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Las actividades humanas, especialmente en los países desarrollados, conllevan la emisión de numerosas sustancias al medio ambiente con efectos a distintos niveles. Los gases que producen el efecto invernadero e impulsan el calentamiento del planeta, los productos que destruyen el ozono atmosférico o los que provocan la lluvia ácida son algunos de los que amenazan el bienestar de la Tierra y sus habitantes.

Uno de los aspectos que quizás percibimos como más directamente perjudicial es la existencia de contaminantes que afectan a nuestra salud, como los que se hacen visibles al formarse esas nubes de contaminación sobre las ciudades, cubriéndolas como si fuese un sombrero. Suelen producirse en otoño e invierno, cuando el mayor uso de calefacciones se suma al intenso tráfico y la actividad industrial, coincidiendo además con un periodo anticiclónico con ausencia o escasez de lluvia y viento que limpien la atmósfera. 

Los factores que favorecen la formación de estas boinas de contaminación se completan con una inversión térmica. Durante la noche, y ante la falta de nubes, el aire caliente asciende y deja aire frío, y más denso, en las capas más inferiores; se forma así una especie de tapa que impide el escape y dispersión de los humos contaminantes a niveles superiores de la atmósfera.

¿Qué hay en una boina de contaminación?

Los contaminantes presentes en el aire que respiramos se clasifican en dos grandes grupos. Están los contaminantes primarios, que incluyen partículas en suspensión, óxidos de azufre, óxidos de nitrógeno, dióxido de carbono, monóxido de carbono y otros que proceden directamente de las emisiones de tubos de escape de los vehículos, chimeneas de viviendas, industrias, o de incendios forestales.

Los contaminantes secundarios no proceden del vertido directo, sino que se forman al reaccionar químicamente las sustancias primarias inducidas por la luz solar cuando esta incide con intensidad. Aparecen así el trióxido de azufre, ácido nítrico y ozono, entre otros. 

Los valores de óxidos de nitrógeno y de partículas en suspensión suelen usarse como referencia a la hora de adoptar medidas para proteger la salud de los ciudadanos. Los primeros producen efectos directos e indirectos sobre el aparato respiratorio, tos, irritación de garganta, bronquitis o neumonía.  

En cuanto a las partículas en suspensión, se distinguen las gruesas, con un tamaño entre 10 y 2,5 micras, y las finas, menores de 2,5 micras. Las mayores, designadas PM10, pueden depositarse en las vías respiratorias y transportar a los pulmones otros contaminantes. Las finas, PM2,5 y PM1, pueden penetrar más profundamente en el tejido pulmonar. 

Ante situaciones de niveles de contaminación muy elevados en las ciudades, las autoridades adoptan medidas encaminadas a reducir las emisiones, como restringir el tráfico por horas o por zonas, limitar la velocidad de circulación, o fomentar el transporte público, entre otras. 

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