1. LA NOTICIA

1.1 El papa Francisco pide “construir puentes y derribar muros” al recoger el premio Carlomagno

Ha pedido recuperar los ideales de los padres fundadores de la Unión Europea y abrazar un nuevo humanismo en la crisis de los refugiados

 

1.2 Refugiados, el mayor drama migratorio desde la Segunda Guerra Mundial

El continente afronta la peor crisis de desplazados desde la II Guerra Mundial. El número de expatriados podrían rozar el millón a  final de año. Los gobiernos encallan a la hora de encontrar soluciones, pese a que el número de refugiados solo supone un 0,15 % respecto al total de la población europea. La Organización Mundial de las Migraciones estima en 2.600 el número de personas que han  muerto solo en su intento de cruzar el Mediterráneo. ¿Quiénes son? ¿Qué empuja a familias enteras a arriesgar sus vidas?¿Qué está ocurriendo en las fronteras?

Inerte, tumbado boca abajo, con las ropas empapadas y el rostros sobre la tierra de una playa turca. La imagen del pequeño Aylan Kurdi muerto en la arena de Bodrum (paraíso vacacional para occidentales antes conocida como Halicarnaso, patria de los historiadores clásicos Herodoto y Dionisio) ha sido la última bofetada sobre la conciencia de Europa

 

1.3 Este artículo de Alfonso Guerra está tomado de la revista Tiempo, nº 1744, de 01.10.2015

La única política inteligente respecto a los inmigrantes-refugiados es la de prevenir las causas en su origen, evitando las guerras y ayudando a los países pobres con programas de desarrollo eficaces.

Las últimas oleadas de familias que cruzan largas distancias para llegar a lo que perciben como lugar de acogida y los intentos de detención de la masiva llegada en algunos países han puesto en evidencia la dramática desigualdad sobre la que se asienta un mundo cada vez más globalizado, pero que se resiste a aceptar algunas de las consecuencias de esa globalización.

Los Gobiernos europeos han ofrecido una imagen de confusión y desconfianza a la hora de facilitar el asentamiento de los nuevos refugiados. Porque esta última llegada masiva lo es de refugiados que huyen de la guerra, que arrastran a las familias completas para separarlas del escenario de la muerte y el dolor. Muchos se han quedado en países fronterizos al de origen, pero otros han decidido atravesar Europa hacia Alemania que, en su consideración, les garantizará mejor una supervivencia digna. Tienen por lo tanto un componente de refugiados que solicitan asilo y otro de inmigrantes, pues viajan hacia donde creen les resultará más fácil encontrar unas circunstancias que mejoren su nivel de vida.

La UE es una institución supranacional, y ante el desafío y la oportunidad de la llegada de centenares de miles de refugiados-inmigrantes debe aportar una solución eficaz y humanitaria.

En todo caso el fenómeno de los desplazamientos no es nuevo, aunque en los últimos tiempos, como un signo más de la globalización, haya aumentado con rapidez. En los siglos XVII y XVIII la política poblacionista, lejos de contener la llegada de nuevos habitantes, establecía restricciones y sanciones a los que emigraban, pues los pobladores eran considerados susceptibles de acrecentar las arcas del Estado y eran posibles soldados para las guerras. El cambio se produjo en el siglo XIX en las democracias liberales, que aceptaron la libertad de salida del país y establecieron algunos procedimientos de control de entradas.

Será, en todo caso, en el siglo XX cuando la política migratoria adquiera una importancia notable en los países receptores de población. En las últimas décadas del siglo, como consecuencia de un desorden ético profundo en el reparto de la riqueza entre las diversas zonas y países del mundo, la llegada masiva de inmigrantes de otra cultura, religión y raza influirá sobre los elementos sustantivos de la política democrática en los países desarrollados. Los cambios en la estructura laboral, la necesidad de cobertura de algunas prestaciones del Estado de bienestar, como la sanidad y la educación, la carrera hacia la ciudadanía de los nuevos llegados y los aspectos que afectan a la soberanía han planteado la urgencia de una política migratoria que dé solución a los fenómenos que la inmigración presenta.

A comienzos del nuevo siglo, según los datos de Naciones Unidas, unos 200 millones de personas residen fuera de sus países a la búsqueda de trabajo y bienestar. Habría que añadir los centenares de millones de personas que han emigrado del campo a la ciudad, principalmente en China y la India. Estamos pues ante el proceso migratorio más importante de la historia en cuanto a la cantidad de desplazados y en cuanto al ritmo con que se produce el movimiento poblacional.

Estos datos apuntan a que en los países receptores se empieza a tener la impresión de que la inmigración es uno de los principales problemas, siendo como es también parte de la solución de los problemas del país de acogida: recuperación de las cifras de población, ocupación de puestos de trabajo no aceptados por los autóctonos, etcétera.

Es cierto que en los últimos años los países receptores, desde luego en Europa, han comenzado a desarrollar políticas de integración y a conceder algunos derechos a los inmigrantes. Desde que los inmigrantes han comenzado a disfrutar de algunas infraestructuras sociales ha nacido la desconfianza en ciertos sectores de la sociedad receptora, que ven a los inmigrantes como consumidores de los bienes que entienden correspondían a sus legítimos usuarios, los nacionales.

La reticencia al extranjero no se limita a la concepción de que están arrebatando lo que legítimamente pertenece a los nacionales en bienes, prestaciones, puestos de trabajo y vivienda. Algunos creen que la formación de minorías étnicas y religiosas puede llegar a trastocar la identidad nacional (recuérdense algunos discursos de personalidades en Cataluña), incluso la construcción histórica de la cultura del pueblo receptor. Así se desembocará en la teoría de que existe una inmigración asimilable y otra que, por sus raíces culturales, religiosas y étnicas no podrá ser nunca asimilada.

De lo expuesto se deduce que la contención inmigratoria tenga dos motivaciones: la primera está relacionada con el perjuicio a la colectividad que se produce por el consumo ilegítimo de los bienes y derechos que son de los autóctonos; la segunda es una restricción por el peligro que pueden representar para la continuidad de la identidad cultural de la sociedad receptora.

Pero es preciso abrir los ojos a la nueva realidad que está conformándose ante nosotros. Los movimientos migratorios están modificando el concepto de ciudadanía como un proceso interno de inclusión para dar lugar a nuevos modelos de ciudadanía transnacionales, transfronterizos. El factor territorial que definía casi en exclusiva a los miembros de una colectividad se sustituye por la concepción basada en los derechos del individuo. El nuevo paradigma de la ciudadanía se apoya en el discurso de los derechos humanos. Los derechos humanos universales sustituyen a los derechos nacionales, el individuo trasciende al ciudadano.

Se deduce de ello la obligación ética y política de la Unión Europea y de los países que la forman de favorecer una integración digna de los recién llegados.

En todo caso, el mundo desarrollado tiene que saber que el desplazamiento debido a las guerras o a la pobreza no se va a detener, y no hay distancia, ni política restrictiva de fronteras que lo pare. La única política inteligente y humana es la de evitar las causas en su origen, evitar las guerras (las armas que utilizan los insurgentes y los Gobiernos en Afganistán, Siria, Libia o Irak no han sido fabricadas en esos países sino vendidas por los países a donde llegan ahora los refugiados), ayudar a los países pobres con programas eficaces de desarrollo que hagan innecesario para sus habitantes desplazarse a otros lugares para garantizar la supervivencia de sus familias.

Esta es la realidad a la que tienen que dedicar sus esfuerzos la Unión Europea y los Gobiernos de los países que la integran.

 

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