Carlos Ocampo

De vuelta a clase, ¿cómo llevamos el cambio de hora del domingo? ¿Con el sueño cambiado todavía?, ¿disfrutando de una tarde inacabable?, ¿no sabes, no respondes? Hay gente a la que no le importa demasiado. Y otra que no lo lleva tan bien, a la que le va peor el cambio del verano, que nos roba una hora de sueño, que el de octubre, cuando nos la devuelven al regresar al horario de invierno.

Si repasas la hemeroteca, verás que es habitual que se publique algún reportaje que contrapone los beneficios y los perjuicios de cambiar la hora, como el publicado en La Voz el pasado viernes 29 de marzo, «Tras 116 años cambiando la hora en primavera, ¿es lógico seguir haciéndolo?».

¡Ah! O sea que 116 años llevamos con esta tortura, os diréis algunos al leer este titular. Pues sí y no, porque, desde aquella primera vez, este cambio no siempre se hizo. Desde 1974 se ha aplicado sin fallar un solo año, pero, en efecto, la de abril de 1918 fue la primera vez: «Hoy comenzará a regir la medida, como se ha dicho. A las 23, o sea a las once de la noche, se adelantarán todos los relojes oficiales una hora, y es de creer que lo mismo harán los particulares, para ponerse a tono y evitar perturbaciones en la vida social» (La Voz, 15/4/1918).

No parece que en general estuviera muy claro el asunto, y de hecho se esperaba que hubiera «algunas confusiones», aunque serían fácilmente remediables: «Basta con que todos adelanten sus relojes, cumpliendo la disposición oficial». Preocupaba también que las comidas se harían «de hecho una hora antes, aunque aparentemente comiencen a la misma», y, por tanto, «sería de desear que los estómagos se acostumbraran a tal adelanto».

Esta noticia enumeraba los beneficios del cambio horario: «La conveniencia de igualar nuestra hora oficial con Francia, Inglaterra y otros países» y «la de la economía del carbón [no olvidéis que estamos en plena guerra mundial], encaminada a reducir el enorme déficit en tan importante materia». Pero tampoco se pensaba que tuviera más repercusión: «En todo lo demás nuestra vida no se alterará un punto». Lo más importante es que habría que estar atento a los horarios de los trenes.

No obstante, sí tuvo un impacto grande. Al día siguiente La Voz publicaba que a las once de la noche, cuando se adoptaba el cambio, «a pesar de que hacía un frío morrocotudo, se congregaron en la plaza de María Pita [de A Coruña] más de 2.000 personas». ¿Para qué? Al parecer «no había nada que ver, ni que hacer, ni que tomar […], pero la gente quiso ver en qué paraba eso de la nueva hora oficial».

«La fiesta de la hora»

Querían celebrar «La fiesta de la hora», según rezaba el titular de aquel 16 de abril. Porque eso fue lo que hubo, una fiesta espontánea: «Un enorme corro de muchachos entonaba a voces el ¡Ginés, Ginés! con admirable ímpetu. Dos o tres guasones hacían el gasto [¿gesto?] de la curiosidad y de la risa, guarecidos bajo una sombrilla colorada y aporreando una guitarra vieja. Parejas de enamorados discurrían en la amable penumbra, riendo encantadas».

Había quien no acababa de ver la trascendencia de todo eso, como la mujer que comentaba: «¡Moito se discurre! E total… ¡ha de ser o mismo!», pero muchos se quejaban de que «la fachada del palacio municipal, tan decorativa, permanecía envuelta en sombras» y «apenas lograban descubrir la esfera del reloj», que no estaba iluminado. Para su sorpresa, a las once menos cinco «se iluminó vagamente la torrecilla y pudo verse la disforme silueta de un hombre, especie de Quasimodo, que se encaramaba llevando una vela en la mano», lo que provocó una gran exclamación de admiración.

«Lentas y graves comenzaron a sonar las once. —¡Unaaa! ¡Doos! ¡Tres!…», gritaba la gente. «Después sonaron los cuartos […], la media, los tres cuartos y, al fin, las doce, solemnes, espaciadas con una admirable cadencia oficial», y el reloj quedó en sombra, pero «todo el mundo, acatando el decreto, había adelantado los sesenta minutos en su reloj».

A nadie le pareció mal aquella primera experiencia, pero para el cronista la fiesta espontánea «fue sosa: tuvo que ponerlo el público todo». La culpa de esto fue de los políticos: «Esos concejales…», se quejaba la gente.

Hace 100 años

En octubre se recuperó el tiempo perdido seis meses antes, y al año siguiente, con la Gran Guerra terminada, volvió a cambiarse la hora el 16 de abril, pero dejó de hacerse en años siguientes hasta 1924.

Esta vez no despertó tanto interés: «No hubo anoche el espectáculo nocturno de otras veces con motivo del cambio de la hora. A la plaza de María Pita acudió poca gente» (La Voz, 17/4/1924). Incluso podría decirse que no sentó muy bien: «Algo de confusión y desconcierto se notó […]. En los cafés, bares y otros establecimientos se dió señal de despedida a la concurrencia a las doce de la noche —por la vieja—, o sea a la una de la madrugada, y ello dió lugar a no pocos cierres de dominó precipitados. La parroquia salió a la calle un poco mohína y cariacontecida de que tan temprano la mandasen para casa», continúa la noticia. El cronista recogía, por otra parte, la satisfacción de los dueños de esos establecimientos por «el ahorro de una hora de luz».

PARA SABER MÁS

Los suscriptores pueden acceder a la Hemeroteca de La Voz.

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