Lo máximo que podemos hacer los seres humanos, sin la ayuda de bombonas de aire, es aguantar la respiración debajo del agua. Y para poder hacerlo ponemos en marcha un reflejo muy particular. Se trata del reflejo mamífero de inmersión, una capacidad que compartimos con nuestros parientes, los mamíferos marinos. Este reflejo es mucho más débil en nosotros que en las ballenas o los delfines. Se dispara cuando sumergimos la cara, y es más intenso si el agua está fría. Entonces, el corazón late más despacio, consume menos oxígeno y permite estar más tiempo debajo del agua. Si nos sumergimos a más profundidad, la sangre deja de dirigirse a las extremidades y se desvía hacia órganos más importantes, como el cerebro. Con entrenamiento se puede alargar la duración de este reflejo, pero no mucho más allá de los 9 minutos si estamos quietos, y 4 minutos, si nos movemos.

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