ANA ABELENDA

Ahora que el pódcast es la radio a la carta, algunos abueletes que nacimos antes que internet nos lo montamos pulsando un dedo y soltando la lengua por WhatsApp. Ahí nos columpiamos con la voz, practicando ese género que explora los límites de la paciencia (del otro): el audiopódcast. Adoro los audios.

Mandando o recibiendo un audio intensito me siento como Monterroso cuando decía: «Hoy me siento un Balzac, he escrito una línea». Voy dando la nota por la calle con mis notas de voz, con mis episodios maternales a la carta donde el tiempo va despacio como en palacio. Entre col y lechuga en el súper, en una vida de velocidad X2, me largo mi audiotostón. Según mi hija mayor, que está en primero de adolescencia y es la única que, a golpe de hormona, me pone límites y me dice la verdad, mis conversaciones por audio son «muy random». A veces, mi hija pequeña tunea la expresión y dice que soy «muy Brandon», y vuelvo a los años de Sensación de vivir, cuando que te grabasen la voz en un casete de una hora por las dos caras era lo más.

A mandar audios me aficionó una amiga millennial, la misma que me enseñó a soltar el dedo para que el audio se convierta en el Nilo ¡o en los mil ríos de Galicia! Si antes cortaba el rollo por calambre de pulgar, ya no me contengo. Soy Django desencadenado, un disparo interminable por WhatsApp. «Mamá, no mandes audios. ¡Los audios no se usan para contar tu vida! No digas ‘eh’ ni ‘chsssss’, queda fatal, y los audios se mandan de 2 minutos para decir dónde quedamos, nada más». Y para cotillear o desahogarse, ¿no? «Para eso llamas por teléfono». ¿Y para decirle a tu padre que compre pan? «Eso se escribe». Rajoy escribe sus famosas columnas del Mundial mandando audios de WhatsApp. El audio es ya el formato campeón. Pues nada. Alemania es Alemania y las cosas son como son.

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