M. C.

El consumo de alimentos de proximidad es fundamental para reducir la huella de carbono y, de ese modo, contribuir al cuidado del medio ambiente. Pero también resulta importante conocer cómo se cultivan esas hortalizas que normalmente adquirimos en la frutería para entender el papel que juegan los agricultores a la hora de garantizar el suministro de alimentos en la UE. Sobre todo en épocas duras como la actual. De ahí que la educación juegue un papel crucial a la hora de dar a conocer su labor. Y no solo eso, también en el momento de inculcar hábitos de vida saludables como los que impulsa el programa De la Granja a la Mesa. Una buena forma de educar en esos valores es mostrar cómo podemos producir esos alimentos en casa. ¿Por qué no hacerlo si disponemos de un pequeño terreno en el que experimentar, un lugar en el que ver en directo cómo se desarrolla el ciclo de la vida? De ese modo descubriremos cuál es el papel que desempeñan los agricultores en la UE y por qué resulta tan importante mantener una política agraria común (PAC) fuerte.

El primer paso para entender el proceso agrícola y cultivar hortalizas es hacer nuestro propio semillero, la incubadora de la que saldrán los tomates, puerros, pimientos o garbanzos producidos de un modo saludable que luego acabarán coinvirtiéndose en ingredientes fundamentales de nuestros platos. Porque producir alimentos respetuosos con el medio ambiente es una forma de aportar un grano de arena al objetivo de mejorar la alimentación de los ciudadanos de la UE y de fomentar las prácticas de producción sostenibles en el medio rural.

El ingeniero agrónomo Guillermo Rodríguez explica cómo preparar los semilleros para hacer brotar algunas de las plantas que luego trasplantaremos a nuestro huerto. Es la forma de que los más pequeños puedan convertirse en agricultores por unos días experimentando de primera mano la importancia y la responsabilidad que implica ser agricultor o ganadero.

Aunque lo ideal es echar las semillas en recipientes de madera, también podemos reutilizar botes que tenemos en casa. Pura economía circular. Algo que ya hacían nuestras abuelas al separar los restos de comida de la basura para alimentar a los cerdos o las gallinas del corral. Cartones de leche o envases de huevos son algunos de los medios que pueden ayudarnos en la tarea de lograr ese primer brote. O, por qué no, botellas vacías o cajas de galletas.

En esos recipientes, adecuados para ejercer de semilleros, es donde debemos poner una mezcla de abono orgánico con tierra. «O ideal —explica Guillermo— é que utilicemos terra da leira na que despois imos plantar porque dese xeito o cultivo vaise acostumando xa ao terreo no que vai ter que medrar».

Abono orgánico: restos de comida y hojas secas

El abono orgánico puede hacerse con restos de comida como mondas de plátano, piel de patata, hojas de lechuga desechadas u otros restos que, para que no se pudran y no produzcan mal olor, debemos dejar que se descompongan mezclados con otro tipo de vegetales secos, como paja u hojas que caen de los árboles. De ese modo, con un poco de paciencia, podemos obtener el compost. Los que no puedan o no quieran esperar pueden comprarlo.

Una vez enterrada la semilla, habrá que aguardar a que nazca la planta que luego llevaremos al campo. Y la pregunta es: ¿qué hortalizas puedo plantar a mediados de enero? La respuesta la da Guillermo Rodríguez: «Agora aínda podemos sementar cebolas, tamén é tempo de pementos, tomates, algo de porro. Ou, por que non, tirabeques e garavanzos». La lista de verduras o legumbres es larga. Solo hay que planificar un poco qué nos gustaría comer en primavera y dejar que la naturaleza actúe.

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