Fernando Pariente.

El hispanista norteamericano Jules Piccus descubrió en una estantería de la Biblioteca Nacional unos archivos con más de setecientas páginas en los que la escritura presentaba la peculiaridad -habitual en los manuscritos de Leonardo da Vinci– de estar escrita en espejo, es decir, en sentido contrario, de forma que para leerla con comodidad hay que reflejarla en un espejo. Probablemente Leonardo escribía así porque era zurdo y de esa manera evitaba emborronar la tinta fresca con el roce inmediato del puño. Sus sospechas se confirmaron. Gran parte de los manuscritos que el artista dejó tras su muerte fueron trasladados a Madrid por el escultor Pompeo Leoni, quien trabajó en la corte de Felipe II. Después de la muerte del escultor, este material se fue dispersando por sucesivas ventas de sus herederos, pero algunos de ellos se quedaron en Madrid y pertenecieron a un tal Juan Espina que, al morir, los cedió a la Corona de España y pasaron a la Biblioteca Real, que se convirtió en la Biblioteca Nacional. En el inventario de 1831-1833 aparecen catalogados, pero después se deslocalizaron por un error, hasta que fueron encontrados por el hispanista. Desde entonces se les conoce con el nombre de Codex de Madrid I y II y constituyen casi el 10% de los escritos conservados del genio del Renacimiento.

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