OLGA SUÁREZ

¿Pueden niños de 4 años reflexionar filosóficamente sobre lo que sucede en un jardín y relacionarlo con lo que pasa en su propia vida? La respuesta es afirmativa y prueba de ello está en el trabajo que desarrollan en paralelo cuatro profesoras de sendos centros educativos ubicados en A Coruña, Almería, Madrid y Mallorca. En los cuatro casos, el proyecto se llama El Jardín de Juanita y gira en torno a un espacio natural que sirve como recurso para jugar y pensar y, a partir de ahí, volver a conectar con la naturaleza.
El nexo común de todas ellas está en una propuesta educativa desarrollada en el año 2016 por Angélica Sátiro, pedagoga, filósofa y escritora que ahora muestra el resultado en una proyección con motivo del Día Mundial de la Creatividad, un evento internacional que este año organiza España, en el que participan proyectos de 126 ciudades y que se puede seguir a través de Internet.

«La idea nace en un espacio que los propios niños convierten en un jardín desde cero, pero, más allá del aspecto natural, lo que más me interesa son los diálogos que surgen allí, a partir de los cambios de la naturaleza», explica Mar Santiago, profesora del CEIP Emilia Pardo Bazán de A Coruña, que sigue adelante cada curso con el proyecto.

En su caso, son niños de 3 a 5 años, que están en la primera etapa educativa, por lo que ella les plantea temas que luego desarrollan ellos mismos con un gran nivel de reflexión a pesar de su corta edad. Hablan de la vida, de la muerte, de los cambios que se producen en el tiempo y utilizan casi todos sus sentidos: «Observan, tocan las plantas, las huelen, las cuidan, las riegan, y mientras tanto también hablan de la vida que ven en ellas», explica. A esta educadora le interesa especialmente el aspecto filosófico de la actividad, que permite jugar a pensar. Este espíritu es el que traslada a su alumnos Sacramento López desde el CEIP Bertomeu Ordines de Mallorca, donde alumnos de primaria han recuperado su patio partiendo de la filosofía lúdica.

En el caso de Almería, Julia Montoya se propuso el reto de aprovechar la idea del Jardín de Juanita para involucrar a toda la comunidad educativa del CEIP Las Lomas de Roquetas de Mar, incluidos los padres de los alumnos, e incluso una escuela de artes plásticas y diseño. Y en Madrid, Fátima Guitart ayuda a sus alumnos del colegio Obispo Perelló a desarrollar capacidades para pensar por sí mismos de forma crítica, creativa y cuidadosa.

Alimentando a ratones para saber qué dieta es mejor

¿Quién dice que en bachillerato no se puede investigar? Que se lo pregunten al equipo de Lara Ruiz, Javier Nogueira, Álex Carrasco, Javier Bejerano y Javier Castro. Los cinco estudian primero de bachillerato en el CPR Esclavas de A Coruña y están desarrollando una investigación que aglutina todo lo que se busca en el nuevo currículo: trabajo por proyectos, combinación de asignaturas (Física e Química con TIC), aprendizaje servicio (tienen que hacer algo que sirva a los demás) y por supuesto investigación con garantías. Lara Ruiz explica el objetivo: «Queremos saber cómo afecta la nutrición a nuestra salud y promocionar hábitos saludables».

Para la primera parte, tienen 6 ratones a los que alimentan con dos productos diferentes; ambos son comerciales y por tanto seguros pero «uno tiene una composición más equilibrada y el otro menos». Cada día miden y pesan a los ratones, y registran lo que comen y su actividad física. A finales de curso elaborarán un informe con rigor científico —«cualquiera lo podrá reproducir si sigue los mismos pasos», aclara Ruiz, que quiere ser médica—, y mientras comparten la experiencia en una web y en las redes sociales, sobre todo Instagram, donde además dan consejos sobre alimentación sana (en castellano e inglés). «Realmente estamos trabajando mucho», reconoce la joven, pero «vale la pena porque es muy interesante».

Son muchos los centros educativos gallegos que han incorporado un taller de radio a su actividad, y eso permite al alumnado poner a prueba sus conocimientos al tiempo que desarrollan nuevas habilidades. En el Colegio de Educación Especial San Xerónimo Emiliani de A Guarda están experimentando los beneficios de esta actividad por primera vez en este curso, después de conseguir una subvención de la Consellería de Educación para este fin y comprar el material necesario.

Docentes y alumnado recibieron formación de otros centros en los que ya se llevaban a cabo proyectos similares y los primeros programas ya se pueden escuchar en el blog del centro. Los participantes, que tienen entre 6 y 21 años, acuden una vez por semana en pequeños grupos a esta actividad que aporta muchos beneficios a su proceso de aprendizaje: «Partimos de los contenidos teóricos del currículo educativo, pero ellos son quienes eligen los temas que se tratarán en cada programa», explica Jesús Onrubia, director del centro.

La radio les enseña a trabajar en grupo, a respetar turnos, a sintetizar la información y, por supuesto, le estimula auditivamente. «El simple hecho de ponerse los cascos ya es una sensación nueva para ellos».

Escuchar su propia voz

Como no podía ser de otra forma, lo que más les gusta suele ser el producto final: «Les resulta muy curioso escuchar su propia voz», destaca, aunque disfrutan con todo el proceso; salir del aula y trabajar con los micrófonos y ordenadores es un aliciente más para ir al colegio. Por eso, aunque la motivación que se consigue es muy positiva, una de las cosas que más cuesta a los profesores del centro es precisamente «controlar el extra de motivación» que se logra al hacer radio.

La haka maorí como materia de currículo en Educación Fisica

Si alguien piensa que una clase de Educación Física es simplemente mera actividad física, debería pasarse por el CEIP Raíña Fabiola de Santiago y comprobar lo que el alumnado de quinto y sexto de primaria aprendieron durante seis semanas con su profesor Anxo Fernández, que es además director del centro. A través de un proyecto que versa sobre las danzas y los bailes del mundo, la propuesta inicial consistía en aprender la haka, una danza guerrera maorí conocida principalmente porque la utilizan los All Blacks, los jugadores de rugbi de la selección de Nueva Zelanda. «Para empezar, casi no sabían ubicar en el mapa el país, pero a raíz de la actividad, vieron fotos, buscaron documentación y terminamos haciendo un proyecto ilusionante», destaca el profesor.

Los 52 alumnos de los últimos cursos de primaria aprendieron la coreografía con mucha coordinación, pero también geografía e historia, y descubrieron la cultura y la tradición que hay detrás de esta danza: «Hacer este proyecto supuso un esfuerzo en un año como este en el que poco se puede interactuar», destaca Anxo Fernández, para quien lo mejor de este trabajo fue que los niños se desinhibieran, desfogaran y lograran un momento de catarsis. Explica que los niños captaron perfectamente el sentido de una coreografía que nació como danza de guerra, pero que «también es muy espiritual», y destaca la energía positiva y la conciencia de grupo que se creó entre los alumnos.

«Lo más importante es la energía positiva y la conciencia de equipo que lograron»

No es la primera vez que aprovecha sus clases para acercar a los chavales otras técnicas de expresión corporal, como taichí o yoga, pero es la primera vez que se centraron en la danza maorí: «Lo más importante es la energía positiva y la conciencia de equipo que lograron», recuerda. Cada grupo ensayaba en sus clases, pero después aprovecharon un espacio amplio detrás del colegio donde todos los participantes actuaron juntos: «Ver la cara de los niños fue muy importante», recuerda.

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