CARLOS OCAMPO

En abril de 1986, en fecha que no se pudo dar de momento con exactitud, hubo un grave accidente en la central nuclear próxima a la ciudad de Chernóbil, de la República Soviética de Ucrania, que entonces formaba parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Entonces se escribía más a menudo Chernobyl, un nombre que quizá te suene porque fue uno de los objetivos rusos en la invasión de Ucrania iniciada el pasado 24 de febrero. La primera noticia que publica La Voz es del 29 de abril. Suecia y Finlandia habían registrado «altos índices de radiactividad» y el Gobierno ruso no tuvo más remedio que reconocer lo ocurrido. Lo hizo a través de la agencia de noticias oficial, TASS, y «no especificó la fecha en que tuvo lugar el escape».

Fue una noticia de primera página, resaltada, pero sin imagen. De hecho, pasaron varios días después del accidente hasta que Rusia facilitó algunas. La información que ofrecía la URSS entonces era hermética, y había que interpretar su lenguaje: «El único dato facilitado por la agencia fue que resultó dañado uno de los reactores nucleares, pero sin concretar cuál fue el motivo ni su magnitud. Añadió la agencia que “se está enviando ayuda para los afectados”», lo que en el lenguaje soviético puede significar que hay víctimas humanas».

Sin información

La escueta información —tanto como la raquítica nota soviética— de esta primera era, más que ampliada, repetida en la página 4 de esa fecha: no contó mucho más el Gobierno soviético. En un mapa aparecía sombreada la inmensa zona que se suponía afectada por la radiación, que comprendía parte de la URSS, de Polonia, de Finlandia y de Suecia. Se completaba la notica con la información de que Estados Unidos confirmaba que se trataba de un accidente grave y con algunos datos sobre la central de Chernóbil: «Tiene una potencia de tres millones de kilovatios, la primera fase entró en funcionamiento en septiembre de 1977, y en 1980 estaba previsto que comenzaran a funcionar las dos restantes».

La noticia hacía referencia a otro accidente, nunca reconocido por las autoridades soviéticas, ocurrido a finales de los años cincuenta en la central de Kishtim, una ciudad de los Urales situada a casi 1.800 kilómetros de Moscú. Esta explosión «ocasionó centenares de muertos y dejó totalmente calcinada una zona de 2.000 kilómetros cuadrados», algo que se supo tiempo después gracias a «los físicos disidentes soviéticos Jaures Medveded y Zhores Tumerman».

Y recordaba otros dos ocurridos en territorio ruso. «En 1974 las autoridades soviéticas confirmaron […] que se había producido un accidente en una planta nuclear en las inmediaciones de la ciudad de Shevchenko, a orillas del mar Caspio, pero no facilitaron datos sobre las consecuencias», contaba sobre el primero. Y poco antes del de Chernóbil se supo del otro: «En mayo de 1984 se registró una explosión gigantesca en la base de Severomorsk, en la península de Kola. El accidente originó la destrucción de un tercio del arsenal de misiles de la Flota del Norte, la más poderosa de la URSS», que ocurría poco después (agosto de 1983) de que las autoridades rusas admitieran que «existían graves fallos en algunas centrales nucleares como consecuencia de las deficiencias que fueron detectadas en la fábrica de componentes para plantas nucleares de Volgodonsk».

No había otro remedio

En los días siguientes La Voz siguió ampliando la noticia. El día 30 contaba que se evacuaron las poblaciones cercanas a la central, que hubo dos muertos y que el Gobierno ruso pidió ayuda a Suecia y a Alemania para apagar el incendio. Una nota nos intentaba tranquilizar anunciando que la radiactividad no llegaría a España, lo que se acompañaba de un gráfico que señalaba la dirección de la nube tóxica, que afectaría a Groenlandia y Canadá.

El 1 de mayo el periódico habla de 200 hospitalizados, del aumento de la radiactividad en Alemania y en Austria, si bien seguía tranquilizando a los españoles, y hablaba de una segunda fusión que liberaba energía en otro reactor y que fotografías tomadas por los «satélites espías» confirmaban que hubo una explosión, que pudo tener lugar el domingo 27 de abril.

Finalmente, las autoridades soviéticas, según publica La Voz el 2 de mayo, se vieron obligadas, por la gravedad del accidente, a informar a los embajadores de sus vecinos europeos y a pedir a Italia ayuda técnica para combatir la radiactividad.

Paralelismo con la actualidad

Llevando la reflexión sobre el accidente de Chernóbil a la actualidad, en las noticias sobre la guerra de Ucrania pueden sorprendernos las versiones que de los hechos publican el Gobierno de Rusia y los medios de comunicación del país, que solo pueden hacerse eco de la verdad oficial. Si no son simples ocultaciones de los hechos, son groseras negaciones de lo evidente (las ejecuciones de civiles en Bucha) o grotescas distorsiones de la realidad (la nazificación de Ucrania que a sus ojos justifica la invasión). Sin embargo, este proceder ya no nos resulta tan sorprendente, porque es habitual en el Kremlin (la sede del Gobierno ruso) desde tiempos de la URSS. Es decir, desde antes de que naciera la actual Federación de Rusia. Entonces, en 1986, estábamos a cinco años de la disolución de la URSS (1991) y acababa de llegar al poder Mijaíl Gorbachov, que inició en seguida la perestroika, la apertura política hacia la democracia, que parece definitivamente enterrada.

PARA SABER MÁS

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