LUPE MOLEDO

Nos movemos en una sociedad en la que las exigencias académicas, laborales, sociales y familiares nos impiden relajarnos. Vivimos de acuerdo a unos estándares donde nos comparamos con lo que otras personas hacen, dicen o esperan de nosotros. Esto nos lleva a una espiral de presiones personales no elegidas que nos afectan a nuestra salud mental y física.

La lista de tareas que tenemos que cumplir al final de un día o de una semana es tan larga que a veces resulta imposible terminarla o tomarnos un paréntesis ante tales niveles de trabajo… Incluso en supuestos «momentos de relax» conectados al teléfono móvil en nuestros cómodos sofás debemos mostrar nuestra mejor cara, el mejor instante, la mejor frase, la mejor foto del día. Exhibir quiénes somos, cómo somos, qué hacemos… pero eso sí, buscando lo trascendental, lo exitoso, el momento feliz. Y al final puede que lo consigamos tras muchos filtros y o retoques que nos aportarán muchos likes.

Siempre has escuchado que el perfeccionismo es una buena cualidad y no un defecto, así que te esforzarás al máximo por terminar esa lista de tareas que es lo que se espera de ti. Tú mismo te sentirás mejor si lo haces, tendrás el control si lo consigues. Habrás encontrado que tu organización, tu autoexigencia y tu disciplina han obtenido el resultado esperado.

Pero… ¿y si no lo consigues?, ¿qué ocurre si esa semana has llegado tarde a clase dos veces o no te has acordado del cumpleaños de tu mejor amiga?, ¿qué ocurre si en el examen no has conseguido el sobresaliente que esperabas a pesar de todo tu esfuerzo?, ¿o si tienes que pedir una prórroga para entregar el trabajo de Historia?

¿Ser perfeccionista es siempre malo? La respuesta rápida es un no, pero hay letra pequeña.

Superarse a uno mismo, buscar la propia excelencia conociendo nuestro potencial y nuestros límites solo puede traernos satisfacciones. Parece una cualidad deseable e inofensiva a todos los ojos, incluso la relacionamos con el éxito rápidamente, pero para la persona que posee dicha cualidad si no viene acompañada de cierta orientación, puede suponer una vulnerabilidad emocional muy importante.

Podríamos hablar de un perfeccionismo sano si al proponerte metas, acordes con la edad y el entorno en el que te mueves probablemente te permitan llegar a tus objetivos de una manera eficiente y sana.

En este caso, evaluar las conductas que se adapten mejor o peor a tu trabajo es necesario y adaptativo. Ves los errores como oportunidades de aprendizaje y mejoras y no como fracasos. Pero si día a día te limitas a trabajar y nunca dar por finalizado tu trabajo párate a reflexionar…

Podríamos, a su vez, decir que un perfeccionismo insano es la tendencia a establecer altos niveles de desempeño o altas metas acompañado a su vez de una evaluación excesivamente crítica y una gran preocupación por cometer errores. La autocrítica aquí no descansa ya que te evaluarías y te juzgarías a ti mismo constantemente.

No te perdonarías los errores y en la mayoría de los casos querrías empezar desde cero. Este perfeccionismo te lleva a valorarte solo por lo que logras, nunca por lo que te esfuerzas o trabajas.

 

Los pasos que debes seguir para hacer de la autoexigencia tu aliada

La auto exigencia y el perfeccionismo te pueden ayudar a mejorar, a crecer y encontrar nuevos caminos para solucionar los mismos problemas. Pueden incluso alentar tu creatividad, pero para ello recuerda que debe existir un equilibrio emocional que te ayude a reconocer dónde empieza la queja o el patrón de conducta que te hace daño y no te permite disfrutar de tu aprendizaje, de tu trabajo o de tu vida social.

Para aprovechar al máximo estas cualidades sin que se conviertan en defectos empieza por:

  Fíjate metas realistas (en función de tus capacidades y recursos) y a corto plazo. Si la meta es demasiado alta o la visualizas muy lejana en el tiempo puedes desmoralizarte enseguida. Céntrate en el día a día y de tarea en tarea. Trabajarás más cómodo eliminando presión.

Aprende de tus errores para saber cómo mejorar, que no se conviertan en una excusa para desvalorar todo tu trabajo. La crítica en positivo implica aprendizaje y crecimiento.

La desconexión y el descanso serán tu mejor aliado para un resultado óptimo. Debes encontrar tu ritmo aprovechando tu energía, pero nunca hasta el agotamiento.

No te compares. Busca la mejora desde la motivación, desde tus propios objetivos y prioridades conociendo tus límites y fortalezas.

Trabaja tu autoestima elogiando tu esfuerzo y tu trabajo. No te centres solamente en los logros finales.

Aprende a decir «no». De manera asertiva, es decir, con la seguridad de que tienes derecho a tomar tus decisiones sin necesidad de buscar el conflicto sino tu propia protección.

Recuerda que somos personas y no máquinas, por lo que tenemos unos límites que aceptar y unas fortalezas que desarrollar.
Venimos diseñados para aprender y cometer errores en el camino, venimos diseñados para disfrutar en ese aprendizaje que empieza, pero nunca termina.

 

Lupe Moledo
Colaboradora de CATEMO

 

 

 

 

 

 

 

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