Carlos Ocampo

El pasado miércoles vimos en el telediario unas imágenes que parecían sacadas de alguna de las mejores películas de acción. Un coche choca de frente contra una furgoneta penitenciaria para bloquearle el paso. De él salen «dos hombres vestidos de negro, con el rostro cubierto, chalecos antibalas y armas de guerra» (La Voz, 15 de mayo), abren las puertas de la furgoneta y matan a los dos funcionarios que custodian al preso que trasladan. Otros cómplices disparan contra otros funcionarios que viajan en un vehículo de escolta y hieren a otros tres. El preso al que liberaron es Mohamed Amra, apodado el Mosca, que era llevado de vuelta a la cárcel tras declarar en el juzgado.

La noticia nos recordó otras fugas sonadas de delincuentes franceses, empezando por uno del que ya hablamos este curso, Rédoine Faïd, que se escapó de la prisión de Réau en helicóptero en julio del 2018, y no era la primera vez que se evadía (La Voz de la Escuela, 29 de noviembre del 2023). Pero lo que más nos llamó la atención al repasar la hemeroteca es que en Francia para escaparse lo mejor es tener helicóptero.

Los pioneros

En efecto, el historial de fugas espectaculares de cárceles franceses es largo, y lo del helicóptero lo pusieron en práctica por primera vez Gérard Dupré y Daniel Beaumont, con la ayuda de un cómplice llamado Serge Coutel. La Voz contaba que «se escaparon de la cárcel de Fleury-Merogis (cercanías de París) por el ingenioso medio de utilizar un helicóptero alquilado que aterrizó en un patio de la prisión» (28/2/1981). El cómplice obligó a un piloto de una empresa de alquiler de helicópteros a «aterrizar en pleno campo de fútbol en la misma capital francesa», desde donde «montaron en un vehículo que allí los esperaba» para seguir escapando.

La noticia tenía un antetítulo: «La evasión plantea un serio problema jurídico». Consiste en que «el legislador no había previsto tales métodos», por lo que la fuga en sí quedaría impune, ya que no se provocó ningún «desperfecto en murallas o sistemas de vigilancia de la cárcel». En todo caso, los dos fugados podían ser acusados de «salir sin autorización de un recinto en el que debían permanecer por orden de la autoridad», nada más.

Cinco años después, un nuevo caso: «El presidiario Michel Vaujour, condenado a 18 años de cárcel, se evadió ayer por la mañana de la prisión de La Santé, de París, a bordo de un helicóptero que fue encontrado poco después en el campo de fútbol de la Residencia Universitaria Internacional. Los investigadores creen que el aparato, del tipo Alouette II, que voló sobre la cárcel de La Santé con una matrícula falsificada, había despegado pocos minutos antes del aeródromo de Saint-Cyr l’École (alrededores de París). Junto al piloto del Alouette, que probablemente era una mujer, viajaba otra persona, armada con una ametralladora» (La Voz, 27/5/86).

Lo del cómplice con ametralladora no lo pudimos comprobar en la hemeroteca, pero, en efecto, el aparato lo pilotaba una mujer, que después se supo que era la de Vajour y que había aprendido a pilotar en cinco meses.

Para llegar a los tejados de la prisión, Vaujour, que era la cuarta vez de se fugaba, se abrió paso junto a un cómplice, Regis Hernández, amenazando con unas granadas que en realidad eran frutas pintadas de verde y negro. El cómplice, sin embargo, no logró subir al helicóptero, que, haciendo vuelo estacionario, lanzó unas cuerdas por las que Vaujour trepó hasta colgarse de uno de los patines.

Lo del helicóptero parecía ya más que una tradición: «Cuatro reclusos, considerados muy peligrosos, se fugaron en helicóptero desde el tejado de la cárcel de alta seguridad de Lannemezan» (7/11/ 1990). Esta vez huyeron a España (Lannemezan está relativamente cerca de Huesca), y pronto «las fuerzas de seguridad detuvieron en Aragón a tres de los cuatro presos». El último, Hamid Mazouz (o Mohamed Masousse, según qué transcripción se elija), era un exmilitar argelino, fue buscado durante varios días, pero se le perdió la pista por Aragón. Hoy se sabe que fue detenido tiempo después en su país natal.

¿Cómo hicieron esta vez?: Bernadette García, la mujer de uno de los fugitivos, el portugués José do Santos, «obligó a punta de pistola al piloto de un helicóptero de alquiler a dirigirse a la prisión». Fueron los primeros a los que se detuvo, «en la discoteca Cabaré, de Huesca».

Tres mejor que una

La última fuga antes de la de Rédoine Faïd fue la protagonizada por un auténtico especialista, Pascal Payet: «Condenado por fugarse de la cárcel en dos ocasiones en helicóptero, se evadió nuevamente de la misma forma ayer, esta vez del centro de detención de Grasse, en el suroeste de Francia. El aparato aterrizó posteriormente, a las 7.25 de la tarde, en Brignoles, a 90 kilómetros de Marsella» (15/7/2007).

Esta vez Payet tuvo cuatro cómplices y usó los tejados. Cuenta La Voz que, a sus 43 años, Payet «se había fugado de la prisión de Luynes, también en helicóptero, en el 2001. Tras ser detenido, ingresó en la misma cárcel, de la que volvió a evadirse de la misma forma en el 2003». Fue detenido de nuevo en Mataró (Barcelona) poco después (22/9/2007).

PARA SABER MÁS

Los suscriptores pueden acceder a la Hemeroteca de La Voz. Un consejo: para tener éxito en la búsqueda, utiliza los cuadros que permiten acotar las fechas.

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