MIGUEL BARRAL

Aunque no siempre es así, la mayoría de los árboles —sobre todo los que viven en climas templados— crecen al ritmo de un anillo al año (estas son las características marcas circulares que podemos ver en el interior de los troncos), es decir, que producen anualmente un anillo de crecimiento. Los anillos interiores son los más antiguos y los externos los últimos en formarse. Algo que permite saber la edad que tiene cada ejemplar.

Además, en cada anillo se distinguen dos zonas, conocidas como franjas: una más ancha y clara y otra más estrecha y oscura. La primera se produce durante la primavera y el verano, cuando las condiciones ambientales son más favorables para estas plantas, los días más largos y el árbol recibe más radiación solar. Esto se traduce en una madera más ligera y porosa, con células grandes y flexibles.

La segunda, la zona oscura, se genera durante el otoño y el invierno, cuando las condiciones son más desfavorables y la fotosíntesis se interrumpe, lo que da lugar a una madera más densa, con células pequeñas de paredes gruesas y rígidas.

Y aunque a simple vista todos los anillos de un árbol presentan un aspecto parecido, en realidad si se examinan en detalle se puede comprobar que cada anillo es único, consecuencia de las condiciones particulares que se dieron cada año. Así, que un anillo sea más ancho o más estrecho indica la disponibilidad de agua y nutrientes en el suelo. Y el tamaño de las zonas clara y oscura puede dar cuenta de si ha sido un año cálido o con un invierno largo y duro. Por ejemplo, un anillo estrecho pero en el que domina la zona clara indica un verano prolongado y de sequía. Y un anillo en el que prevalece la zona oscura índica un año inusualmente frío.

Es precisamente gracias a estos patrones de anillos como la dendrología nos permite estudiar el pasado. Por ejemplo, a partir de ellos se puede determinar cuándo se edificó una cabaña o se fabricó un instrumento, al comparar el patrón de anillos de la madera empleada con el de un árbol vivo de la zona (en realidad, lo que se hace es comparar con bases de datos obtenidas a partir de muchos ejemplares y conocidas como cronologías, más exactas y en las que se abarca un marco temporal más extenso).

El estudio de los anillos también permite conocer cómo fue el clima pretérito: si hubo una época de condiciones inusualmente benignas —como sucedió en el conocido como período cálido medieval— o si, por el contrario, se sucedieron los inviernos duros y fríos —como en la denominada pequeña Edad de Hielo, justo después—. E incluso podemos identificar y ubicar temporalmente con gran precisión hechos puntuales como inundaciones, erupciones volcánicas o terremotos.

Movimiento sísmico
Por ejemplo, los terremotos: el movimiento sísmico agita el terreno y lo vuelve más permeable durante un breve período de tiempo, lo que favorece la adquisición de nutrientes y agua por el árbol, algo que se refleja en células de tamaño mayor que las que las rodean, así como también en manchas más claras en el anillo de crecimiento. De este modo se puede saber no solo en qué año ocurrió el terremoto, sino también si fue a comienzos, en verano o ya a finales del año.

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