ÁLEX MARTÍN

Las salas de Justicia son como un pequeño teatro. Todas ellas, desde la sala de vistas del juzgado más modesto hasta la sala noble del Tribunal Supremo, tienen la misma distribución y los mismos espacios: un escenario al que llamamos estrado, que como todos los escenarios está en un plano algo más elevado, y varias filas de asientos para el público. Lo mismo que un teatro.

En ese estrado asistimos a un acto ritual en el que el Estado, representado por el juez y a la vista de todos, ejerce el poder de impartir justicia. Ese poder consiste en decidir de parte de quién está la ley cuando hay un conflicto, o en imponer una pena cuando se ha cometido un delito.

Emanan del pueblo soberano

En los sistemas democráticos, todos los poderes del Estado emanan del pueblo soberano, de los ciudadanos. En el caso de la justicia, del conocido como poder judicial, el artículo 117 de nuestra Constitución lo proclama en términos que no dejan duda: la justicia emana del pueblo. Y aunque no sea solo por eso, lo cierto es que el judicial es el poder más popular, el más cercano.

A diferencia del poder ejecutivo, encarnado por el Gobierno que dirige la política del país, o del legislativo, representado en el Parlamento que aprueba las leyes, la Justicia es un poder muy próximo. Nadie, sin ser ministro, puede asistir a un consejo de ministros, ni estas reuniones se pueden retransmitir, porque sus deliberaciones son secretas; y si no tenemos quien nos invite, lo más probable es que tampoco podamos asistir nunca a una sesión parlamentaria.

Pero en casi cualquier lugar hay un juzgado con una sala con sillas o bancos que están allí para que los ocupemos y participemos del ejercicio de ese poder. Más que como espectadores, como supervisores, como el pueblo en cuyo nombre se administra justicia.

Esos asientos no tienen otra utilidad que la de acoger a aquellos que quieran estar presentes durante las actuaciones que tengan lugar. Y de paso, quién sabe, hacerse con una historia, o con muchas. Una historia del derecho o una historia de la vida. Casi siempre son la misma. Hay juicios que ni el mejor guionista sería capaz de escribir.

La Justicia es pública, tan pública que hay tribunales que celebran sus vistas a puerta abierta porque la publicidad es garantía de que los derechos de quienes intervienen en un proceso no se vulneran. Tan pública es la Justicia que si no lo fuese, no sería justicia.


Álex Martín es abogado

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