Fernando Pariente.

En el siglo XIX era todo un desafío inventar una máquina que segara y trillara, ambas cosas. Se buscaba aumentar la productividad del campo en unos años en los cuales la principal preocupación era no pasar hambre. De manera que hubo patentes de modelos que se iban acercando a lo que se quería. Y un hombre de una reputada familia de Chicago procedente en origen de Irlanda, Cyrus McCormick, logró sintetizar todos esos descubrimientos y darles forma en una sola máquina en un día tal como hoy del año 1831. Acababa de inventar la segadora automática, que cumplía con los dos requisitos: hacer justamente eso, segar, y además trillar. Todo ello tiene más mérito porque no consta que Cyrus hubiera ido a la escuela, o si lo hizo fue de una manera muy testimonial. El hombre dedicó toda su adolescencia y juventud a diseñar e inventar herramientas que aliviaran las duras faenas agrícolas a que se veían sometidos, entre otros muchos cientos de miles, los esclavos negros que tenían en su casa.

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