ANA ABELENDA

En el tiempo de descuento que nos lleva por el aire (como la atracción del pulpo de las ferias) al final de curso, siempre hay padres que van muy por delante y piensan ya en septiembre y profes que ofrecen una serie de deberes de corte académico, a modo de recomendación, para que los niños no olviden lo aprendido durante el año o, al menos, lo refresquen en cuanto el mes de la vuelta empiece a salpicarnos con sus rutinas.

Yo, que no sé bien qué haré mañana (pese a tener deberes de andar por casa por un tubo; es una especie de despreocupación vital muy saludable), vivo como si septiembre no existiese, en esa plenitud de limón de junio que rompe el renglón aposta. Estoy en la afición del equipo del profe Manolo, en la de esos deberes estivales aparentemente intrascendentes que no debemos dejar en el banquillo, con los que debemos ponernos cuanto antes, como Rafa Nadal con el tenis. En verano la agenda es una raqueta rota por el juego, se va haciendo como una croqueta doradita por las horas de luz, es un balón hinchable que se desinfla o se pincha cuando uno lo quiere. Hay que darle un bolazo a lo previsto, ¡a todos los rivales del invierno!: el frío, el estrés, correr-correr-correr para llegar al partido, para no perder el bus, para pasar el examen, para que no se enfaden y nos peguen la bronca…

El profe Manolo, autor de Deberes de vida, nos echa una mano desde hace ya cuatro años con listas de deberes para quitarle el número 1 a las de Spotify. Entre algunas de sus sugerencias de deberes de verano está la de hacerse un reloj de sol, dormirse viendo las estrellas, bañarse de noche, aprender a hacer una receta o a usar una máquina de escribir, medir tu habitación, coser un botón o remendar un calcetín… Disfrutar sin hoja de ruta, sin prisas ni grandes expectativas (son un lastre), con las pantallas a una distancia prudencial, me parece uno de los primeros mandamientos de las vacaciones, que se cocinan a lo Arguiñano con una buena mano de relax y algún acelerón, que, oye, es necesario un ingrediente sorpresa. Que la calma y la sorpresa sean tus monitoras. Suelen trabajar juntas… e influyen de manera secreta en la nota.

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