CARLOS OCAMPO

«A las dos y cuarenta y uno de la madrugada de ayer y en el Cuartel General del general Eisenhower, el general Jodl, en representación del Alto Mando alemán y del gran almirante Doenitz [también puede aparecer escrito Dönitz], nombrado jefe del Estado alemán, firmó el documento de rendición incondicional de todas las fuerzas de tierra, mar y aire alemanas». Con estas palabras del primer ministro británico Winston Churchill, publicadas por La Voz el 9 de mayo de 1945, se puede considerar anunciado el fin de la Segunda Guerra Mundial. Solo seis meses y unos días después comenzó «en Núremberg el proceso más sensacional de la historia» (La Voz, 21-11-1945).

Comenzó el juicio contra los nazis y sus atrocidades, presidido por el inglés Geoffrey Lawrence, con la lectura de los cargos por parte del fiscal Sidney S. Alderman, que pidió la pena de muerte para todos los acusados por conspiración, crímenes de guerra y de lesa humanidad, y por haber conducido a la nación alemana a la guerra. La anécdota del día nos podría seguir pareciendo muy de actualidad: «El sistema de auriculares telefónicos ha funcionado magníficamente después de una avería inicial».

Mención especial mereció Hermann Göring —también puedes verlo escrito Goering—, a quien Hitler había designado en 1938 su sucesor y que fue el fundador de la Gestapo: «Escuchó con atención manifiesta y movía la cabeza afirmativamente mientras Alderman leía las acusaciones sobre la formación ilegal de la fuerza aérea alemana». Se refería a que Göring fue comandante en jefe de la Luftwaffe, la Fuerza Aérea de la Alemania nazi, que se formó violando el Tratado de Versalles firmado tras la Primera Guerra Mundial.

También se menciona a (Rudolf) Hess, otro de los principales miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, al que Hitler situó tras Göring en la línea sucesoria, y que había sido hecho prisionero en 1941 en Escocia, adonde había viajado engañado: «Movió la cabeza cuando el fiscal relató la forma en que Hitler, a pesar de todos sus compromisos, invadió Austria y la incorporó al Reich». Así como a Joachim Ribbentrop, que era ministro de Exteriores: «Tenía el ceño arrugado mientras se describió la forma en que los nazis cometieron su primera agresión, de la que fue uno de los principales planeadores». Un apunte da idea de la insolencia con la que algunos afrontaron el juicio: cuando el fiscal relató la caída del canciller autríaco Kurt Schuschnigg, «Hess se inclinó hacia Ribbentrop y sostuvo con él una animada conversación».

El símbolo

En Núremberg (Baviera) quedó en pie un Palacio de Justicia tras los bombardeos aliados, y en él se instaló el Tribunal Militar Internacional. Tenía una prisión anexa para los enjuiciados. Pero además era todo un símbolo de la Alemania nazi, escenario de los multitudinarios desfiles y mítines políticos que precedieron a la Segunda Guerra Mundial. «El nacional socialismo [sic] nació en Múnich; pero Núremberg fue la ciudad predilecta, la elegida para ostentar su poderío, su soberbia y hasta su paganismo. […] Núremberg era el centro pagano, donde el dios anticatólico que había en Hitler se mostraba con todo su aparato y era adorado bajo las múltiples formas de asambleas del Partido, congresos juveniles y hasta olimpiadas deportivas».

El segundo día de la vista del proceso de Núremberg la defensa empezó por criticar la formación del tribunal. Argumentaron que el proceso no se amparaba en ley internacional: «La [ley] que les condena ha sido creada ahora, lo cual representa una contradicción con los principios legales deseados por el mundo, pues es máxima aceptada universalmente que el castigo solamente es posible si la ley ha sido violada, pero para ello es preciso que la ley exista en el momento de cometerse el delito» (La Voz, 22-11-1945). Y que los jueces habían sido nombrados solo «por los Estados pertenecientes a una de las partes que han luchado», lo cual les restaría ecuanimidad.

La magnitud de los delitos nazis, desde la invasión de países hasta la masacre organizada de seis millones de judíos en campos diseñados para ello, obligó a los Estados vencedores a afrontar este juicio. Fueron la base para juzgar los crímenes de guerra que se cometieran en adelante.

Un año después la sentencia pronunciada en Núremberg solo absolvió a tres de los 22 encausados y condenó a la horca a 12 (La Voz, 2 de octubre de 1946).

Para saber más

Los suscriptores pueden acceder a la Hemeroteca de La Voz. El tema de esta semana fue tratado con mucha extensión informativa. Un consejo: para tener éxito en la búsqueda, utiliza los cuadros que permiten acotar las fechas.

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