4. ACTIVIDADES

Por razón de brevedad, elegimos en el presente e-studio solamente dos escenas que, por su estructura de aventura atractiva y su aplicación a cualquier nivel de enseñanza, puede servir de muestra válida a otros diálogos, a los que hacemos referencia más abajo en la sección de Recursos.

 

– Opción A: Escenificación pública del episodio, a la que pueden asistir otras secciones, profesores, padres, etc.

– Opción B: Lectura continuada durante un día especial, como puede ser con motivo del IV Centenario de Cervantes o de otro acontecimiento literario.

– Opción C: Lectura en alto delante de la clase y análisis consiguiente por los alumnos de esa sección.

 

* Libro 1 / Cap. 8: Aventura de los molinos de viento

Con el fin  de ilustrar un poco por dónde va esta lectura comprensiva de los diálogos entre el Quijote y Sancho, elegimos el texto “Aventura de los molinos de viento” (cap.8 Libro 1). Y, por ejemplo, elegimos la Opción A.

 

– El cronista leerá el texto en cursiva para centrar bien el tema. 

– El Quijote (Q) dará vigor con buena voz, gesto y, en lo posible, lanza en ristre a sus palabras. 

– El sensato Sancho (S) medirá su estreno como sensato consejero ante la primera gran aventura. 

– La lectura, en fin, ha de ser sosegada como el evento lo requiere. Y así, si el tiempo lo permite, y el afán nos lleva, podrá hacerse con los 25 restantes textos de aventura Q-S seleccionados

 

* En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero: 

Q – La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

S -¿Qué gigantes? 

Q – Aquellos que allí ves de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas. 

S – Mire vuestra merced que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino. 

Q – Bien parece que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla. 

 

* Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas: 

 

Q – Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete. 

 

* Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:

 

Q – Pues, aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

 

* Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.

 

S – ¡Válame Dios! ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza? 

Q – Calla, amigo Sancho, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada. 

S – Dios lo haga como puede.  

 

*  Don Quijote – La ventura de los molinos de viento / Parte I, Cap. WIII.  

* Consulta en Metodología del presente e-studio las actividades que se pueden realizar en el aula. 

 

 


* Libro 2, cap. 7:  Don Quijote con su escudero que ya tiene “relucida” a su mujer para que le deje ir con él

 

Opción de lectura: Tal vez la B, indicada más arriba en el inicio de Actividades. Entraría así en una serie de escenas a lo largo de una lectura continuada de un día o una tarde. 

– La discusión del grupo“oyente se podría distribuir por grupos de 5 personas y concluir todos juntos comunicando sus opiniones.

– Preparación de lectores y su vestimenta, tal como se indica en el episodio de los molinos.

 

 

 

S.  Dijo Sancho a su amo: Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced adonde quisiere llevarme.

Q -Reducida has de decir, Sancho, que no relucida.

S – Una o dos veces, si mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me emiende los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir en ellos, y que, cuando no los entienda, diga: »Sancho, o diablo, no te entiendo»; y si yo no me declarare, entonces podrá emendarme; que yo soy tan fócil…

Q – No te entiendo, Sancho, pues no sé qué quiere decir soy tan fócil.

S – Tan fócil quiere decir soy tan así.

Q – Menos te entiendo agora.

S – Pues si no me puede entender, no sé cómo lo diga: no sé más, y Dios sea conmigo.

Q -Ya, ya caigo en ello: tú quieres decir que eres tan dócil, blando y mañero que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por lo que te enseñare.

S – Apostaré yo que desde el emprincipio me caló y me entendió, sino que quiso turbarme por oírme decir otras docientas patochadas.

Q – Podrá ser. Y, en efecto, ¿qué dice Teresa?

S -Teresa dice que ate bien mi dedo con vuestra merced, y que hablen cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja, pues más vale un toma que dos te daré. Y yo digo que el consejo de la mujer es poco, y el que no le toma es loco.

Q -Y yo lo digo también.  Decid, Sancho amigo; pasá adelante, que habláis hoy de perlas.

S – Es el caso que, como vuestra merced mejor sabe, todos estamos sujetos a la muerte, y que hoy somos y mañana no, y que tan presto se va el cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en este mundo más horas de vida de las que Dios quisiere darle, porque la muerte es sorda, y, cuando llega a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va depriesa y no la harán detener ni ruegos, ni fuerzas, ni ceptros, ni mitras, según es pública voz y fama, y según nos lo dicen por esos púlpitos.

Q – Todo eso es verdad, pero no sé dónde vas a parar.

S – Voy a parar en que vuesa merced me señale salario conocido de lo que me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere, y que el tal salario se me pague de su hacienda; que no quiero estar a mercedes, que llegan tarde, o mal, o nunca; con lo mío me ayude Dios. 

– En fin, yo quiero saber lo que gano, poco o mucho que sea, que sobre un huevo pone la gallina, y muchos pocos hacen un mucho, y mientras se gana algo no se pierde nada. 

– Verdad sea que si sucediese, lo cual ni lo creo ni lo espero, que vuesa merced me diese la ínsula que me tiene prometida, no soy tan ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que no querré que se aprecie lo que montare la renta de la tal ínsula, y se descuente de mi salario gata por cantidad.

Q – Sancho amigo, a las veces, tan buena suele ser una gata como una rata.

S -Ya entiendo: yo apostaré que había de decir rata, y no gata; pero no importa nada, pues vuesa merced me ha entendido.

Q -Y tan entendido que he penetrado lo último de tus pensamientos, y sé al blanco que tiras con las inumerables saetas de tus refranes. 

– Mira, Sancho: yo bien te señalaría salario, si hubiera hallado en alguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo que me descubriese y mostrase, por algún pequeño resquicio, qué es lo que solían ganar cada mes, o cada año. Pero yo he leído todas o las más de sus historias, y no me acuerdo haber leído que ningún caballero andante haya señalado conocido salario a su escudero. Sólo sé que todos servían a merced, y que, cuando menos se lo pensaban, si a sus señores les había corrido bien la suerte, se hallaban premiados con una ínsula, o con otra cosa equivalente, y, por lo menos, quedaban con título y señoría. 

– Si con estas esperanzas y aditamentos vos, Sancho, gustáis de volver a servirme, sea en buena hora: que pensar que yo he de sacar de sus términos y quicios la antigua usanza de la caballería andante es pensar en lo escusado.

– Así que, Sancho mío, volveos a vuestra casa, y declarad a vuestra Teresa mi intención; y si ella gustare y vos gustáredes de estar a merced conmigo, bene quidem; y si no, tan amigos como de antes; que si al palomar no le falta cebo, no le faltarán palomas. 

– Y advertid, hijo, que vale más buena esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo de esta manera, Sancho, por daros a entender que también como vos sé yo arrojar refranes como llovidos. 

– Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si no queréis venir a merced conmigo y correr la suerte que yo corriere, que Dios quede con vos y os haga un santo; que a mí no me faltarán escuderos más obedientes, más solícitos, y no tan empachados ni tan habladores como vos.

 

* Cuando Sancho oyó la firme resolución de su amo se le anubló el cielo y se le cayeron las alas del corazón, porque tenía creído que su señor no se iría sin él por todos los haberes del mundo; y así, estando suspenso y pensativo, entró Sansón Carrasco y la sobrina, deseosos de oír con qué razones persuadía a su señor que no tornarse a buscar las aventuras. 

– Llegó Sansón, socarrón famoso, y, abrazándole como la vez primera y con voz levantada, le dijo: ¡Oh flor de la andante caballería; oh luz resplandeciente de las armas; oh honor y espejo de la nación española! ¡Ea, señor don Quijote mío, hermoso y bravo, antes hoy que mañana se ponga vuestra merced y su grandeza en camino; y si alguna cosa faltare para ponerle en ejecución, aquí estoy yo para suplirla con mi persona y hacienda; y si fuere necesidad servir a tu magnificencia de escudero, lo tendré a felicísima ventura!

 

 * A esta sazón, dijo don Quijote, volviéndose a Sancho:

 

Q -¿No te dije yo, Sancho, que me habían de sobrar escuderos? Mira quién se ofrece a serlo, sino el inaudito bachiller Sansón Carrasco, perpetuo trastulo y regocijador de los patios de las escuelas salmanticenses, sano de su persona, ágil de sus miembros, callado, sufridor así del calor como del frío, así de la hambre como de la sed, con todas aquellas partes que se requieren para ser escudero de un caballero andante. 

– Pero no permita el cielo que, por seguir mi gusto, desjarrete y quiebre la coluna de las letras y el vaso de las ciencias, y tronque la palma eminente de las buenas y liberales artes. 

– Quédese el nuevo Sansón en su patria, y, honrándola, honre juntamente las canas de sus ancianos padres; que yo con cualquier escudero estaré contento, ya que Sancho no se digna de venir conmigo.

S – Sí digno, enternecido y llenos de lágrimas los ojos: No se dirá por mí, señor mío: el pan comido y la compañía deshecha; sí, que no vengo yo de alguna alcurnia desagradecida, que ya sabe todo el mundo, y especialmente mi pueblo, quién fueron los Panzas, de quien yo deciendo, y más, que tengo conocido y calado por muchas buenas obras, y por más buenas palabras, el deseo que vuestra merced tiene de hacerme merced

– Y si me he puesto en cuentas de tanto más cuanto acerca de mi salario, ha sido por complacer a mi mujer; la cual, cuando toma la mano a persuadir una cosa, no hay mazo que tanto apriete los aros de una cuba como ella aprieta a que se haga lo que quiere.

– Pero, en efeto, el hombre ha de ser hombre, y la mujer, mujer; y, pues yo soy hombre dondequiera, que no lo puedo negar, también lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare; y así, no hay más que hacer, sino que vuestra merced ordene su testamento con su codicilo, en modo que no se pueda revolcar, y pongámonos luego en camino, porque no padezca el alma del señor Sansón, que dice que su conciencia le lita que persuada a vuestra merced a salir vez tercera por ese mundo. 

– Y yo de nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced fiel y legalmente, tan bien y mejor que cuantos escuderos han servido a caballeros andantes en los pasados y presentes tiempos.

 

– Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, y con parecer y beneplácito del gran Carrasco, que por entonces era su oráculo, se ordenó que de allí a tres días fuese su partida; en los cuales habría lugar de aderezar lo necesario para el viaje, y de buscar una celada de encaje, que en todas maneras dijo don Quijote que la había de llevar.

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