M. C.
Hace unos días una abeja se coló en mi coche. Cuando la vi, paré, baje la ventanilla e intenté que continuara su camino. Salvar a aquella abeja no fue más que una forma de agradecerle todo lo que las de su especie hacen por la humanidad. En esa línea iba la iniciativa ciudadana registrada en junio del año pasado en Bruselas (sede de la Unión Europea) para reclamar la articulación de medidas dirigidas a proteger a este insecto. No es para menos, porque sobre un 9,2 % de las poblaciones de abejas en Europa están en peligro de extinción.

Su desaparición sería una verdadera catástrofe. No solo para ellas, sino también para la humanidad. Porque sin abejas no habría biodiversidad, nuestra alimentación sería realmente pobre y no tendríamos pastos, no habría flores en primavera, no podríamos disfrutar del dulce sabor de las frutas o no tendríamos el gusto de deleitarnos viendo las peripecias de animales que comen frutas, como los monos.

Más allá de cereales como el trigo, el maíz o el arroz, cuya polinización se produce por el viento, en torno a dos tercios de la dieta que consumen los humanos procede de plantas que antes fueron polinizadas por las abejas. De ahí que políticas como la reducción de pesticidas en la agricultura que favorece la política agraria común (PAC) resultan de una gran importancia para cubrirles las espaldas a ese ejército de polinizadores.

La misión es salvarlas, porque ellas son un elemento fundamental para la conservación del medio ambiente, objetivo prioritario dentro de la nueva arquitectura verde de la PAC.

Pincha para ver un vídeo sobre las abejas

Porque ¿cuál es la labor desempeñan, más allá de producir un amplio abanico de variedades de miel? Polinizar. Al ir de flor en flor para recoger su néctar, hacen las veces de avión de pasajeros en el que transportan el polen para luego generar semillas. El valor económico que generan es de unos 15.000 millones de euros anuales.

Son tan rápidas —pueden aletear hasta unas 200 veces por segundo— que son capaces de pasar por unas 2.000 flores cada día. De hecho, durante su vida pueden recorrer unos 800 kilómetros. No se pierden. Tienen memoria y por eso son capaces de reconocer el camino de vuelta a la colmena, aunque hayan ido a recoger néctar lejos, muy lejos.

Los peligros
Pero a las abejas las cosas se les están poniendo difíciles. Llevan años luchando con peligros como la agricultura industrial, los pesticidas, los fertilizantes, el desarrollo urbano, el fuego, las velutinas (avispas llegadas de Asia)… Pero ahí están. Luchando. Ayudando a la humanidad.

No cabe duda de que las huellas de las abejas están por todas partes. Cuando una manzana es deforme, por ejemplo más abultada de un lado que de otro, es una prueba de que la abeja solo ha estado en un lado de la flor que dio paso a ese fruto. Pero esa es solo una pista de por dónde ha pasado una abeja. Mirad hacia arriba, hacia abajo, observad vuestro alrededor. Encontraréis muchas más.

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