ANA ABELENDA

Sí, sí, sí, pues claro, claro, claro, los niños tienen mucho de todo y no valoran nada. ¿Y tú qué? ¿No quieres lo que ves, lo que te meten por los ojos, el abrigo o los viajes y spas de tu amiga, el tiempito para el vermú diario de tu vecino, la agenda de ocio y las siestas de tu pareja, su trabajo de ocho a tres? Pongo ejemplos así al tuntún, puro azar… Está claro que no tener es la cuestión para querer, esperar largo tiempo a que algo se cumpla (sin saber si se va a cumplir) es una especie de duro examen para averiguar qué se desea de verdad. Pero eso se sabe mirando la vida por el espejo retrovisor. Ser niño es querer, no saber, ¡menos mal! Ahora que los deseos se salen como las chuches de los calcetines más grandes y suertudos el día 25, y veo a mi hija mayor arrastrando todo el día las dudas como los pies y las esessss y a la pequeña entrar en bucle haciendo listas casi interminables, me acuerdo de la regla de los cuatro regalos. Para algunos será ya tan famosa como el anuncio de las muñecas de Famosa… que es parte de la historia ya concluida de la infancia de nuestra televisión… o de la televisión de nuestra infancia.

Según algunos expertos, es recomendable, para evitar el síndrome del niño sobrerregalado, que Papá Noel o los Reyes limiten a cuatro los regalos por niño. Y estos cuatro regalos serán: uno que necesiten, uno para leer, uno para llevar puesto y uno que el niño o la niña desee mucho. ¿Qué deseará más mi hija Eva: el balón de Catar, Pedrete el Mono Guarrete o el baño de Baby Born? Si hay suerte y familia, los Reyes aplican más la regla del 4×4, y se junta el rey de la casa con 16 regalos, uno de la tía A, otro de tío B, otro de primo C… Números aparte, he pensado a veces que los Reyes regalaban a los niños lo que a sus padres si fueran niños les gustaría tener. Curioso.

A mí me traían muchas cosas, más de cuatro, la mayoría del gusto de mi madre, y una vez que no olvido, carbón (dulce, pero que no comí). A mi madre le traían juegos de sábanas, ¡mucho peor!

Lo mejor es el grito que revienta el cristal de la rutina y tu oído el 6 de enero, a las 7.00: «¡Papá, mamá, vinieron los Reyes!». A ver si me toca el haba del roscón…

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