ANA ABELENDA

En ocasiones oigo novio y veo nietos. No es que quiera proyectar, swiftie como me siento, deseos de perpetuarme en las hijas de mis hijas. Sobrevivo entre polisémicas y cromos de Stumble Guys. «Aquel fue un día como otro cualquiera, y lo que me sucedió en él es, ni más ni menos lo que me sucede en todos los demás. Por eso, precisamente, vale la pena contarlo», dice en el cuento La nube enjaulada Fernández Flórez, cuyo nombre no tiene punto de comparación, Wenceslao. Los nombres propios son un tema común. Mis hijas empiezan a hablar de los nombres que les pondrán a sus hijos. Glup. No saben si los tendrán, ¡pero sí cómo se van a llamar! Di algo y existirá.

Un nombre no define, ¡se apropia de ti! Es un lunar en la voz de los demás. A mis nombres sin hijos les puse Paula, Clara y Andrés. Es divertido soñar hijos… ¡y dormir sin ellos! ¿Cómo elegir un nombre? Nada de listas, nada de escoger el de un ídolo o el de un crush (‘amor imposible’, según el diccionario de un 09). «Hay que hacer un círculo con los dedos y mirar solo un trozo de la cara. ¡Y te sale el nombre que es!», me indica mi hija pequeña, que se llama Eva y es un ave si la lees del revés.

Yo soy como Wenceslao en Las tribulaciones de un mal fisonomista. No olvido una cara, pero sí el nombre que le corresponde. «¿Mamá, quién era ese al que saludaste», me pregunta Eva. Ni idea. Si enfoco un ojo de su cara, un papá del cole o David Verdaguer…

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