Fernando Pariente.

El Teatro de los Campos Elíseos estaba lleno hasta la bandera de un público ya enfrentado antes de que subiera el telón para disfrutar de la Consagración de la primavera, de Igor Stravinsky. El todo París se había dado cita allí. Estaban el poeta Jean Cocteau, el músico Camille Saint-Saëns, los pintores más vanguardistas, como Pablo Picasso, o la diva de la moda Coco Chanel, amiga personal de Stravinsky. Interpretaba la compañía de Serguéi Diáguilev y la coreografía corría a cargo de Nijinski. El ambiente estaba previamente enardecido porque aún perduraban los ecos del escándalo producido meses antes por el estreno de otro ballet, El preludio a la siesta de un fauno, de Claude Debussy. Se esperaba un paso más en la línea rompedora de la vanguardia y había espectadores que no estaban dispuestos a consentirlo. Y así fue. La música rompía abiertamente con la concepción de la música clásica por el uso de disonancias y la ruptura del ritmo y de la melodía. El libreto, remarcado por los movimientos y gestos de los bailarines, nada tenía que ver con los cuentos de hadas infantiles que habían constituido ballets precedentes, sino que eran atrevidos y sugerentes. En el patio de butacas surgieron las protestas y los gritos de detractores y defensores, y hubo más que conatos de violencia, hasta el punto que la música se hizo difícil de oír. Había nacido una nueva forma de componer.