para empezar el cole». Se llama Iria, y «lleva levantada desde las siete y media de la mañana», dice Lidia, su madre. La pequeña añade: «¡Y me hubiera levantado antes!». Ataviada con un vestido azul claro, una chaqueta brillante y una diadema de unicornio -a juego con su mochila-, cualquiera que se la cruzara por la calle se daría cuenta de que, para ella, este jueves 9 de septiembre es un día especial. Para otros 187.000 escolares gallegos, también.

Iria, a pesar de tener 5 años y estar exenta del uso obligatorio de mascarilla, la lleva puesta. «En el colegio todo el mundo la lleva», aclara Lidia, quien, además, es coordinadora del espacio educativo Nenoos en Arteixo. Lo de la mascarilla es algo preventivo que, por su edad, no siempre funciona, pues tienden a bajársela o a cambiar su posición, dejándola mal ajustada.

Sale de casa y, presa de los nervios, es incapaz de esperar al ascensor y baja por las escaleras de su bloque saltando los escalones de dos en dos mientras canturrea.

Desde luego, algo ha cambiado. Los niños ya no lloran por la vuelta al cole, es más, lo celebran. «Mi hija me ha despertado dos veces esta noche. Se acercaba a la cama y me decía: “Mamá, ¿ya es la hora de ir al cole?”. Estaba desesperada por volver», cuenta la madre de Naira, compañera de Iria. Como prueba de lo sucedido, Naira llega al punto de encuentro con dos coletas altas que dejan ver a la perfección su rostro agotado. «Naira, ¿estás cansada?», le pregunta Lidia. Pero, aunque sus ojos digan lo contrario, ella lo niega rápidamente y se vuelve a jugar con sus amigas.

El autobús no tarda en llegar. Pasa puntual, a las nueve y diez, y el grupo de amigas se levanta rápidamente para ponerse las primeras de la fila para entrar en el vehículo. Hay dos bandos: a la izquierda, los alumnos de infantil, eufóricos; a la derecha, los veteranos de primaria, más silenciosos y con alguna que otra cara larga, pero igualmente felices de saludar a sus compañeros. «La escuela es muy importante para ellos», cuenta Lidia, mientras las niñas hojean una revista que ha traído Iria y que, en teoría, no podrán compartir en clase. «Necesitan socializar. Aunque hay restricciones, son muy pequeños y es inevitable que acaben jugando entre ellos. Al final, también es cuestión de humanidad», añade.

Hay bullicio a las puertas del CEIP Novo Arteixo. En fila y con la mayoría de los rostros cubiertos por mascarillas, los niños se organizan por cursos para entrar a las instalaciones por distintas puertas. A Iria le corresponde el identificador amarillo, que lleva colgado al cuello. Indica que es de infantil.

Seis horas después, tras una mañana con algo de lluvia, clases, recreo, más clases y comida, el sol vuelve a brillar con la salida de Iria del colegio, todavía con su diadema de unicornio en la cabeza y con la misma sonrisa que cuando se despidió al coger el autobús. Su día acaba a las tres y media porque es usuaria del comedor. «Por el covid, almuerzan en un sitio fijo y no se pueden levantar, pero se sientan entre amigas de clase y se lo pasan genial. El año pasado estaban tan restringidas en el aula que el comedor era su momento favorito», explica Lidia. «He comido macarrones y solo he dejado un trozo pequeño de manzana», comenta Iria. Así cualquiera tiene un buen día.

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