ANA ABELENDA

De mi madre heredé el gusto por toda clase de accesorios esenciales (valga la contradicción), desde clips y pinzas de colores a pañuelos y cajas para guardar cosas que se llenan al tuntún de objetos variados, componiendo un caos nostálgico e infantil. Algunas son como el DMC DeLorean, máquinas del tiempo. En mis cajas puedes encontrar desde un encendedor del 49 de mi abuelo hasta un mechón de pelo rubio o restos de caramelos Pez. Tengo cajas de valor, que guardan fotos y cartas largas, que mi madre me escribió. Ella fue una escritora inédita, reina de lo epistolar, con un torrente narrativo como el de Almudena Grandes. Lo que siento al leer esas cartas de mi madre son los Apegos feroces de Vivian Gornick.

Cuando yo era pequeña no escribía carta de Reyes, ¡eran ellos quienes escribían a mí! Recuerdo que una vez me dijeron: «Eres maravillosa» con una letra cursiva parecida a la de mi padre, que también escribía muy bien, y este mensaje es algo que, si me vengo abajo, me enciende la avenida más transitada del cerebro, al estilo de Vigo por Navidad.

Mi hija pequeña acaba de escribir su carta de Reyes, con las letras de diferentes tamaños, geniales, como si viviesen en el sueño de Alicia, sin atenerse a leyes físicas ni guardar la compostura del renglón. Se ha ahorrado el saludo y las presentaciones y ha pasado, directamente, a enumerar lo que quiere. Como está hecha a lápiz, hay opción de borrar y reconsiderar las formas o la tiranía del modo petición. Yo no doy por perdida esta opción. No solo por el gran valor verbal y artesanal que tiene la emoción (en las cartas manuscritas de mi madre están aún, 20 años después, su sentimiento, su humor, su forma sutil de moverse y de hablarme, casi-casi el sonido exacto de su voz), sino porque mi hija pequeña es un regalo de Reyes, que pidió en su carta mi hija mayor, que cumple hoy los 12 con maestría virtual. El tiempo es un avión de papel que voló. Mi chica de 12 pidió hace siete años una hermanita en su carta, y se cumplió. A veces dice: «¡Pero esta no es la hermana que pedí yo!». Las cartas de Reyes son mágicas, como las de las madres. Y los deseos cumplidos no se cambian, no admiten devolución.

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