MARÍA CEDRÓN
No hay como dar un paseo estos días por las fruterías, los ultramarinos de barrio, las plazas de abastos o los supermercados que cada vez más apuestan por los productos de proximidad para ver cómo los tonos verdes propios de las verduras de invierno van salpicándose de otros colores. Desde el rojo de las fresas al rosa oscuro de los rábanos. También van entrando nuevas gamas de verde; de los tirabeques, los guisantes, las acelgas o las espinacas. Todos esos son productos de temporada que anuncian la inminente llegada de la primavera dentro de tan solo unos días.

Además de echar una mano a los pequeños agricultores del entorno que cultivan esos productos bajo los parámetros de sostenibilidad que marca la política agraria común (PAC), su incorporación en la dieta es una forma de poner nuestro grano de arena en la mejora del medio ambiente y poner freno al cambio climático.

¿Por qué? Porque eligiendo productos de temporada cultivados a escasos kilómetros de nuestros hogares reducimos la huella de carbono. Por ejemplo, elegir un mango que llega desde el otro lado del Atlántico en avión, con todo el combustible que ese transporte requiere, deja una huella mucho más elevada que escoger unas fresas de Huelva. Por no hablar de escoger verduras cultivadas en huertas ecológicas de concellos ubicados a escasos kilómetros de ciudades como A Coruña, Vigo, Santiago, Lugo, Ourense, Pontevedra o Ferrol. Ahí todavía estaríamos reduciendo esa huella de carbono mucho más. Total, que a la naturaleza le gusta que comamos productos de temporada. Le estamos haciendo un favor.
El consumo de frutas o verduras de cercanía producidas en granjas sostenibles forma parte también de la lista de objetivos que promueve la estrategia De la Granja a la Mesa, una política para mejorar la seguridad alimentaria y garantizar una alimentación saludable. Y lo mismo ocurre con la carne o los productos lácteos.

Pero además de promover esos productos de proximidad Bruselas se ha propuesto incrementar la producción ecológica. De hecho, es probable que los cultivos de ese tipo, al igual que prácticas como el pastoreo, obtengan beneficios a través de los nuevos ecoesquemas que introducirá la nueva PAC. Estos no son más que prácticas encaminadas a proteger el medio ambiente que cada Estado deberá definir de modo obligatorio, pero que luego los agricultores pueden aplicar o no. Lo que ocurre es que aquellos que vayan más allá en el respeto del medio ambiente al cumplirlas obtendrán un incentivo de la UE. Porque aquel que hace las cosas bien merece un reconocimiento. Además, cuando todos hacemos las cosas bien, todos estamos mucho mejor. ¿Por qué no hacerlo entonces?

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