ANA ABELENDA

Ahora que voy cerrando, con asignaturas pendientes, la etapa de la infancia en casa, me veo en la película o la serie de la adolescencia, y no hay Devor-olor que elimine esa pestecilla… No la del sudor de la revolución hormonal de los chicos, sino la de la moral de los papis tardoadolescentes que olvidamos poner límites, cláusula que ahora parece esencial en el contrato de la confianza.

A veces a mis hijas les diría lo que esa mujer en una tira de Maitena a su marido desplomado en el sofá: «No sabes cómo extraño el tiempo en que no te sentías cómodo en mi presencia…». Ahora que me doy cuenta, los hijos, si todo va bien, han vivido siempre cómodos en nuestra presencia, porque de eso va la confianza, aunque dé asco, ¿no? Les das la mano y te cogen el mando, y no se ve más el telediario en casa…

No dejo de leer, rebajando el trago con la gran Nora Ephron, a biólogos, neuroeducadores y psicoterapeutas como la adolescente que soy, para darme cursillos, para convencerme de lo que me temo y no me creo: que la adolescencia es normal, saludable para el desarrollo, que es una etapa que hay que pasar (mejor a los 15 que a los 50)… y que tiene algo muy-muy bueno: ¡se acaba! El final es lo mejor de la peli. Nada, como en El poder del perro. El doctor Antonio Ríos en el libro ¡La adolescencia se termina! nos sugiere «una gran estrategia» para sobrevivir: «Negocia, negocia, negocia… siempre que sea posible». Ojo, no se negocia nunca si está con amigos.

Con esta tendencia a precipitarme que me detectan en el psicotécnico, vivo la adolescencia de mi hija mayor, de 12 y medio, como una señorita Rottenmeier con una fantasía hippy no resuelta. Así que, como la hippy inhibida que soy, estoy dispuesta a negociar cosas. Me armaré de paciencia y de amigas y de Noras Ephron para que la serie de la adolescencia no sea un drama de mil temporadas. Pero me temo que el acontecimiento me pillará sin el guion en la mano, como me pilló mi adolescencia. Solo que esta vez la adolescente es ella, y yo la madre que debe estar a su altura para comprender, y a la vez por encima para protegerla. Esta es la prueba de fuego de la maternidad: ser una actriz en la sombra de la vida de tu hija, actuar lo justo, estar ahí sin estropearle la película.

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