ANA ABELENDA

La habitación de mi hija mayor (casi) siempre tiene la puerta entreabierta. Ella prefiere cerrarla. «Obvio». Ella misma, si te despistas, va y se cierra. A sus 12 años, siento que empiezo a sobrarle, que solo me necesita para la asistencia doméstica, aunque me consuela que de vez en cuando me pida una tarde para nosotras. Yo soy ahora la resistencia, la que va por la casa abriendo las mochilas y las puertas, disimulando el miedo a lo que puedo encontrarme. Supongo que es uno de los primeros síntomas de la adolescencia: ver cerrada, como su mochila, la puerta de su niñez, la puerta que hasta entonces siempre estaba abierta.

Será una manera de engañarme, pero ver su puerta un poco abierta es como ver una rendija de su intimidad, como hablar con ella media hora cuando ya debería estar durmiendo. Esa puerta abierta se parece a la que pide mi hija pequeña por las noches, para que no se cierre y desaparezca en la oscuridad la conexión con sus padres, la seguridad que aún siente que le da tener a mamá cerca. Quiero mantener abierta la puerta de mis hijas, en especial la de la adolescente, que va soltándose eufórica de la mano de sus padres, mientras crece un mundo propio (que habitan por completo sus amigas) entre las paredes de su cuarto.

Alguna vez me siento en guerra, mal armada en la frontera que separa mi ego imperialista como madre de la explosión hormonal y emocional que sucede dentro de mi hija. Nunca fui mamá-colega ni tampoco la enemiga, pero ahora parece que este es el rol que me toca. Yo lo asumo. Lo asumo con el espíritu de la golosina, en plan Dory, de manera lamentable, con poca memoria. Según la pedagoga Lola Álvarez, «con un adolescente debes elegir muy bien las batallas».

Mejor que sean pocas, aquellas, señala Lola, que supongan una amenaza para la seguridad de tu hijo. El orden nunca ha sido una de mis prioridades, es así, por más que las maries kondo me reprendan… Una de mis batallas es que no se cierre la puerta de su cuarto, porque el cuarto de un adolescente es su trinchera. Quiero asomarme a esa trinchera, entrar, conocer a mi hija y ser esa enemiga que la va ayudando en sus guerras.

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