ANA ABELENDA

Pienso y me devoro. Pensar es como ser una oveja que merece que venga el lobo. «¿Por qué si pienso que me voy a caer me caigo?», pregunta mi hija pequeña. No lo sé, pero no lo voy a pensar… Hay algo que los expertos llaman profecía autocumplida o efecto Pigmalión y los gurús del pensamiento positivo explican con la frase «Tu actitud determina tu altitud». ¡Pero yo no soy Kate Winslet ni Emma Stone por más que piense en ello! «Pensar está sobrevalorado», te dicen Chejov, el terapeuta Miguel Ángel Rizaldos y el gusto que da contemplar esa aura que tienen los niños pequeños cuando juegan solos, enfrascados en algo, cuando se muerden el labio dibujando un Pikachu o no pueden verte ni oírte porque están en un mundo impermeable, en el que sus muñecos tienen vida y se ponen a hablar, a pelearse o a echar una carrera hasta el fondo del pasillo.

Las conversaciones de los SuperThings son tan intrigantes como los chismes de mi hija mayor cuando merodea la noche o los de Lady Whistledown… Quizá si pienso una y otra vez en ser Lady Whistledown se me revelen todos los cotilleos, esas cositas que mueven las pasiones en el plano subterráneo de lo que se ve en escena. No pienso, yo observo… y acierto.

El protagonismo debilita, aja (¡hagamos una ajada con los egos!). Es un planazo (y un seguro de pensiones) ser espectadora. Ahora que en Netflix empieza la nueva temporada de los Bridgerton para sacar a bailar las fantasías que algunas madres (y algunas hijas influenciadas por ellas) habían desplazado al trastero con la primavera, en casa arranca otro evento peliculero, el baile renqueante de San Vito, ese que conduce a fin de curso, con rugidos a lo Milei, portazos y «porfavores», encierros en el baño que dan tiempo a hacer carne asada, papeles revueltos aquí y allá, viernes que se creen sábados y señores cansancios.

El diamante de la temporada en casa es Lord berrido. No está invitado, pero se cuela…

«Eres pequeña para ver estas cosas», le digo a mi hija de 9 años recién soplados cuando me pilla viendo los Bridgerton. «Mamá, tú eres mayor para ver eso», me gira la perspectiva. Y se va cantando «¿Qué hay de nuevo, viejo?».

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