Carlos Ocampo

«I can’t believe the news today […]. Broken bottles under children’s feet / Bodies strewn across the dead-end street […]. Sunday, Bloody Sunday» (No puedo creer las noticias de hoy. Botellas rotas bajo los pies de los niños. Cuerpos esparcidos por la calle sin salida. Domingo, Domingo Sangriento). Son algunos de los primeros versos de una canción del famoso grupo de rock irlandés U2 titulada «Sunday Bloody Sunday». Publicada en 1983, abriendo el disco War, se trata de una de sus canciones imprescindibles. No es una llamada a la rebelión, decía Bono antes de empezar a cantar en un concierto de ese año en Colorado (EE.UU.) que podéis ver en YouTube. Es una canción pacifista.

Y es lo primero que se nos vino a la cabeza al leer, el primer domingo de febrero, la noticia de que Irlanda del Norte tendrá por primera vez en su historia un presidente del Gobierno autonómico del Sinn Féin, que será Michelle O’Neill. Este histórico partido nacionalista de izquierdas defiende la unificación de las dos Irlandas: la república independiente (mayoritariamente católica) y la del Norte, que sigue siendo parte del Reino Unido con Inglaterra, Escocia y Gales. La Voz recordaba que las elecciones se habían celebrado el 5 de mayo del 2022, es decir, hacía 21 meses (4/2/2024). Era una noticia importante, porque el final de este largo período sin Gobierno supone una tregua en un conflicto secular que solo está resuelto a medias. En esta Hemeroteca ya hablamos de los Acuerdos de Belfast, o del Viernes Santo, de 1998 (18/5/2022), que ponían fin a un largo período de terrorismo del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y la violenta represión del Gobierno del Reino Unido.

El conflicto entre las dos Irlandas nació casi inmediatamente después de la independencia de la mayor parte de la isla (1922), al decidir seis de los condados de la provincia del Úlster, los que conforman hoy Irlanda del Norte, seguir formando parte del Reino Unido. Los vecinos eran sobre todo protestantes.

Desde el principio hubo conflicto, pero se agravó en octubre de 1968, cuando una protesta de los trabajadores católicos en Londonderry (o Derry, la segunda ciudad más importante de Irlanda del Norte) contra la vivienda de mala calidad, el desempleo y la discriminación que sufrían fue reprimida con violencia, un episodio que dio comienzo a un período que hoy se conoce como The Troubles (Los Problemas).

Y aún se agravó más con los sucesos de ese Domingo Sangriento que cantaba U2 once años después, algo que, por otra parte, se daba por hecho que habría de ocurrir: «Perspectivas de fin de semana sangriento en el Úlster», decía la primera página de La Voz de Galicia el 30 de enero de 1972. La explicación, en páginas interiores: «Protestantes y católicos, dispuestos a manifestarse [por separado] a pesar de la terminante prohibición del Gobierno». Ante lo que el Gobierno no iba a mostrarse comedido: «El Ejército anuncia que impondrá la orden a toda costa».

«Las logias orangistas […] han calificado de arbitraria la decisión del Gobierno y han declarado que seguirán celebrando sus manifestaciones», leemos. Los miembros de la Orden de Orange, fundada en 1795 para conmemorar la victoria de Guillermo de Orange en la Batalla del Boyne frente al rey católico Jacobo II en 1690, son protestantes unionistas, es decir, partidarios de mantenerse dentro del Reino Unido. Solían desfilar por las calles de las principales ciudades «precedidos por bandas de música, banderas y trofeos […] con cualquier motivo para trasladarse a las tumbas […] y pronunciar discursos patrióticos» —según explicaba La Voz (8/7/1970)—. Estos «desfiles» eran uno de los motivos más frecuentes de «fricción con los católicos», molestos porque les provocaban al atravesar sus barrios entonando cánticos y consignas «que la población interpreta como hirientes».

La marcha católica

Los nacionalistas católicos habían convocado para el mismo día manifestaciones «para protestar por la Ley de Poderes Especiales, [que facultaba para] la detención por tiempo indefinido [a los] sospechosos de pertenecer al IRA [el Ejército Republicano Irlandés, una organización terrorista]» y por «los juicios pendientes contra, por ejemplo, la diputada Bernadette Devlin y otros dirigentes católicos». Devlin era un símbolo de la lucha de los unionistas que había sido detenida y condenada varias veces por manifestarse.

El ambiente estaba caldeado, como muestran las noticias de la época y que contextualizan cómo estaba el conflicto: «Un policía muerto a tiros en una gasolinera de Belfast», «Un hombre y un niño, heridos por los soldados en Londonderry». Eran habituales casi a diario.

La realidad superó con creces a los presagios: «La muerte de trece civiles desarmados en Londonderry fue un auténtico crimen», titulaba La Voz en primera al día siguiente (1/2/1972). «Todos los testigos coinciden», puntualizaba antes de señalar a «los paracaidistas». Aunque el Ejército, que estaba desplegado en el Úlster para controlar la seguridad, declaró que «cuatro de los muertos pertenecían al IRA», los familiares de las víctimas sostenían lo contrario y los médicos confirmaron que muchos fueron tiroteados por la espalda (2/2/1972). Y esas «perspectivas» sangrientas hechas realidad agravaron aún más el conflicto.

Para saber más
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