0. PREPARACIÓN

El premio Nobel de Literatura del año 2010 recayó en el ya antes reconocido escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa. Al margen de la importancia que pueda tener de por sí, por cuanto sirve para extender la fama de los premiados al orbe entero, esta edición se puede considerar más importante en el mundo hispano por dos motivos: porque hacía veinte años que este prestigioso reconocimiento no recaía en ningún autor en lengua española, primero, y porque zanja, dejando la partida en tablas, una vieja discusión sobre si es mejor escritor el ganador de este año o si lo es otro sudamericano, el colombiano Gabriel García Márquez, que ya lo había recibido en 1982.

Aparte de trasladar a sus lectores el perfil literario y la bibliografía de Vargas Llosa, el periódico, al dar la noticia de la concesión del Nobel del 2010, hacía hincapié en aspectos como los mencionados. Este e-studio se propone analizar dos de las informaciones (la noticia de que el escritor había recibido el premio y el perfil que se ofrecía ese mismo día en la edición impresa). Pero aprovecharemos para acercarnos algo más al autor y para proponer una lectura guiada de uno de sus relatos, Los cachorros, que conjuga brevedad (las obras de Vargas Llosa tienden a ser largas) con interés para el público juvenil y una riqueza formal que permite un conocimiento relativamente profundo del estilo.

1. LA NOTICIA

La noticia principal de la concesión del Nobel a Vargas Llosa, que reproducimos a continuación, puede encontrarse tecleando las palabras del título (solo las significativas, y es suficiente con las primeras) en el Buscador de La Voz

1.1

La noticia publicada en la web es, en este caso, más amplia que la impresa. La reproducimos aquí tal y como fue difundida en papel:

Vargas Llosa da las gracias a España al conseguir el Nobel de Literatura

La Academia Sueca vuelve a distinguir a un autor en castellano después de veinte años

El escritor peruano asegura que el premio es un reconocimiento a «la maravillosa lengua española»

Victoria Toro | Corresponsal

Nueva York / La Voz

8/10/2010

«Eran las cinco y media de la mañana, yo estaba leyendo porque me levanto temprano, preparaba mi clase del lunes cuando vi venir a mi mujer, Patricia, con el teléfono en la mano. Lo primero que sentí fue angustia porque las llamadas a esas horas no suelen traer buenas noticias», así contaba Mario Vargas Llosa ayer en el Instituto Cervantes de Nueva York cómo había recibido la noticia del Nobel.

Pero esa llamada sí traía una buena noticia, la mejor posible para un escritor. «Cuando cogí el teléfono oí a un señor al que no entendía bien, pero, de pronto, capté las palabras Swedish Academy, y me dije: ¡atención! La llamada se cortó, lógicamente, pero a los cinco minutos me volvió a llamar aquel señor que me dijo que era el secretario de la Academia Sueca, que me habían dado el Nobel de Literatura y que lo iban a hacer público catorce minutos después».

Vargas Llosa, que está en Nueva York dando un curso semestral en la Universidad de Princeton, también contó que pensó que podría ser una broma. «Recordé -contó el escritor- que a Moravia le gastaron una broma, le llamaron y le dijeron que la llamada era de la Academia Sueca y que le habían dado el Nobel. Moravia comenzó a celebrarlo y poco después supo que no era verdad. Así que yo, esta mañana, le dije a mi mujer: vamos a esperar un poco antes de llamar a mis hijos, no sea que esto también sea una broma».

No lo era. Premio Cervantes, premio Príncipe de Asturias de las Letras, premio Rómulo Gallegos, premio Planeta, académico de la lengua, doctor honoris causa por varias universidades de Europa, América y Asia. Lo tenía todo. Lo había ganado todo. Solo le faltaba el Nobel. Y al fin se le ha hecho justicia. Hacía veinte años que el prestigioso premio no iba a parar a un escritor de habla hispana. El escritor peruano es el nuevo Nobel de Literatura.

Y lo primero que hizo en la rueda de prensa que convocó ayer en Nueva York fue dar las gracias. En primer lugar, a la Academia Sueca. E inmediatamente después a España. «Quiero agradecer a España, creo que este premio se lo debo tanto a la Academia Sueca como a España». Y explicó que gracias a que los editores españoles le publicaron cuando empezaba ha podido tener una carrera como escritor. Y el agradecimiento a España de Vargas Llosa tomó el nombre de dos personas: Carlos Barral y Carmen Balcells, su editor, el primero, y su agente literaria, la segunda. Al primero le agradeció que en 1959 publicara La ciudad y los perros a pesar de la censura. Y a Balcells, su apoyo constante.

Afirmó Vargas Llosa que cree que el premio es un reconocimiento a la literatura hispanoamericana y el español, «la maravillosa lengua española», según el escritor peruano, «una de las lenguas más dinámicas y creativas y que es hablada por más de 500 millones de personas». Sobre el impacto del premio en su vida, Vargas contó que aún no había podido pensar en el discurso que escribirá para la aceptación del premio: «Llevo todo el día contestando preguntas de los periodistas y respondiendo a llamadas de amigos y familiares». Pero también afirmó que espera que el impacto del premio sea transitorio en su vida diaria. Y contó que había sido una absoluta sorpresa. «Yo creía hace muchos años que ya no era candidato», confesó.

Un galardón que reconcilia al jurado con la crítica y el público

Esta vez no ha habido criterios políticos ni equilibrios geográficos. No ha ganado lo políticamente correcto. Tampoco han vencido las excentricidades (que las ha habido, unas cuantas, en los últimos años). Simplemente ha ganado el arte. El escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa, de 74 años, ha sido reconocido con el premio Nobel de Literatura por «su cartografía de las estructuras del poder y sus aceradas imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo», según reza el acta de la Academia Sueca.

Recibirá más de un millón de euros del premio, pero lo que más le interesa ahora es que su próxima novela guste. Que sea la mejor. Se titula El sueño del celta y estará en los escaparates el 3 de noviembre. Si todas sus creaciones han sido un éxito de ventas, esta, seguramente, batirá todos los récords.

«He estado tres años trabajando en ella; es una historia llena de aventuras». La novela se basa en un personaje histórico, el irlandés Roger Casement, cónsul británico en el Congo a principios del siglo XX y amigo del escritor Joseph Conrad.

En la rueda de prensa que dio en el Instituto Cervantes de Nueva York tuvo que contestar a tantas preguntas sobre su actividad y sus ideas políticas como sobre su trabajo. Hasta el punto de que un periodista llegó a decir al escritor: «Por favor, una pregunta literaria».

Pero el peruano contestó las preguntas de los periodistas de todo el mundo que habían acudido a la rueda de prensa, ya fueran sobre asuntos literarios o sobre temas políticos. Aunque dejó claro que él es un escritor: «Soy y seré hasta el último día de mi vida un escritor». También aseguró que es un ciudadano con ideas políticas que está en contra de los totalitarismos, «de los de derechas y de los de izquierdas», y explicó que sus ideas políticas forman parte de su mundo literario.

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1.2

Leeremos también la noticia <Perfil: El Flaubert peruano lo consigue por fin>, que encontraremos fácilmente tecleando en el buscador de la web de La Voz de Galicia (http://www.buscavoz.es/) las palabras <Flaubert peruano> (también puedes llegar hasta allí pinchando directamente en este enlace: Perfil: El Flaubert peruano lo consigue por fin).

PERFIL

El Flaubert peruano lo consigue por fin

Trabajador infatigable bajo la tentación de lo imposible, Vargas Llosa produjo una obra desigual por caudalosa que supone una de las aventuras literarias más ambiciosas del último medio siglo en castellano

Leoncio González

8/10/2010

Permítanme comenzar este perfil de Mario Vargas Llosa recordando a Cabrera Infante porque estoy convencido de que, si aún viviese, sería una de las personas que más se alegrarían de que se le haya concedido este Nobel tardío y porque su caso ilustra una de las cualidades humanas menos conocidas y más entrañables del autor de La casa verde: la generosidad hacia los colegas.

La ejerció acompañando al habanero y a su esposa, Miriam, en las horas más solitarias y amargas del exilio londinense e influyendo con determinación para que se le otorgara el Cervantes poco antes de morir. Se vio con claridad en el café que compartió con la Redacción de esta casa hace ahora doce años, al admitir sin pesar que el Quijote del siglo XX no era una novela suya, sino Cien años de soledad. Y se puso de manifiesto una vez más, aún hace poco, con un ensayo maravilloso sobre la vida y la obra de Juan Carlos Onetti que ha tenido la virtud de rescatarlo del olvido para las generaciones más jóvenes.

Mucho más cálido y menos distante en persona de lo que transmite su imagen pública, Vargas Llosa es un hombre de convicciones fuertes que defiende con pasión. Con todo, el adjetivo que más justicia le hace es abierto. La sociedad abierta, precisamente, es el título del libro que lo empujó del caballo. Cayó en sus manos en medio del bum, durante la crisis existencial en la que rompió amarras con el marxismo y fruto de la cual nació Zavalita, el personaje de Conversación en la Catedral en el que se vieron reflejados gran parte de los que tenían veinte años en España cuando murió Franco.

Aunque no modificó su principio básico de que escribir es una conjura contra la mezquindad de la vida, el único recinto en que es posible vengarse de la realidad, la lectura de la obra de Popper tuvo el efecto de un cataclismo que condicionó la trayectoria y la imagen ulterior del creador de La guerra del fin del mundo. Lo introdujo en la hermandad formada por autores como el propio Popper, Isaiah Berlin o von Mises al mismo tiempo que lo convertía en un renegado de las letras latinoamericanas, postradas en aquel momento ante el altar del compromiso sartreano.

Tentación de lo imposible

Como prueba la vocación política que lo llevó a embarcarse en una campaña electoral desgraciada en su país, Perú, contra Alberto Fujimori, Vargas Llosa padece la tentación de lo imposible, que él mismo advirtió en Víctor Hugo.

Trabajador infatigable al que la inspiración sorprende siempre en el tajo, hombre de método y de disciplina diaria, se ha visto dominado por un ansia de totalidad similar a la que gobernó al autor de Los miserables. Se traduce en un afán por tocar todos los palos (excepto, que se sepa, la poesía) que se hace transparente en el conjunto de su narrativa, con una sucesión de incursiones en subgéneros tan diversos como la novela de formación, el drama histórico, el folletín radiofónico, la novela de humor, la policial o la erótica. Si no fuera suficiente, es un crítico literario de primera división, un prodigioso memorialista y un polemista prolífico dispuesto a blandir su pluma frente a dictadores y militares, contra los que quedó vacunado tras su experiencia en el funesto colegio Leoncio Prado.

Lo curioso es que esta voracidad, en gran parte responsable de notables altibajos entre algunos de sus títulos y otros, supone también una desviación flagrante respecto al credo flaubertiano que adoptó como norte tras la lectura de Madame Bovary en condiciones que describió con elocuencia en La orgía perpetua. Comporta una actitud de entrega y de sumisión a la obra que se convierte prácticamente en un sacerdocio y que debe llevar al autor a extremar los niveles de exigencia. Hoy sabemos que el caudaloso Vargas no fue tan estricto con dicho mandato como Flaubert, pero eso no desmerece sus méritos literarios.

Novedad estilística y temática

En esencia, provienen de que supo conjugar las tradiciones del realismo francés del siglo XIX y el legado de la generación perdida norteamericana. El efecto puede compararse al viento fresco que ventila un cuarto cerrado. Tan solo la primera página de La ciudad y los perros hizo parecer de repente una telaraña que no dejaba pasar la luz a mucha prosa en auge a este lado y el otro del Atlántico. El universo de La casa verde fue un nuevo mundo que cambió los mapas de la ficción en castellano. Puede decirse que, en conjunto, su autor abría fronteras estilísticas y territorios temáticos que no habían sido transitados con anterioridad y que hoy son ya patrimonio común para cuantos emplean el lenguaje de Cervantes.

Hay una película de Robert Redford, La leyenda de Bagger Vance, que viene bien para explicar la idea que tiene Vargas Llosa de la novela. En ella el actor Will Smith interpreta a un caddy que le explica al jugador al que le lleva la bolsa, Matt Damon, que solo existe un camino para lograr el birdie: una única trayectoria perfecta escrita en la hierba fuera de la cual la bola se extravía.

Pues bien, según Vargas Llosa ocurre otro tanto con las novelas. Hay muchas maneras de contar una historia, pero solo una es la adecuada, solo una la hace redonda. El trabajo del escritor consiste en descubrir ese ángulo, en calcular la fuerza y en dirigir el efecto. Pero, al final, no debe hacerse ilusiones porque, como ocurre en el golf con el aire o con una brizna de hierba inadvertida, el que termina el trabajo es el lector. Una novela solo está completa cuando quien la lee va más allá de lo que creyó decir el autor y encuentra cosas o significados que este había puesto allí sin ser consciente de ello.

Muchos de esos lectores ya le habían entregado en su imaginación el Nobel que se le concede cuando nadie lo esperaba. Es un guiño a una América Latina en alza, que no agrega ningún valor que no se conociera a la escritura del peruano. Sí repara la miopía de jurados anteriores que estuvieron a punto de cometer con él el mismo error que dejó sin premio a Tolstói, Henry James, Marcel Proust, Joseph Conrad, James Joyce o Borges, por no hacer la lista más larga.

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