MIGUEL BARRAL

Una de las primeras lecciones que los alumnos aprenden en clase de biología es que las plantas realizan la fotosíntesis y los animales no.

Entonces ¿cómo catalogar una criatura que tiene ojos y antenas, boca y tracto digestivo; que pasa de larva a adulto a través de una fase de metamorfosis; que nada, come y pone huevos; pero que igualmente puede realizar la fotosíntesis y obtener su alimento a partir de la luz solar y los nutrientes presentes en el agua?
La elysia esmeralda (Elysia chlorotica) no es una quimera, sino un animal real: una extraordinaria babosa marina —es decir, un molusco gasterópodo, tal como lo acredita la concha que luce durante su etapa larvaria— que mantiene una relación especial con su (casi) única fuente de alimento, el alga Vaucheria litorea. Después de una fase inicial larvaria, el gusano marino alcanza su definitiva forma adulta tras ingerir suficiente cantidad de alga. Para entonces, su tracto digestivo ya está preparado para secuestrar los cloroplastos de las células del alga sin dañarlos y almacenarlos en unos bolsillos o sacos, denominados divertículos, presentes en la pared del tracto digestivo. Este secuestro o extracción constituye un tipo de simbiosis muy específica denominado cleptoplastia (robo de cloroplastos).

Es específica y muy excepcional, ya que se trata de una relación simbiótica entre un organismo y un orgánulo celular ajeno, en lugar de con otro organismo. Dicho de forma sencilla: con una parte o miembro de otro ser vivo.

Lo más fascinante

No obstante, a ojos de los científicos, lo más fascinante de la elysia no es su habilidad para secuestrar los cloroplastos, sino su capacidad para mantenerlos operativos una vez asimilados. A pesar de ser cuerpos extraños, no son atacados por el sistema inmunitario de la babosa. Y siguen haciendo la fotosíntesis exactamente igual, aunque para ello requieren proteínas específicas producidas por los genes del alga. Lo primero se explica porque la elysia puede modular la actividad de su sistema inmunitario, inhibirlo de forma selectiva para que no ataque a los cloroplastos. Lo segundo, porque la babosa no solo secuestra los cloroplastos, sino que también asimila esos genes necesarios desde el ADN del alga, que incorpora a su propio material genético. Un proceso de transferencia genética entre organismos vecinos que se denomina transferencia horizontal para diferenciarlo de la transferencia parental o vertical. Es decir, entre padres e hijos. Es como si tu compañero de pupitre te pasase los genes responsables de su pelo rojo y tú te volvieses también pelirrojo a pesar de que los genes de tus padres te condenaron a ser moreno.

Y, de nuevo, un ejemplo de transferencia horizontal excepcional, porque hasta ahora solo se había observado entre bacterias, pero no entre seres multicelulares y de dos reinos diferentes.

Unas capacidades únicas que han convertido la elysia en objeto de estudio de genetistas e ingenieros genéticos que aspiran a descubrir los mecanismos que la hacen posible para su futura aplicación en terapia génica y, asimismo, para evitar el rechazo en los trasplantes.

Compartir en Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir en WhatsApp

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies