ANA ABELENDA

Hace un par de años, mi hija pequeña empezó a hacer preguntas de terror, de esas que te hacen pequeño, como Alicia al beber de la pócima de la imaginación de su autor o como casi cualquier mortal que ve la sombra de Putin, Meloni o Pennywise. «¿Mamá, ¿y si nosotros no somos de verdad y alguien nos mueve la cabeza con un mando?», me preguntó alguna vez. Me explicó que no sabía cómo podía estar segura de que el mundo que veía era el más real de todos los que hay. No supe si morirme, invocar a Lovecraft o denunciar a Mark Zuckerberg.

El terror es un género que mi hija pequeña domina de miedo todo el año en forma de rabietas y preguntas explosivas. Otra de las que me impactaron como Los crímenes de la calle Morgue de Poe o el cuento Vampiro, de Pardo Bazán, fue la cuestión que me planteó una noche a la hora del cuento para no dormir: «Mamá, si te mueres, ¿quién va a ser mi mamá? ¿Mi hermana y, si no, quién, quién?».

Me quedé compuesta y con baba. Al ver que tardaba en reaccionar, ella empezó a repetir la pregunta como el eco de una pesadilla interminable: quién será mi mamá, quién será mi mamá… Las preguntas de Eva son los murciélagos que aletean sobre mis noches. Creo que le dije a mi hija con un aire despechá que su madre siempre sería yo, aunque me muriese. Que ser madre no es un cargo vitalicio, que las madres siguen vigilando aunque se mueran, para que te comas las judías. Y más allá.

Ella me miró con los ojos algo colgantes y se rio. Qué gracia. ¡Con lo grave y calavera que me pongo yo!

Gracias a Santiago Segura y su saga Padre no hay más que uno, Eva le ha dado una pirueta a su preocupación mortal por mi vida, repitiendo, con un ligero cambio, una pregunta de una de las hijas de Segura (la que adora a Chucky, por cierto) en la peli: «¿Mamá, ¿tú cuándo te vas a morir?». Lo dice riéndose.

Supongo que es su manera de domesticar el miedo a la muerte, de pasarle la mano por el lomo al miedo a perder a su mamá. Ese miedo que ella acaricia es un gato que salta hacia mí y se queda en el colo de mis 45 años.

Si me duermo, ¡zarpazo! Es un gato real. Cada mañana tengo un nuevo arañazo.

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