Miguel Barral
¿Qué opinas de la geoingeniería? ¿Piensas que, a día de hoy, es la mejor alternativa o, por el contrario, crees que es mejor (y que aún hay tiempo para) explorar otras opciones antes de dar ese paso? Pero, antes de nada, ¿sabes de qué hablamos cuando lo hacemos de geoingeniería?

Tal y como su nombre indica, la geoingeniería (a veces también llamada ingeniería climática) se define como una intervención intencionada y a gran escala en los sistemas naturales del planeta a fin de modificar algún aspecto del ambiente o entorno. En el caso de la (geo)ingeniería climática, para contrarrestar el cambio climático. O lo que es lo mismo, recurrir a tecnología humana y aplicarla para arreglar lo que la tecnología humana ha provocado.

En la actualidad, la geoingeniería distingue dos grandes categorías o tipos de intervención: la regulación de la radiación solar incidente (SRM por sus siglas en inglés); y, por otro lado, la ingeniería del carbono o de secuestro del dióxido de carbono —el gran agente del efecto invernadero— atmosférico (CDR).

Regular la radiación solar incidente es una forma de limitar la radiación solar que alcanza el planeta a fin de evitar su calentamiento. Y una de las principales vías para lograrlo son aerosoles estratosféricos. Esto es, inyectar grandes cantidades de aerosoles de sulfatos, partículas de pequeño tamaño (de menos de un micrómetro de diámetro) que permanecen flotando o en suspensión durante meses en la estratosfera y que reflejan y dispersan parte de la radiación solar incidente. Replican lo que sucede en las erupciones volcánicas, durante las que grandes cantidades de estos aerosoles entran en la estratosfera y provocan un significativo descenso de la temperatura en los meses siguientes a la erupción y durante aproximadamente un año, que es el tiempo aproximado de permanencia de estas partículas en la atmósfera. Su efecto es fácil de entender porque todos lo hemos experimentado en primera persona. ¿Como? Cuando el sol aprieta notamos mucho calor, pero cuando aparece la niebla notamos cómo el ambiente refresca. Las diminutas gotitas de agua en suspensión que forman la niebla impiden el paso de los rayos solares.

Resultados (casi) garantizados
Tanto en el caso de los aerosoles inyectados como en el de la niebla natural, la presencia de muchas partículas en la atmósfera bloquea el paso de los rayos de sol: la mayoría de ellos al impactar contra estos obstáculos salen rebotados o son desviados hacía los lados, y de este modo no alcanzan el suelo y no lo calientan.

A favor de esta alternativa juega el hecho de que hay suficiente información y datos tanto sobre su mecanismo de actuación como sobre los efectos resultantes gracias al estudio de las consecuencias de episodios volcánicos del pasado en el clima planetario. También el que actualmente ya se dispone de la tecnología necesaria para liberar estos aerosoles, mediante aviones o globos. Además, se trata de una actuación reversible a medio plazo, dado que la permanencia de estos aerosoles en la estratosfera es de aproximadamente un año, tras el cual habría que repetir la inyección.

El principal inconveniente es que estas partículas pueden convertirse en la estratosfera en ácido sulfúrico, que destruye el ozono, y con ello afectar a la recuperación de su capa.

Frenar el deshielo
Precisamente, un estudio realizado por un equipo internacional de climatólogos plantea una intervención de este tipo para frenar el deshielo ártico y sus previsibles consecuencias, como el aumento del nivel del mar.

Realmente suena muy tentador, pero, como los propios autores del estudio se encargan de señalar, hay dos grandes peros: el primero es que actúa sobre los síntomas, sobre los efectos, pero no sobre la causa del problema, por lo que muchos temen que aprobar este tipo de intervención provocaría que cesen los esfuerzos por reducir las emisiones. Es como un enfermo que, por tomar el medicamento que le controla el azúcar, cree que ya puede seguir comiendo de todo.

Y el segundo es que los mecanismos, sistemas y ciclos que regulan el clima del planeta son demasiado complejos para poder predecir con total seguridad y sin riesgo a equivocarse las consecuencias a largo plazo de una intervención de esta magnitud. ¿Y si el remedio resulta ser peor que la enfermedad? Lo que nos devuelve a la casilla de salida: ¿es la geoingeniería la solución más adecuada?

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