3. CONTENIDO

La excesiva simplificación y la información en ocasiones sesgada que se ofrece a los ciudadanos sobre numerosas cuestiones alimentarias puede fomentar un rechazo ciego e irracional hacia el consumo de diferentes alimentos o componentes alimentarios (grasas, azúcares, colesterol, ciertos aditivos, etc). Eso afirman algunos expertos respecto al aceite de palma, pues se ha convertido en las últimas semanas en uno de estos ejemplos. 

En general, nuestra alimentación exige el consumo de grasas y aceites, pues aportan nutrientes fundamentales para el sano funcionamiento de nuestro organismo. Son necesarias, por ejemplo para la formación de neurotransmisores y hormonas, para la respuesta inmunitaria o el almacenamiento y suministro de energía. Por otro lado, las grasas protegen frente al frío y amortiguan los golpes en los tejidos. Pero no todas las grasas son iguales para el consumo alimentario; el exceso de las saturadas (presentes en muchas carnes) está asociado al desarrollo de enfermedades cardiovasculares, mientras que las insaturadas (un ejemplo es el aceite de oliva) protegen frente a ellas. El aceite de palma contiene grasas saturadas.

En la actualidad, alguno de los problemas relacionados con la nutrición suceden porque el consumidor no conoce la naturaleza de los alimentos que la industria coloca en el mercado, especialmente cuando se trata de alimentos procesados. Un refresco, por ejemplo, puede estar sobrecargado de azúcares sin que el consumidor lo perciba. El problema del aceite de palma es que la industria del sector ha extendido y generalizado su uso por sus cualidades químicas y bajo precio. Por eso lo emplea en la elaboración de un gran número y diversidad de alimentos. El consumidor desconoce que ese mismo ingrediente lo están ingiriendo a través de galletas, chocolates, frituras, cereales, helados, precocinados o margarinas entre otros; este exceso es lo que puede causar desequilibrio alimentario.

 

Una consecuencia del uso alimentario de este aceite es que el cultivo de la planta que lo produce se está realizando en países tropicales de todo el planeta, a costa de reducir los bosques salvajes. El orangután, por ejemplo, es una de las especies que más amenazada por la extensión de este cultivo en Indonesia y Malasia.

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