ANA ABELENDA

«Oigan, ¿pueden parar la guerra un momentito? ¡Que si podéis parar la guerrita un momen-ti-to!», les digo a mis hijas con voz de flauta y cara de Gila en ese instante en que abro la puerta de mi retiro zen, el cuarto de baño. ¡El nirvana es aquí! Si abro el grifo, lo alcanzaré a la de ya. En mi vida con dos hijas que no dejan de pelear (ay, ese poco prestigiado e inagotable género que es el realismo sucio y pegajoso del hogar), este es mi spa, mi ritual sanador. El momento ducha es todo un balneario para mí, no tiene igual. La ducha a solas es mi rincón favorito de toda Galicia, mi fervenza propia, mi trinchera finita bajo la lluvia torcida de la maternidad. El baño de mi casa es particular, no tiene pestillo (bueno, sí lo tiene pero es él muy abierto, nunca se quiere cerrar) y ellas aprovechan al máximo sus inodoras ganas de socializar. Según me pongo yo a cubierto, ¡las niñas venga detrás! Y así llega la rendición de Breda de mi zen, así cae el minutito de oro de la paz con esa guerra de egos hermanos que cuando se divierten armándola no pueden parar. Por más que lo pida yo a lo Gila o amenace con sanciones a lo BCE («¡No te doy más paga, tú verás!»), la guerra sigue destrozando el rigor adulto de la casa, sus nervios, del salón al baño, a puro grito y sin silencios, con tirones de pelo, patadas voladoras que siempre encuentran el foso de una nariz. De banda sonora, redondeando el conflicto, golpes de balón en la pared.

No sé quién dijo que, cuando se tiene el segundo hijo, la madre pasa de ser madre a ser árbitra y se parte a la mitad... ¿Cómo voy a llamar al enemigo por teléfono, como hacía Gila? ¡Pero si el enemigo está dentro, si al enemigo lo he parido y lo estoy criando yo!

En un domingo en casa no hay victoria que sepa mejor que esa rosquilla de cuerpitos en combate, ¡hasta el final, hasta el último estertor!

¿Quién no ha sentido un delicioso placer en construirse un piso modelo, un lugar de ensueño?, se pregunta Baudelaire. A mí me basta con imaginarme el baño solo para mí. Entiendo que Agatha Christie escribiera en la bañera. Yo me monto la novela viéndome ahí dentro, con el frescor salvaje de aquel anuncio de Fa.

¿Es una fantasía particular?

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