CRISTINA PORTEIRO
En los dos siglos y medio de vida de Estados Unidos, jamás había ocurrido algo parecido: el asalto de una muchedumbre enfurecida al Capitolio (Washington). No solo es la sede del poder legislativo —donde los representantes de los ciudadanos aprueban las leyes—, es un símbolo de sus instituciones. La semana pasada fue invadida por centenares de personas. Rompieron verjas, ventanas y puertas. Saquearon pasillos y despachos en su interior, agredieron a agentes y periodistas y se pasearon con todo tipo de prendas estrafalarias, armas y banderas mientras las fuerzas de seguridad evacuaban a los congresistas (representantes políticos, como nuestros parlamentarios) a un sótano blindado en el propio edificio.

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¿Quiénes son los protagonistas de la rebelión?

Se trata de seguidores fanáticos del presidente saliente, Donald Trump, quien perdió las elecciones el pasado mes de noviembre. Algunos son anticomunistas, otros pertenecen a grupos de ultraderecha (Proud Boys) —quienes defienden una América blanca—, y los hay que creen en conspiraciones delirantes (QAnon) protagonizadas por un supuesto grupo de gente poderosa que comete crímenes contra niños. Todos ellos atesoran un largo historial de disturbios, intentos de secuestro, amenazas e incluso asesinatos.

¿Por qué ocuparon el Capitolio?

Porque están convencidos de que Trump ganó las elecciones pero que las instituciones del país han hecho trampas para que parezca que no. Aseguran que hubo fraude en el recuento, aunque no hay ninguna prueba de eso. El día que asaltaron el Capitolio, los congresistas debían dar el visto bueno a la victoria de Joe Biden (demócrata) frente a Donald Trump (republicano). El sabotaje obligó a aplazar horas la sesión. Intentaron frenar por la fuerza el cambio de presidencia.

¿Había ocurrido antes?

No exactamente. Es la primera vez que el Capitolio sufre un asalto a manos de los propios ciudadanos, pero en el año 1814 —cuatro décadas después de declarar su independencia del Reino Unido—, las fuerzas británicas saquearon la sede e incendiaron la Casa Blanca (residencia del presidente).

¿Qué consecuencias ha tenido este asalto?

Más de 80 detenidos y cinco muertos. Hubo pérdidas materiales, el robo de documentos confidenciales, estatuas y, sobre todo, un deterioro de la salud democrática y la imagen del país.

 

Vestigios de la guerra civil

 JIM LO SCALZO / efe

Algunos de los asaltantes portaron banderas. La que más indignó al público fue la de esta imagen. Se trata de la bandera confederada, defendida por los supremacistas blancos que durante la guerra civil estadounidense (1861-1865) lucharon para mantener la esclavitud en el país.

El presidente Trump alentó el ataque entre sus seguidores

¿Quién está detrás de esta rebelión? En cierta forma, el presidente saliente, Donald Trump. Alentó con sus palabras la toma del Capitolio: «No cederemos nunca. Detendremos el robo», llegó a publicar, echando más gasolina al fuego. Incluso miembros de su partido criticaron esta actitud irresponsable. Con sus mensajes, Trump movilizó a los votantes más extremistas para cambiar el rumbo político en el país de forma ilegal. Y lo hizo porque su propio vicepresidente, Mike Pence, se negó a acatar sus órdenes: sabotear el reconocimiento de Joe Biden.

Trump ha intentado afianzar su poder contando «verdades alternativas» o, lo que es lo mismo, mentiras. También ha amenazado con emplear la fuerza contra sus detractores, como los manifestantes del movimiento Black Lives Matter (BLM), quienes denuncian la violencia y la discriminación de la policía y el Gobierno contra los negros.

 
Twitter suspende la cuenta de Trump por ensalzar la violencia

La red social Twitter —el altavoz preferido de Donald Trump—, suspendió definitivamente su cuenta presidencial, al igual que Facebook. Tras las elecciones ya se vio obligada a alertar a los usuarios de que sus mensajes denunciando un supuesto fraude en el recuento podían ser engañosos. Esta semana bloqueó su cuenta por llamar «patriotas estadounidenses» a los asaltantes. La compañía considera que esta forma de referirse a los atacantes del Capitolio es una forma de «ensalzar la violencia» y no está amparada por la libertad de expresión. Tanto ha calado el mensaje de Trump alentando a la rebelión que ya se están planeando futuras protestas armadas y un nuevo ataque a la Cámara de Representes el 17 de enero, según confirmó la red social.

 

Una rebelión sembrada con odio

Las mentiras de Trump, el silencio de los republicanos y el desprecio de los demócratas cultos y urbanos agrandaron la brecha social

No se sabe qué pasará cuando Donald Trump se vaya, pero las cicatrices sociales que ha dejado a su paso tardarán en desaparecer. El país está más dividido que nunca por una escalada de odios, desprecios e incomprensión recíproca.

No se trata solo de quienes saquearon el Capitolio, creyentes de teorías de conspiración mundial o supremacistas blancos. El presidente saliente tiene muchos más apoyos: desde radicales anticomunistas que creen que el Partido Demócrata es socialista (en Europa equivaldría a un partido de centro moderado) a quienes no quieren que les suban los impuestos o trabajadores de los estados del cinturón de acero (zona de industrias hasta los noventa, cuando China se convirtió en la fábrica del mundo) que ven peligrar sus empleos, ayudas e identidad por culpa de aquellos a los que apunta Trump, los inmigrantes. También le apoyan los radicales religiosos, tanto ultracatólicos como ultraortodoxos judíos: ven con buenos ojos sus ataques a colectivos como los homosexuales o los feministas.

Gran parte de la culpa la tiene el silencio cómplice de su partido. Hasta ahora, muchos líderes republicanos miraban hacia otro lado para no enfadar a los votantes de Trump, muy activos. Y es que ¡casi la mitad de sus electores lo apoyan! Creen que organizaría un partido propio.

Frente a ellos, los demócratas pecaron de falta de empatía hacia los votantes conservadores, religiosos, rurales y sin cultura. Este distanciamiento le sirvió a Trump para denunciarlos por su soberbia y engreimiento, y acusarlos de ser casta, aunque el propio Trump sea un economista millonario de Nueva York.

Todo esto significa que hay muchos ciudadanos que en sus casas están convencidos de que a Trump le robaron las elecciones. Confunden la violencia con desobediencia civil, una herramienta a la que recurren los ciudadanos cuando un Gobierno da órdenes que van en contra de los valores fundamentales, como puede ser la segregación racial en espacios públicos.

 

El siguiente paso, un juicio para inhabilitar a Trump

El Partido Demócrata ha pedido a los republicanos que defiendan el Estado de derecho apoyando la destitución de Trump a través del artículo 25 de la Constitución, que permite al vicepresidente, Mike Pence, relevar a su superior por incapacidad física o mental. Ante el silencio de Pence y su posterior negativa a sustituir a Trump, los demócratas han puesto en marcha el mecanismo para inhabilitarlo a través de lo que se conoce como impeachment. Este trámite, del que se habló estos días, es un juicio político que se organiza para suspender a un presidente. Además le inhabilita para volver a ocupar un cargo público. Los demócratas sostienen que Trump incitó a la insurrección con sus mensajes. También les preocupa que el presidente saliente reparta indultos preventivos, incluido a sí mismo, para no rendir cuentas ante la Justicia. Un número reducido de congresistas republicanos han manifestado su intención de sumarse a sus rivales demócratas en la votación.

 

El Pentágono, en alerta: tiene acceso a armas nucleares

La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, contactó con el jefe del Pentágono (encargado del Ejército y la seguridad), Mark Milley, para que deniegue el acceso de Trump a las armas nucleares. Teme que el «desequilibrio» mental pueda desencadenar un conflicto en las dos semanas que le quedan como presidente del Gobierno.

 

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ENTENDER

Diferentes maneras de atacar el orden y la ley

El exgobernador de California Arnold Schwarzenegger (republicano) comparó el asalto con la noche de los cristales rotos de 1938, cuando grupos armados, organizados a las órdenes del Gobierno de Hitler, atacaron casas y tiendas de judíos en Alemania y Austria. El actor, austríaco de nacimiento, habló de ello en Twitter mostrando la espada de Conan, el personaje que le hizo famoso.

Hay quien compara el asalto con la protesta de rodear el Congreso, organizada en el 2012 en España. Pero entonces se pidió permiso, nadie iba armado ni intentaron entrar en el edificio. Tampoco veían ilegítimo el Congreso: se protestó por los recortes.

Sí puede haber algún parecido con el intento de toma del Parlamento catalán en el aniversario del referendo ilegal de independencia. Fueron alentados por el expresidente autonómico Quim Torra.

PROFUNDIZAR 

De primera potencia del mundo libre a «república bananera»: el declive del imperio norteamericano

La mejor democracia del mundo nos dejó imágenes que recuerdan al declive de imperios que acabaron muriendo al no ser capaces de defender el orden, la ley y los valores sobre los que se fundaron. Ningún país serio que se quiera hacer respetar podría permitirse algo así. Por eso el expresidente George W. Bush aseguró que lo ocurrido era propio de una «república bananera», un término despectivo que se refiere a países inestables y corruptos.

El ataque fue planificado en redes sociales y foros de ultraderecha. Pero para triunfar necesitó la complicidad de mandos de la Administración, que no pidieron el despliegue de la Guardia Nacional (un ejército de voluntarios que actúa en los desastres y grandes aglomeraciones, ya que en EE. UU. el Ejército regular, normal, no puede intervenir en suelo estadounidense como una fuerza del orden). La policía del Capitolio apenas pudo frenar la marea de asaltantes y algunos hasta abrieron las puertas. Y eso, en un Estado de derecho, es muy grave porque son quienes deben velar por la seguridad.

Esta actitud ha generado una oleada de indignación pública. No solo porque debían defender la institución, sino también por la delicadeza con que la policía trató a los agresores, y que no tuvieron con los antirracistas de Black Lives Matter, a los que dispararon.

Gobiernos alejados de los estándares mínimos democráticos, como el chino o el ruso, cuestionan ahora la autoridad de EE.UU. a la hora de darles lecciones de democracia.

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