JOSÉ A. PONTE FAR

Lo primero que uno piensa al conocer la biografía del escritor norteamericano Ernest Hemingway es que este hombre, además de ser un gran escritor como lo atestiguan sus novelas, sus cuentos y toda su enorme producción periodística, tuvo un don especial: el de estar en el sitio adecuado en el momento oportuno. Aquí van unos ejemplos: fue herido en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) cuando conducía una ambulancia en el frente de Italia. Estuvo ocho meses en un hospital donde se enamoró de una enfermera que le serviría luego para modelo de la protagonista de su novela Adiós a las armas. En 1925 aparece en Pamplona, con un pañuelo rojo al cuello, dispuesto a correr los encierros de San Fermín. Esta experiencia le sirvió para escribir otra novela, Fiesta (1926), además de dejar asociada su figura a las corridas de toros y a vivencias populares de la España más genuina. Unos años más tarde, en 1937, encontramos a Hemingway en Madrid, durante el asedio que sufre la capital en plena Guerra Civil, lo que le servirá de material literario para su novela Por quién doblan las campanas (1940). Estaba allí como enviado especial de la revista americana Life, la misma publicación que lo enviará a París, donde se encuentra con las tropas aliadas liberando la capital francesa del dominio nazi. Por todo ello, además del provecho literario que le supo sacar, se puede decir que Hemingway vivió en primera fila los principales hechos históricos del siglo XX.

Hay otra vivencia muy importante en la vida de Hemingway, sobre todo por la trascendencia literaria que tuvo para él y para varios escritores americanos de la misma generación. Se trata de los años que pasó en París en los primeros «felices veinte» del siglo pasado. Allí conocerá a escritores importantes como el irlandés James Joyce, el americano Ezra Pound y la también americana Gertrude Stein, que será quien lo introduzca en el ambiente literario y bohemio de París. Será ella la que lo ponga en relación con Scott Fitzgerald (autor de El gran Gatsby), John dos Passos y William Faulkner, que con John Steinbeck formarán la «Generación Perdida». Ese ambiente bohemio, de aprendizaje y escasez de medios, Hemingway también lo plasmará en un libro autobiográfico, París era una fiesta, en el que cuenta sus aventuras y desventuras de esos años parisinos.

Hemingway y Galicia

Un aspecto importante y poco conocido en la vida de Hemingway es la entrañable relación que mantuvo con Galicia. En 1927 el escritor, gran viajero, visita por primera vez el territorio, en concreto Santiago de Compostela. Quedó impresionado con el encanto y el misterio que transmitía la ciudad, de la que llega a decir que «es la más hermosa que conoció jamás». Volverá en 1929 y extenderá su recorrido por varios puntos de Galicia. Como era un gran aficionado a la pesca, en busca de truchas y salmones, hará varias visitas al río Ulla y al Tambre, en su desembocadura en Noia, un pueblo que también tenía para el escritor un encanto especial. La naturaleza y el paisaje gallego lo tenían impresionado. Y su admiración por Compostela quiso dejarla certificada al ponerle el nombre de la ciudad, Santiago, al viejo pescador protagonista de su mejor novela, El viejo y el mar (1952), obra que recibió el Premio Pulitzer del año siguiente y que fue decisiva para que se le concediese en 1954 el Premio Nobel de literatura. Enfermo y con serios problemas congénitos (su padre y dos hermanos se habían suicidado) acabó sus días y su brillante carrera literaria pegándose un tiro con su rifle favorito de caza. Era el 2 de julio de 1961. Tenía 61 años.

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